Cómo acompañar a un joven en una crisis de fe

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Por Javier Segura

1.- CUANDO TODO SE
DESMORONA
Acompaño a la familia de un joven de
veinticinco años, que acaba de fallecer por un cáncer fulminante. Toda la
familia sufre el golpe; su madre, mujer de fe, mujer fuerte, con entereza.
Quizás quien más exteriorice el dolor sea la novia del joven. Llevaba un año
saliendo con él, justo poco tiempo antes de que le diagnosticaran la
enfermedad.
¿Por qué, si nosotros queríamos vivir juntos,
nos obligan a separarnos?
, —comenta la chica entre sollozos—. ¡Yo así no puedo creer!
El silencio se hace denso ante una pregunta
sin fácil respuesta.
¿Y por qué os conocisteis en el momento en el
que más falta le hacías?
¿Por qué os enamorasteis? —pregunta sinceramente un
amigo—.
De nuevo el silencio, pues las preguntas más
hondas, también las felices, no tienen nunca una respuesta evidente.
Hablar sobre las crisis de fe,
sobre las preguntas más hondas del alma, es complejo. Primero porque en este
tema tocamos los resortes más íntimos de nuestra vida, muchos de ellos ni
siquiera conscientes para nosotros mismos; segundo porque cada persona, cada
situación, cada historia es un mundo completamente distinto, e intentar ir con
‘recetas’ se estrella siempre con la realidad dolorosa; y en tercer lugar,
porque este tema tiene muchas variables que hay que tener en cuenta (sociales,
psicológicas, teológicas…) para hacer un análisis correcto, y por ello, quien
se adentra en este tema no puede menos de tener la sensación de no abarcar, de
abrir nuevos interrogantes, de presentar campos a explorar.
Y sin embargo, esta chica y
tantos jóvenes, nos miran con ojos a veces vidriosos, a veces cansados,
pidiéndonos una respuesta. Y no podemos volver la mirada a otro lado
simplemente pensando “ya se le pasará”.
2.- UNA FIGURA POLIÉDRICA
Quizás lo primero en lo que
tenemos que caer en la cuenta es que es un tema complejo, una figura poliédrica
con diversas caras. Y es que nada más adentrarnos en el tema nos asaltan
preguntas de lo más variado: ¿Es inevitable que los jóvenes pasen esa crisis de
fe? ¿Sería preferible que no tuviesen una crisis? ¿Es que hemos fallado en la
educación las familias cristianas al intentar transmitir la fe? ¿Cómo afecta la
sociedad en la que vivimos a nuestra fe? En realidad, ¿qué es la fe? Vamos a
intentar poner un poco de orden en estas preguntas.
2.1.- Antropológicamente
Quizás lo primero que haya que
hacer es ‘desdramatizar’ y asumir con normalidad la situación de crisis en la
vida de un joven. Sabemos que, aunque dolorosas, las crisis son parte del
proceso de maduración, de crecimiento, de la persona. Crecemos en éste y en
otros ámbitos de la vida (afectivo, intelectual, familiar…), haciendo crisis
con la anterior etapa.
Como me decían en un ejemplo, los
padres durante la niñez construyen la casa ideal para que su hijo viva. También
en la fe, dándole lo que ha sido el sustento de su propia vida. Pero luego
llega la adolescencia y el joven destroza y rompe la casa que le construyeron
sus padres, porque quiere, necesita, construir su propia casa. ¿Para qué tanto
trabajo, entonces, de padres y educadores? ¿Ha sido inútil? No, pues cuando ese
joven se ponga a construir su nueva casa lo hará usando los materiales que
quedaron por el suelo en el derribo de la casa que le habían hecho sus padres.
Para acompañar esta crisis de fe,
hemos de ser conscientes de las etapas de maduración que van de la infancia a
la juventud. Necesitamos saber que hay una maduración progresiva en el
conocimiento de la realidad, que le llevará al adolescente a interrogarse por
todo, a cuestionar personas e instituciones, pero que, afrontada correctamente,
le llevará a descubrir una verdad que es más grande que nosotros mismos, y
justo por ello, más verdadera, más cierta. Una verdad que abarca a toda la vida
y que será el cimiento de su propia existencia en la casa nueva que debe
construir.
2.2.- Teológicamente
En segundo lugar, hemos de tener
en cuenta el objeto del que hablamos, la propia fe.
En este sentido hemos de tener
claro que la fe no es creer una serie de conceptos (dogmas) o principios
morales (mandamientos). No es algo, en primera instancia, intelectual. Como nos
recordó Benedicto XVI, la fe no es otra cosa que el encuentro personal con
Cristo, y los dogmas o la moral son una consecuencia de ese encuentro. El Papa
Francisco también nos repite con insistencia esta idea fuerza en la
evangelización. Pero, ¿cómo se puede dar ese encuentro?
En realidad, aunque hablamos de
transmisión de la fe, hemos de tener claro que no podemos transmitirla
automáticamente, porque no son unos conocimientos, ni siquiera una forma de
vida. Los padres y educadores podemos facilitar los medios, pero al final la fe
es ante todo un don, un regalo que se recibe, el misterio del encuentro de dos
libertades.
En este sentido, ocurre que a
veces esa crisis de fe es necesaria para romper con un concepto de fe solamente
conceptual o moral, propio de una cultura occidental y de tradición cristiana,
para dar lugar a la fe radicalmente evangélica, que ponga su centro en la
relación personal con Dios.
2.3.- Sociológicamente
En tercer lugar no podemos obviar
el entorno en el que vivimos, que afecta con fuerza a la experiencia religiosa
de nuestros jóvenes.
Por un lado el materialismo, que
va más allá del consumismo, que embota el alma y también, lógicamente, afecta.
Es un materialismo conceptual, que nos impide ver lo espiritual como algo real:
pasa a ser algo casi fantasmagórico, nebuloso, no del todo verdadero. Por
supuesto, la fe, si admitimos ese presupuesto, es algo irreal.
Por otro lado nos afecta también
el laicismo, que nos plantea una vivencia religiosa totalmente subjetiva, para
vivir en el entorno personal, familiar como mucho. Y nunca en la vida pública,
en la relación con los demás. Una fe así es inmanente, que no se hace vida
social ni cultura. Y, como consecuencia genera una dicotomía en la vida, entre
lo que creo y lo que vivo. Es una fe sin ninguna repercusión.
A ello hay que sumarle el relativismo,
sin referencias claras de verdad y moral, en el que cada uno tiene sus propios
criterios. Esto, claro está, deja desarmado al joven. Si nada es verdad, ¿qué
puedo buscar? O en todo caso, como me decía un muchacho cuya familia había
pasado por varias religiones, ¿cómo puedo estar seguro de la verdad y de llegar
a encontrarla?
En fin, todo ello ha ido
configurando un entorno que culturalmente ya no es cristiano. Y nuestros
jóvenes, culturalmente tampoco lo son ya. Serán cristianos en sus vivencias; en
su propia opción vital, quizás sean más y mejores cristianos que los hombres y
mujeres de otras generaciones. Pero su cultura ya no lo es. Y ellos, en esa
dimensión tampoco lo son.
A todo esto hay que añadir
algunos rasgos de nuestra cultura que afectan a los jóvenes. Destacaría tres,
con una especial incidencia en cómo viven su fe.
Primacía de la sensibilidad, que
les hace vivir todo según lo sienten, centrado en sus afectos. Y que hace que
su fe sea también una fe muy sentimental, de experiencias en las que se han
sentido bien, han estado a gusto. Y por ello, muy endeble.
Cultura de lo inmediato, en la
que todo se tiene a un clic, en la que no hay que esperar, en la que el factor
tiempo no existe. Pero la fe no funciona así. Dios es todo menos manejable y
automático.
Protegido socialmente, desarmado
psicológicamente, incapaz de asumir el sufrimiento, la frustración. Algo que,
de nuevo, choca con la verdadera fe y una auténtica visión de Dios. Pues Dios
no es un ‘tapa agujeros’, un ‘soluciona problemas’, un ‘refugio afectivo’. Y
cuando se vive así, pues simplemente, no funciona.
3.- LA VIDA EN JUEGO
3.1.- Cada persona, un mundo
Visto todo lo anterior, podría
parecer que no se puede hacer nada, que por una parte la crisis es algo que el
joven va a pasar, que es un requisito para purificar su fe, y que, en cualquier
caso, la sociedad actual dificulta seriamente una vivencia religiosa profunda.
En realidad esto es solo una
parte del cuadro general. Porque, si bien es difícil y no tenemos en nuestras
manos la capacidad de influir en todos estos aspectos, también es cierto que
podemos hacer un gran bien a los jóvenes a los que acompañamos, y que estas
crisis de fe nos ofrecen la posibilidad de entrar en lo más real de la vida.
¡Es una oportunidad magnífica para entrar en lo que de verdad importa!
Porque —y esto hemos de tenerlo
presente en todo momento— la fe no es una cuestión intelectual, (¿cómo es
posible que Dios sea uno y tres a la vez?, ¿cómo puede estar Jesús en un trozo
de pan?…) sino vital, que afecta a toda la persona, a los últimos fundamentos
de su vida.
Es
necesario conocer bien a la persona, con su historia y su forma de ser, sus
miedos y sus heridas, sus expectativas y esperanzas, a qué dedica el tiempo
libre, que le mueve a seguir vivo cada día. Porque uno se encuentra con Dios
según su ser, y tiene las crisis, según sea su personalidad… o, a veces, por no
tener en cuenta cómo es. No es lo mismo la forma de acercarse a Dios de un
joven más sentimental que la de uno racional, de alguien activo a otro más
reflexivo, de uno que haya sufrido heridas en la vida o tenga una inseguridad
propia de haber vivido en un hogar desestructurado, a otro que afronte la vida
con el bagaje que da una infancia estable.
3.2.- Experiencias que llevan a una crisis de fe
Una vez que conocemos a la
persona y sus circunstancias, el segundo paso sería entender bien las causas de
la crisis concreta que esté atravesando y que ha hecho que estalle el problema,
pues será el punto de arranque, seguramente, en el diálogo. Suelen ser causas
vitales, existenciales, que se suman a todo lo expuesto anteriormente.
Experiencias negativas, como la
muerte de un ser querido, por ejemplo, o una enfermedad dolorosa, especialmente
en jóvenes con una vivencia de fe fuerte. Recuerdo una alumna que, al enfermar
una amiga suya y morir posteriormente, perdió completamente la fe pues comprobó
que “Dios no la había escuchado” en su súplica por que curase a su amiga. El
mal, el dolor, la injusticia que no tienen explicación, especialmente si nos
tocan de cerca, son experiencias que bloquean al joven en su búsqueda de la fe.
Otras crisis en un joven pueden
proceder de la decepción por el comportamiento, la falta de atención, o el
escándalo de personas religiosas. Especialmente si esas personas han estado
cercanas y han sido importantes para él. En esto los adultos hemos de estar muy
atentos. Cuando los jóvenes lo pasan mal, particularmente los adolescentes, son
especialmente sensibles a un gesto de atención, de cariño, al tiempo gastado
por ellos. Tenemos que situarnos en su lugar y no minusvalorar sus problemas.
A ello hay que añadir sus propias
pasiones que, como a todos, nos hacen ver la exigencia de la vida de la fe, y
nos llevan, por una parte a autojustificarnos, a decir que algo no puede ser
verdad porque nos cuesta vivirlo; o a variar nuestros criterios, para
acomodarlos a nuestra conveniencia. Y en última instancia son pasiones que nos
encadenan y nos quitan libertad, nos embotan el alma, debilitan la vida de
gracia, nos alejan de Dios.
4.- ‘NOSOTROS CREÍAMOS…’
4.1.- Jesús, escucha y habla al corazón
Hay un pasaje del evangelio que
nos habla de una profunda crisis de fe, y al que le gustaba referirse a
Abelardo de Armas para enseñarnos cómo debemos acompañar a otros en ese momento
clave. Es el encuentro de Jesús con los discípulos que van a Emaús. En ese
capítulo Cristo se muestra como el mejor de los pedagogos, que acompaña
literalmente el camino de los discípulos, de la desilusión a la duda, de la
duda a la fe, de la noche al amanecer.
Los discípulos de Jesús han
perdido la fe en él, tras verle morir cruelmente en la cruz. “Nosotros creíamos
que…”, le dicen al extraño caminante que les sale al encuentro en su huída de
Jerusalén. Han perdido la confianza, todas sus expectativas se han truncado.
Pero el Maestro les sale al camino de su vida y les hace recobrar la fe y la
esperanza.
Los discípulos caminan, como
ocurre tantas veces en los que han perdido la fe, retroalimentando uno al otro
su desengaño. Y Jesús se hace el encontradizo. “¿De qué venís hablando que
parecéis tristes?” Y deja que hablen, que comenten, que se desahoguen… y él
escucha.
También nosotros hemos de estar
en el camino de la vida, hacernos los encontradizos, facilitar las conversaciones,
porque no es fácil que surja espontáneamente un “oye, tengo una duda de fe y
quiero hablarla contigo”. Hemos de estar cercanos, compartiendo vida, y en el
momento oportuno preguntar, “¿Qué te pasa? Se te ve triste”. Y si se produce el
pequeño milagro de que el joven empieza a abrir su corazón, hay que darle
tiempo, dejar que poco a poco, al ritmo que él quiera, vayan saliendo todas sus
luchas, frustraciones y desesperanzas. Para ello hemos de ser especialistas en
el arte de escuchar.
Escuchar, dar tiempo, no ir con
nuestros discursos o recetas rápidas. Y una escucha sincera, como decían que
hacía san Juan Pablo II, para el que, cuando estabas con él, parecía que no
había nadie más importante en el mundo. Escuchar con tiempo, sin prisas,
atendiendo con todo nuestro corazón.
La fe no es una cuestión
conceptual, sino vital. Por ello el diálogo surge del corazón, de lo que les
preocupa. El corazón del hombre es nuestro gran aliado. Como Jesús, les
preguntaremos, ¿por qué estás tristes?, ¿qué te ha pasado? La apertura del
corazón es clave.
4.2.- De la duda a la esperanza
“Nosotros creíamos…” La crisis
de fe siempre es una ruptura de la imagen (falsa-inmadura) que nos habíamos
hecho de Dios. Aquellos discípulos creían que Jesús era el mesías político que
traería a Israel la liberación del Imperio Romano. También hoy podemos decir
“nosotros creíamos que…” pensando en las falsas expectativas que nos hemos
hecho de Dios. Y que Él necesita romperlas para manifestarse tal cual él es en
verdad. Es importante que el joven caiga en la cuenta de esto. Y hay que
decírselo. Como Jesús a los discípulos.
Ellos hablan y se desahogan.
“¿Eres el único en Jerusalén que no se ha enterado?”, precisamente le dicen a
él, que es el protagonista. Pero ahora le toca el turno a Jesús. Les sacude las
conciencias, “¿cómo es posible que no os hayáis enterado de nada hasta ahora?”
Y Jesús les desentraña la Escritura desde Moisés hasta los Profetas. También
nosotros hemos de saber explicar, con madurez, conocimiento y visión de fe, la Biblia.
Es uno de los principales obstáculos que nuestros jóvenes encuentran y puede
ser un gran recurso en este diálogo salvador. A veces detrás de una crisis de
fe hay una lectura inadecuada o inmadura de la Biblia. Pero si sabemos darle su
significado, leerla con rigor científico y de fe, podemos asentar una
religiosidad más profunda.
Y al calor de este camino, renace
la esperanza. Arde el corazón, como recuerdan ellos. Es interesante, porque es
una actitud interior lo que hay que desbloquear. Han de renacer la esperanza y
la alegría. En la medida que encuentro sentido a lo que ha ocurrido, a lo que
me ha pasado, recupero también la alegría y la esperanza, y empiezan a
encajarse piezas.
Es verdad que todavía no creen,
no reconocen a Jesús. Simplemente arde el corazón. Y ese fuego les hace intuir
dónde está la verdad, que aquello que les da alegría y vida, debe
necesariamente ser verdadero. De nuevo tenemos nosotros en la verdadera alegría
un aliado en el camino de la fe. Pueden intuir, entre sombras, que aquello que
les da alegría (el gozo de darse a los demás, la belleza, un amor total y fiel)
es verdadero, que su fuente debe ser real. Por ello proponer o descubrir a los
jóvenes que están en este proceso de búsqueda experiencias hondas y
gratificantes como el entregar su tiempo en un comedor social, visitar
ancianos, o echar una mano a alguien que va mal en los estudios, puede ser un
camino hacia la fe.
4.3.- Compartir la mesa, compartir la vida
Y ellos no pueden menos que
invitarle a cenar. Y Jesús amaga con irse, pero se deja querer, y se queda con
ellos a compartir la mesa. Quedarse con ellos a cenar es otra gran lección.
Compartir la vida ordinaria, la comida, con esos diálogos serenos de amistad en
la sobremesa, que crean lazos, preparan caminos, dan ocasión para hablar. Hemos
de buscar y compartir esos momentos de relación fraterna, que son un anticipo
del banquete del cielo.
“Y le reconocieron al partir el
pan”, nos dice la Escritura. Y podemos ver en ello una imagen de la Eucaristía.
Y entonces comprendemos que también nosotros, si hemos de acompañar a los
jóvenes a la fe, hemos de ser solo camino que los lleve a Jesús. La Eucaristía,
los sacramentos, es el lugar al que confluir. Es la gracia de Dios la que ha de
actuar, porque lo que ha de producirse es un encuentro, porque la fe es un puro
don.
Eso sí, hemos de llegar a los
sacramentos después de un recorrido en este reencuentro con Cristo. No es el
inicio del camino, que parte de la pregunta, que necesita el diálogo íntimo con
el amigo. El que acompaña ha de tener paciencia y esperar al momento adecuado
para proponer el encuentro con Cristo en los sacramentos. Que, claro está,
tampoco hay que dilatarlo hasta que “todo esté claro, y no haya dudas”. Cristo
mismo es la meta de nuestra vida, nuestra verdad, pero también él es el camino
que hemos de recorrer.
4.4.- Cristo en la comunidad
Un camino que nos devuelve a la
comunidad. Ellos se habían alejado de los discípulos de Jerusalén. Pero ahora
se sienten impelidos a volver con los demás y contarles que Jesús está vivo,
que ellos se han encontrado con él. También nosotros hemos de restaurar los
lazos con los hermanos creyentes, hemos de hacer que el joven retome con nueva
visión de fe profunda, su vida de comunidad. En este camino del reencuentro de
la fe, es una parte esencial. Porque el encuentro con Jesús es personal, pero
se les aparece de nuevo a todos cuando están juntos.
Esa es la última lección que nos
da Jesús camino de Emaús.
A nosotros, en ese momento en que
ya hemos cumplido la misión que el Señor nos encomendó, nos queda discretamente
desaparecer, para que el centro de la vida del joven sea ese encuentro con
Cristo vivo y resucitado.
El gozo de haber sido un
‘instrumentillo’ en las manos de Dios, y la alegría honda de esa paternidad
espiritual, será el mejor pago que el Señor nos puede hacer, que también hará
arder nuestro corazón.

Quien lo ha experimentado sabe de
qué hablo.