Mirar hacia atrás para verlas venir

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Mirar atrás
Mirar atrás

Me pidió mi querido amigo Antonio Rojas unas palabras, nacidas de la experiencia y de la vida, sobre la aventura de educar. Culminada mi trayectoria docente, si bien sostenida ahora de manera excepcional y grata como profesor de Filosofía en el seminario de Pamplona, me veo invitado a volver la mirada sobre una trayectoria de cuarenta años felices, en los que —como es natural— no han faltado luces y sombras.

No puedo ocultar que fui tempranamente marcado por un acontecimiento personal al estrenarme como profesor. Corría el año 1979, en Zamora, mi primer destino… Unas alumnas me presentaron a Nuria, una compañera que no acudía a clase y que ya a los 16 años estaba enganchada a la heroína; querían que la convenciera de que abandonara su actitud y sus compañías. Así lo intenté, pero la contestación de Nuria fue para mí un aguijón contundente para mi vocación: «¿Y por qué voy a dejarlo, si nadie me ha enseñado nada mejor?».

Es verdad que las raíces del problema venían de lejos y que yo poco o nada pude hacer para remediarlo, por desgracia. Pero a partir de ese momento me propuse que, en lo que de mí dependiera, mi labor no se reduciría al estricto cumplimiento de la función docente, sino que esta sería ocasión para ofrecer a mis alumnos claves de sentido que les ayudasen a afrontar la vida con criterio, optimismo y esperanza.

* * *

Educar, sostenía ya Sócrates, es introducir en la realidad, a diferencia de lo que sostenían los sofistas, para quienes consistía en proporcionar conocimientos y habilidades útiles para alcanzar poder y éxito social.

Platón, siguiendo a su maestro, decía que la educación —o el cultivo de la filosofía, que venía a ser lo mismo— consiste más bien en «aprender a mirar», es decir, en dirigir nuestra mirada hacia lo valioso: a la verdad y no a la apariencia, al bien y no simplemente a lo que atrae, y a la belleza, que es el esplendor de la Divinidad.

Aristóteles, en esta misma línea, sostenía que el fin de la educación consiste en enseñar a desear lo valioso.

Desde aquella temprana experiencia de Zamora he pensado también que enseñar filosofía ha de ser educar para el asombro, para reconocer en la realidad algo sorprendente y que nos supera, que nos es dado, que no hemos fabricado a capricho y que por lo tanto no debemos ni podemos manipular a nuestro antojo sin dramáticas consecuencias.

Ese asombro nos hace humildes, modera nuestras pretensiones de autosuficiencia; genera algo tan esencial como el respeto. Con una mirada incapaz para el asombro no es posible captar la belleza moral e interior de las personas ni conocerse a uno mismo, que es desde el principio una de las tareas de la filosofía y de la educación emocional e integral.

Es cierto que la dura competencia por los primeros puestos, por triunfar en el trabajo o los negocios, por las calificaciones para acceder a determinados estudios, no va a desaparecer. Pero cuando un joven o una joven se presenten a una entrevista para pedir un trabajo, serán sus virtudes de iniciativa, responsabilidad, honradez, lealtad, constancia, laboriosidad, etc., las que más contarán. O cuando tengan que afrontar problemas familiares, cívicos o de conciencia profesional, por ejemplo, serán sus convicciones, criterios y disposiciones morales los que iluminarán sus decisiones.

Pero no podemos ser ingenuos al respecto. No hace muchos años, en una sesión de clase en 4º de la ESO, desarrollando la desaparecida asignatura de Ética, intentaba yo adoptar una «pose socrática», ofreciendo preguntas al grupo acerca del sentido de la vida. Me servía para ello de algunos textos, ejemplos y fragmentos de películas, procurando ofrecer mis interrogantes de manera apasionada y sincera.

En esto, Iker levanta la mano desde el fondo del aula, de manera un tanto indolente:

—«No te esfuerces, Andrés… ¿No ves que no-queremos-pensar?

Reconozco que dudé un poco, pero añadí:

—Pues lo siento Iker, pero pensar no es opcional. Si se renuncia a pensar, se renuncia a ser libre. Por eso conviene aprender a pensar con fundamento, y eso no se improvisa. Además, esto se nota luego en el examen…

—Ah. Pero esto… ¿entra en el examen?, repuso el avispado jovenzuelo.

—Pues sí. Es que lo que no se evalúa se devalúa».

E Iker se incorporó en su silla y tomó el bolígrafo, por vez primera a lo largo de la clase si mal no recuerdo. Al final creo que no le fue tan mal y aprobó con discreta holgura… Me gustaría que, además, no haya renunciado a pensar.

* * *

Después de estos años he llegado al convencimiento de que enseñar filosofía es un viaje al interior del ser humano, una búsqueda del sentido de la vida. El viejo aforismo de Delfos —conócete a ti mismo— nunca ha dejado de cautivarnos. Kant lo expresaba casi veinticinco siglos más tarde a través de cuatro conocidas preguntas: «¿Qué puedo saber?, ¿qué debo hacer?, ¿qué puedo esperar? y, en suma, ¿qué es el hombre?».

Pero la filosofía —«querer saber», «atreverse a pensar»— no es una tarea penosa e inabarcable reservada a sesudos especialistas, a mentes enrevesadas o a excéntricos cultivadores de la abstracción (esta es la percepción que muchos tienen hoy de ella). Es, por el contrario, participar en una gozosa experiencia, accesible a quienes sean capaces de contemplar y de admirarse, de trabajar en su propio cultivo personal y en la transformación creativa y constructiva del mundo.

Estoy en la convicción de que es preciso intentar convertir la actividad diaria de nuestras aulas —en cualquier área de conocimiento— en una actitud vital gratificante frente a la mirada tantas veces tediosa y conformista de muchos jóvenes, o a la amargada de no pocos viejos prematuros que se dicen «de vuelta de todo». Se trata de ayudar a hacer deseable lo que es valioso. Educar es, en el fondo, ayudar a niños y jóvenes a que sean hombres y mujeres en quienes se pueda confiar. ¿Y no es acaso, esta, una hermosa profesión?

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