¿Nuevo feminismo? Del Génesis al siglo XXI

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La creación de Eva, Miguel Ángel. Capilla Sixtina
La creación de Eva, Miguel Ángel. Capilla Sixtina

Por Isaac Merenciano Lucas

Comencemos con una aclaración: Hombre = ser humano, varón y mujer.

«Varón y mujer los creó»; y más adelante: «de la costilla que sacó a Adán, Dios creó a la mujer». Este pasaje, especialmente ahora, se interpreta bajo el prisma del mal entendido feminismo actual: que si la mujer es inferior, que si hay una primacía del hombre, que si la mujer está subordinada al varón… Vamos a intentar interpretar bien este pasaje bíblico (Gén 1,16-3,21), que reafirmará muchas verdades alcanzadas por la razón y nos aproximará a este abismo que es el hombre.

El varón es creado del polvo de la tierra. Dios toma la tierra recién creada y la humedece. Barro totalmente puro, tierra virgen sin contaminar y agua cristalina y pura. Forma al hombre de la materia recién creada y le insufla su aliento. La única criatura que vive con el mismísimo aliento de Dios. De lo más sencillo, como es la tierra, ha dado a luz a la criatura que según el salmo 8 «es poco inferior a los ángeles». Luego, el creador se percata de que «no es bueno que el hombre esté solo» y le va presentando toda la creación para ver si algo de eso «le sirve». El hombre les va «poniendo nombre», pero dice Génesis que «no encontró nada como él». Cuando un judío lee «le iba poniendo nombre» está cargado de significado, porque para ellos el nombre no es solamente una forma de dirigirse a alguien, sino algo que tiene un sentido pleno para cada uno y configura a toda la persona (por eso, al leer la Biblia podemos percatarnos de cambios de nombres o de atribuir nombres según sucesos concretos e importantes en torno a la persona). Es decir, el sentido a todo lo creado lo da el hombre, es el ser humano el que da significado a la creación, de lo que concluimos que la dignidad del hombre es superior y subordina la dignidad del resto de la creación, por eso «no encontró nada como él». El texto añade: «nada le ayudaba». El verbo original dice algo así como «socorrer, acudir en auxilio». Es decir, el hombre se siente incompleto, «no termina de encontrarse» y por eso está buscando «algo como él».

Dios, tras comprobar que nada de lo creado lo reconocía como un igual, duerme a Adán, le saca una costilla y de esa costilla, haciendo una gran labor de artesano, crea a la mujer. Si el varón había sido creado de la tierra, de lo más bajo de la creación, la mujer es formada directamente de lo más excelso de lo creado. La mujer ha sido hecha de lo más puro de la creación hasta el momento: la carne del ser humano, la única tocada y vivificada por el mismísimo espíritu de Dios. Por eso, cuando Adán la ve dice «esta sí es huesos de mis huesos y carne de mi carne» y el pasaje añade más adelante «se unirán y serán los dos una sola carne». Es decir, no es que la mujer esté subordinada o subyugada al varón por haber salido de él, antes bien, le concede la misma dignidad, porque está sacada de él mismo, la misma dignidad que Dios ha concedido a Adán, ha sido la que ha adquirido Eva. Recordemos un párrafo anterior en el que explicábamos cómo la superior dignidad de Adán es con el resto de creaciones, no con respecto a la mujer, que es de «su misma masa».

En este sentido, el verbo que antes explicábamos que se traducía por «socorrer, acudir en auxilio», no es utilizado cuando Dios presenta la mujer a Adán. Porque Adán descubre en ella no solamente «lo que le faltaba», sino lo que le hace pleno. Una vez más, Dios sale al paso de las necesidades del hombre y sobrepasa todo anhelo y todo deseo. Lo que Dios ha hecho con la mujer ha sobrepasado cualquier pretensión, anhelo o deseo de Adán. Por eso, cuando solo estaba Adán en el Edén, la escritura dice en boca de Dios que «no conviene que esté solo», dicho de otra forma, «está incompleto». La mujer no es la que complementa al varón, como un anexo; es la mitad de la humanidad que plenifica, armoniza y perfecciona la creación más amada por Dios: el ser humano. Hasta ese momento, Adán era todo el ser humano que había y se sentía incompleto: haciendo una extrapolación, no interesada o tendenciosa, sino necesaria y revelada, la humanidad (hasta ese momento, solamente Adán), estaba incompleta. La humanidad quedaría truncada, imperfecta, inacabada sin la mujer. La perfecta semejanza e imagen de Dios no se acaba en un solo individuo, sino que es toda la humanidad, todo ser humano, los que conformamos el cuerpo de Cristo, el cuerpo de Dios hecho hombre y glorificado. Sin la mujer, la mitad del genio de Dios, de su esencia interpersonal, no estaría figurado, asemejado en el hombre.

En este sentido, la antropología cristiana está infinitamente por encima de conceptos como feminismo o igualdad. En esta antropología el centro no es el ser humano en lucha consigo mismo (también sexo contra sexo), sino que el centro es el amor con el que está creado y tocado, y el amor con el que está llamado a vivir: amor que es «ágape», entrega generosa al otro; matrimonio que engendra vida y la familia como célula de la sociedad. Por eso, hablar de feminismo cristiano es, de base, engañoso, porque reduce la gran riqueza de la antropología cristiana. Los conceptos de entrega, complementariedad y armonía en el cristianismo son considerablemente superiores. Si bien, el origen del feminismo es más que justificable, también es cierto que es una respuesta humana a un problema humano, problema que surgió precisamente de no vivir de esta gran realidad cristiana: el amor de y desde Dios. De hecho, cuando Adán y Eva se separan del amor de Dios tentados por querer ser como él —pero sin él— es el momento en el que dice la Escritura: «Tendrás ansia de tu marido y él te dominará»; es decir, la lucha de poder entre los sexos y el maltrato reinante a la mujer es consecuencia directa del pecado. Mejor que de feminismo cristiano, hablemos de cristianismo.

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