La sirenita de Christian Andersen

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La sirenita de Copenhague, de EdVard Eriksen, foto: Brando
La sirenita de Copenhague, de EdVard Eriksen, foto: Brando

Si tuviera que dar consejo en este Saber mirar, para afrontar con prudencia y lucidez el fragoso asunto de la ideología de género, primero os recordaría el que le da don Pedro Crespo, alcalde de Zalamea, a su hijo Juan antes de enrolarse en el ejército:

No hables mal de las mujeres;
la más humilde, te digo
que es digna de estimación,
porque, al fin, dellas nacimos.

Y en segundo lugar os propondría leer el maravilloso cuento de La sirenita de Hans Christian Andersen. Es un himno a la capacidad de amor de la mujer cantado por una sirenita, ser mitológico, no humano, con medio cuerpo femenino, el busto, y medio de pez. En el cuento se nos resalta que carecen de alma, que pueden vivir hasta trescientos años, pero que su destino es desaparecer, pues no tienen posibilidad de eternidad.

En las antiguas mitologías aparecen como enemigas del ser humano con una belleza tan atractiva y una voz tan seductora que, a quienes se les acercaban, o perdían la vida o, si regresaban a sus hogares, perdían la capacidad de valorar, como atractivo, lo propio.

Andersen altera el mito y nos presenta a una sirenita que, al cumplir los quince años, puede abandonar el fondo del mar, su hábitat natural, y contemplar la fascinante belleza que se encuentra al otro lado de las aguas, en el preciso momento en que, en un barco de vela, se está celebrando el cumpleaños de un joven —pescador en las antiguas leyendas— transformado en príncipe azul. Bello es el cielo, bello el sol, pero nada igual a la belleza del joven príncipe. Una inesperada tormenta destruye el barco. La sirenita salva la vida del joven que lo deposita en la playa. Oye voces, tiene que esconderse y, cuando el príncipe despierta, cree que su salvadora ha sido una joven no menos agraciada, de la que se siente, por agradecimiento, enamorado.

Regresa a su morada y solicita a la anciana reina de las sirenas que le conceda un cuerpo de mujer. La reina accede, pero le recuerda que tendrá que sufrir físicamente mucho, no podrá hablar ni cantar con voz cautivadora; y que, al no tener alma, cambiará los trescientos años, por el tiempo corto de vida de los humanos.

La sirenita no duda en arriesgar el todo por la nada, pues el amar como mujer es infinitamente superior a la vida de las sirenas. Tras un corto tiempo esperanzador, bullicioso y feliz, el regreso de la joven «falsa-salvadora» arruina sus posibilidades. El fracaso en el amor la condena a perder su vida. Sus hermanas encuentran una salida: podrá recuperar su naturaleza de sirena si mata al príncipe con el puñal mágico que le entregan. No puede. Amor de benevolencia, amor que solo en un alma espiritual puede acontecer. Las espumas sonrosadas de las olas recuerdan su bella acción, convertida en un hada delicada a la espera de que las buenas obras que propicien su noble gesto le otorguen el don de un alma inmortal.

La Sirenita de Copenhague, creada a comienzos del siglo XX por el escultor Edvard Eriksen, recuerda esta hermosa leyenda. La mirada ensoñadora de su rostro, abierta al mar, es un canto a la nostalgia del espíritu. Nuestro tiempo no lo comprende. Mejor ignorar la barbarie con que periódicamente se ha intentado destruirla.

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