Evangelizar bajando

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Evangelizar bajando
Evangelizar bajando

Por Juan Rodríguez Delgado

Tras la partida al cielo de nuestro querido Abelardo recordamos su pedagogía y espiritualidad que tanto bien nos han hecho: «Subir bajando». Abe supo entender como nadie que, en el camino de la santidad, la exigencia evangélica solo se puede asumir desde la experiencia de ser infinitamente amados por Dios. Un amor que no depende de nuestros méritos, sino que se desborda siempre, sean cuales sean nuestras miserias. El orgullo nos insta a reclamar de Dios el reconocimiento por nuestros méritos. La humildad nos permite ver más allá y entender que es precisamente en nuestra debilidad donde más se hace patente el amor incondicional que Dios nos tiene. Abelardo cantaba: «¡cuánto cuesta creer que miserias son gracias muy serias que matan el yo!; y que el alma se hace grande si se ve pequeña, con tal de que busque los brazos de Dios».

Ocultando nuestro trastero

Este caminar bajando hacia la cumbre de la santidad ha sido durante muchos años faro que nos ha guiado en nuestro camino personal hacia Dios. Hace poco escuché en una charla un ejemplo de lo que es nuestra vida, a semejanza de una casa con muchas estancias. Una de ellas el trastero, donde acumulamos lo sucio, el desorden, la basura. Un lugar que evitamos siempre mostrar a nuestras visitas porque puede avergonzarnos y hacernos creer que nuestra casa es fea, incómoda o poco atractiva.

Decía Henry Nowen en su maravilloso libro Tu eres mi amado, que esa debilidad y miseria que todos tenemos no define lo que somos realmente. Es la voz suave de Dios que nos llama «el amado» la que dice la verdad sobre quién soy. Pero el orgullo al pensar que en mi casa no hay un trastero o que con mis fuerzas voy a eliminarlo nos impide muchas veces escuchar esa voz. Aceptar la existencia de nuestra debilidad, de nuestro trastero, es el primer paso para encontrar el amor de Dios. Pero no podemos quedarnos ahí. Cantaba Abelardo: «¿por qué sufres alma mía viéndote así, sumergida en tu miseria, si estás en mí?» Podríamos decir también: ¿por qué sufres pensando en tu trastero si a Dios le encanta tu casa? Dios elige y quiere estar en mi casa. Y no porque Dios no sepa que existe mi trastero precisamente. Decía Benedicto XVI que Dios no solo nos quiere con un amor ágape sino también con un amor eros1. «A Dios yo le he gustado» decía san Agustín. Sea cual sea nuestra miseria somos preciosos a los ojos de Dios. ¿Nos lo creemos de verdad? ¿Le dejamos, por tanto, entrar en casa a pesar de que a él no podamos esconderle nuestro trastero? Es la experiencia del hijo pródigo, o como la de Zaqueo, que tenía un trastero bien grande pero el Señor le explicó que estaba deseando alojarse en su casa. Zaqueo se bajó del árbol para ir a abrirle la puerta y encontrar la salvación: subió bajando.

Pero este subir bajando no solo nos puede ayudar a crecer interiormente, sino también en la tarea de la evangelización. Al igual que reconocer mi debilidad es el primer paso para descubrir el amor que Dios me tiene, reconocer mi necesidad de ser evangelizado (y para eso hay que vivir en humildad) es el primer paso para poder colaborar con el Señor en la tarea de la evangelización. ¡Pero cuántas veces nos vemos solo como evangelizadores, sin ser conscientes de nuestra constante necesidad de Dios! Más cerca en ocasiones de la actitud del fariseo que de la humildad del publicano.

Jesucristo bajó para encontrarnos: se hizo hombre.

¿Dónde encontrar a Dios? Nos olvidamos muchas veces que nuestro Dios es un Dios encarnado, que se ha hecho hombre. Y que por tanto su presencia no solo es espiritual, sino que se encarna en cada uno de nosotros. ¿Qué significa esto?, ¿qué implicaciones tiene en nuestra vida? En primer lugar, que Dios puede hacerse presente en el mundo a través de mí, si yo le cedo el volante de mi vida, de nuevo «bajando» (esta vez del asiento de piloto al de pasajero). A veces podemos pensar que nuestra mujer o marido, nuestros hijos, o el resto de personas a las que conocemos se encontrarán con Dios solo cuando vayan de retiro o entren en una iglesia, pero nos olvidamos de que pueden encontrarse con él cada día, en cada momento en que se crucen conmigo, en casa, en el trabajo, en el Nazaret de la vida cotidiana. Porque mi trastero, por grande que sea, no me define, sino la belleza que Dios ve y por la que ha querido alojarse en mi casa. Muchos santos nos han repetido que Dios no tiene otras manos que las nuestras para ayudar a los demás, otros brazos que los nuestros para abrazarles, otros ojos que los nuestros para mirarlos y que sientan su mirada de amor. «Manos que ya nos son mías, sino tuyas mi Señor, manos para dar vida, moviéndolas Tú y no yo», nos recuerda Abelardo en otra de sus canciones.

Pero la Encarnación del Verbo tiene otra consecuencia: que podemos encontrar a Dios en los demás. Podemos encontrarle en el silencio, en los sacramentos, en la oración, pero también en su presencia real, encarnada, en todo ser humano, tenga el trastero que tenga. Y esta puede ser quizás nuestra principal dificultad. Que nuestra mirada hacia los demás, cuando no dejamos que sea Dios quien mire a través de nosotros, suele estar distorsionada. Podemos ver en muchas personas un trastero mayor que el nuestro, aunque quizás pueda ser al revés. Vemos una casa fea en la que ni nos planteamos entrar, pero con una mirada superficial que no tiene en cuenta que quizás a esa persona le hayan dado una casa más pequeña, casi sin armarios, mientras que a nosotros nos han regalado una grande con mucho sitio donde tener las cosas ordenadas. Y por eso necesitamos menos trastero y es más fácil tenerlo organizado.

Evangelizar: mirar con los ojos de Dios.

Si abajándonos somos capaces de dejar que nuestros ojos miren con los ojos de Dios ¿qué veremos en el otro? Pues lo que Dios ve: alguien precioso a sus ojos. Una casa en la que merece la pena entrar. Si yo no entro, si yo no soy capaz de descubrir la bondad y la presencia de Dios en cada ser humano, si solo soy capaz de entrar a buscar a Dios en aquellas casas en las que creo que hay un trastero pequeño o perfectamente ordenado, perderé muchas oportunidades de ser evangelizado por esa presencia de Dios que habita en todos. Y además probablemente eso signifique que, en el fondo, puedo seguir albergando la duda de si al amor de Dios realmente no le importa la debilidad de mi propia vida.

Muchas veces podemos juzgar la cercanía o la lejanía de Dios de las personas, o su presencia en ellas, pero desde una mirada superficial. Y no descubrir que alguien que puede estar equivocado en algún aspecto de su vida quizás en otros pueda ser ejemplar; que alguien que tiene un carácter difícil en el trabajo o que tiene una posición política diferente a la mía, puede querer en muchas ocasiones a su esposo o esposa con un amor más sincero que el mío; que alguien que no tiene fe quizás pueda tener una sensibilidad mayor que la mía ante el cuidado de la naturaleza, que es la obra de Dios; que alguien que no pisa la iglesia (a saber por qué) puede tener una sensibilidad ante el sufrimiento humano que ya querría yo para mí. Hemos cantado muchas veces: ubi caritas Deus ibi est (donde hay Amor allí está Dios). ¿Lo creemos de verdad? Dice el papa en la Bula del Año de la Misericordia: Los hombres ciertamente con sus juicios se detienen en la superficie, mientras que el Padre mira el interior […] No juzgar y no condenar significa, en positivo, saber percibir lo que de bueno hay en cada persona y no permitir que deba sufrir por nuestro juicio parcial y por nuestra presunción de saberlo todo. Podemos quedarnos en el trastero, en la pobreza de los demás, y no descubrir lo que Dios tiene que decirnos a través de su intrínseco valor en aras de nuestra propia evangelización. «Dejarnos evangelizar por los pobres» quizás sea una de las afirmaciones más audaces y bellas que le hemos podido escuchar al papa Francisco.

Está presente allí donde ya creemos que no está

¿Cómo entiendo yo entonces mi misión evangelizadora? Hasta ahora solo creía que se trataba de llevar a Dios a los demás, de llevarle allí donde Dios no está. Es esa una tarea ardua y difícil porque si miramos a las personas o al mundo y solo vemos error, maldad, ignorancia o frialdad, la evangelización aparecerá como una alta montaña que subir, de gran dificultad. Seguramente porque no estamos mirando como Dios mira. De igual manera que nuestra propia santidad se convierte en una meta inalcanzable si solo en mis virtudes, logros y méritos soy capaz de descubrir mi valor o la presencia de Dios en mí. Pero la perspectiva cambia cuando entendemos que Dios ya está presente allí donde ya creemos que no está. Entonces la evangelización se convierte en un camino que, una vez más se recorre más bien cuesta abajo que cuesta arriba. Evangelizar y ser evangelizado se muestran como la misma cosa, dos caras de la misma moneda. Escribe Henry Nouwen que solo desde la experiencia de ser elegido, amado y bendecido por Dios, puedo descubrir que los demás también son amados por Dios de la misma manera. Y descubrir su presencia encarnada en ellos. Sean cual fueren sus errores, o los míos, sus defectos, o los míos, sus infidelidades, o las mías, sus pecados, o los míos. Solo abajándome y dejando que Dios mire a través de mi mirada puedo descubrir la bondad presente en toda persona, hecha a imagen de Dios, bondad y valor que no somos a veces ni siquiera capaces de ver en nosotros mismos, cuanto más en los otros. Solo desde la humildad de reconocer nuestra propia necesidad de ser evangelizados podemos descubrir la presencia del Señor encarnado en nuestros hermanos, y en aquellos que podemos considerar más pobres, material o espiritualmente. La evangelización entonces quizás sea algo más sencillo de lo que podíamos pensar. Quizás solo consista, en lo fundamental, en ser conscientes de la presencia de Dios en mí, a pesar de mi trastero, y en los otros, a pesar de los suyos. Dejarme ayudar por otros para descubrir la presencia de Dios en mí y solo así poder ayudar a otros a descubrir la presencia de Dios en ellos al sentir su mirada a través de mis ojos. Evangelizar bajando. Para los que no tienen fe consistirá quizás en poner nombre y rostro (el de Jesús) a ese amor que ya está presente en su vida y desde luego en el fondo de su corazón y en la esencia de su persona. Pero ¿cómo podrán descubrirlo? Solo descubrimos la presencia de Dios, la belleza y el valor de nuestra casa cuando alguien, conociendo nuestro trastero, nos muestra su deseo de alojarse en ella. Como Jesús hizo con Zaqueo. Pensaría Zaqueo, consciente de su miseria: «si Jesús quiere entrar en mi casa y estar conmigo, entonces merezco la pena». Y, de esa manera, entró la salvación a su casa. El crecimiento humano y espiritual, el mío y el de los otros, solo puede partir de la experiencia de bendición. Desde la maldición, mirando solo el trastero sucio y lleno de errores, sabemos que ni nosotros, ni nuestros hijos ni nadie es capaz de crecer, porque esa imagen no dice la verdad de nosotros mismos. Nuestra relación con el mundo no debería por tanto estar basada en el recelo, el enfrentamiento, la trinchera, sino más bien en ser altavoces y testigos de la presencia de Dios encarnado en todo ser humano. Dios quiere a cada persona, sin límites ni condiciones. Dios nos busca siempre. Dios está entre nosotros, hechos a su imagen y semejanza. Quizás se trate fundamentalmente de ser conscientes de su presencia. Esto nos demostró Jesucristo ante el ladrón arrepentido, al que tanto admiró Abelardo. Su trastero era tan inmenso, sucio y desordenado que ocupaba toda su vida, pero lo reconoció cuando afirmó «nosotros estamos aquí justamente condenados, pero este nada malo ha hecho» (cf. Lc. 23,40). En aquel momento, de manera imprevista, aquellas manos vacías, atravesadas con los clavos como las de Cristo, se llenaron de la misericordia del Salvador.


(1) Cf. Carta encíclica Deus caritas est, (25.12.2005), nº 9 ss.