Por José Manuel Secades
Entre los distintos misterios de la religión católica hay sobre todo dos que sobrecogen cuando se piensa en ellos: la Navidad, y la pasión, muerte y resurrección de Jesús, que celebramos año tras año en los tiempos oportunos, pero que vivimos sin profundizar adecuadamente en ellos.
Que todo un Dios, Creador del universo, se haga Niño naciendo en una cueva… nos sobrepasa. A reflexionar sobre este hecho —rodeado de simbolismos y prefiguraciones— dedicamos esta página, porque la Navidad es el acontecimiento que llena este tiempo litúrgico. Y lo hacemos con unas reflexiones de Benedicto XVI:
«Belén, nos acercamos, temblorosos y llenos de asombro, al “lugar” donde todo comenzó por nosotros y por nuestra salvación. El hombre, no puede ver a Dios directamente, pero puede verlo en Jesús. Con su venida entre nosotros, Él nos asigna la tarea de ser semejantes a Él.
La venida del Señor, no puede tener otro objetivo que el de enseñarnos a ver y a amar los acontecimientos, el mundo y todo lo que nos rodea, con los mismos ojos de Dios.
En la noche del mundo, Dios se hace Niño. Dejémonos sorprender, iluminar por la Estrella que inundó de alegría el universo. Que el Niño Jesús, al llegar a nosotros, no nos encuentre sin preparar, empeñados solo en hacer más bella y atrayente la realidad exterior. Que el cuidado que ponemos en hacer más resplandecientes nuestras calles y nuestras casas nos impulse aún más a predisponer nuestra alma para encontrarnos con Aquel que vendrá a visitarnos.
Purifiquemos nuestra conciencia y nuestra vida de lo que es contrario a esta venida: pensamientos, palabras, actitudes y obras, impulsándonos a hacer el bien y a caminar así al encuentro del Señor.
Que la Virgen María y san José nos ayuden a vivir el Misterio de la Navidad con gratitud renovada al Señor que se hace Niño para salvarnos y dar nuevo aliento y nueva luz a nuestro camino» (Benedicto XVI).
El profeta Miqueas (5,2), ocho siglos a. C. ya anuncia: “Pero tú, Belén de Efratá, aunque eres pequeña entre las familias de Judá, de ti saldrá el que ha de gobernar en Israel. Sus orígenes son desde tiempos antiguos, desde los días de la eternidad”.
Belén. Pueblo del rey David. Ciudad de reyes. Jesús es Rey y descendiente de David. Por ello tendrá que nacer en este lugar de acuerdo con las profecías.
Belén. Significa “Casa de pan”. Jesús es el Pan de Vida. Por ello debe nacer en Belén. Y se deposita en un “pesebre” donde está la comida de los animales, para indicar que Él se hará también comida para nosotros.
David, en su juventud, fue pastor. Luego fue elegido rey y consagrado por Samuel. Belén es lugar de pastores y cuevas donde se guardaban los corderos que se criaban para ser sacrificados en Jerusalén —distante 9 km— en la fiesta de la Pascua. Y Jesús es el Buen Pastor y el Cordero de Dios que también nace en Belén y se va a sacrificar en Jerusalén en la fiesta de Pascua.
En el portal de Belén aparecen también un buey y un asno como profetizó Isaías: El buey conoce a su dueño, y el asno el pesebre de su señor; pero Israel no conoce a su Señor, mi pueblo no tiene conocimiento (Is 1,3). Que el Niño de Belén nos ayude en estos días a conocerle mejor y a amarle más. ¡Feliz Navidad!







