Paternidad perdida… paternidad encontrada

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Paternidad. Convivencias en Santiago de Aravalle
Paternidad. Convivencias en Santiago de Aravalle

Por Equipo Aula Tomás Morales

El Aula familiar Tomás Morales es la actividad más importante del año para los matrimonios del Movimiento de Santa María en la que, cada verano, familias de diversa edad y condición compartimos unos días intensos de convivencia, formación, oración, descanso y diversión en familia. Este año, en su XXIII edición y bajo el lema «La familia: santidad en lo cotidiano», se trataron en profundidad temas tan urgentes e importantes como el que desarrolla este artículo.


Una mañana del Aula la dedicamos a una mesa redonda con el título de este artículo. Lo hacíamos con dos premisas: el deseo de que nuestro testimonio de vida familiar dé luz sobre este tema a una sociedad que está perdiendo el sentido de la paternidad[1] y acoger lo aprendido en las sesiones de formación previas sobre santa Teresa de Lisieux, que siempre vio a Dios como padre misericordioso con sus hijos.

Sin duda, estamos ante una auténtica crisis de la masculinidad en nuestra acomodada sociedad occidental[2]. Es fruto de acciones concretas que fomentan la deconstrucción del varón, de ataques en muchos frentes desde ideologías contrarias a la naturaleza humana y a la familia, célula esencial para la cohesión de la sociedad; para su futuro… y para el de la Iglesia.

Por eso, teniendo en mente el lema del Aula, compartimos experiencias y claves para, hombres y mujeres, responder con nuestras vidas a ese desafío del mundo del siglo XXI en el que vivimos y que queremos transformar.

Una renovación de la paternidad no llegará por vía del cambio de roles sociales tan preconizado; pero tampoco aferrándose a un reparto de cometidos que fue tradicional en el matrimonio (padre-sustento / madre-cuidado), que no responde a las necesidades y modos de vida de las familias actuales. Para no ser «padres ausentes» no se trata de volver al pasado, sino de no difuminar y profundizar en referencias de auténtica masculinidad: el padre debe ser libertad y límite, iniciador-civilizador, maestro de la verdad, y, ante todo, imagen de Dios padre[3].

Cierto que la madre es puerta que protege el interior y el padre defensa del exterior; que la madre cuida a los hijos que ha tenido en sus entrañas y el padre debe hacerlos madurar y volar; pero no nos quedemos en clichés.

Un camino de santidad

Un padre ya con recorrido resumió las etapas de la paternidad en tres momentos de crisis respecto a los hijos: la del primer hijo (cansancio y, a menudo, agobio); la de la adolescencia («uno se siente descolocado»); y la del nido vacío (dejar marchar).

¿Cómo reaccionar en cada fase? Ante el trabajo que supone la experiencia de la llegada de un hijo a la familia: responsabilidad y confianza en que la vida se abre paso por sí misma; ante el desconcierto porque parece que el padre ya no es una figura válida para el hijo: ver a la persona por encima de sus obras y cuidar la relación paterno-filial («más vale perder batallas que perder el vínculo»); más adelante, cuando todo lo anterior deja paso a algo distinto: saber estar, saber desasirse, saber desaparecer.

Ser padre es una tarea para toda la vida en la que hay que hacerse aprendiz y maestro en paciencia —sobre todo, con uno mismo, no nos engañemos—, en equilibrio, en convencimiento de que «soy padre por lo que soy, no solo por lo que hago por mis hijos»; pero, sobre todo, en amar.

Para ello, los padres pedimos (contamos con) la luz del Espíritu Santo; también con la complicidad de nuestras esposas, la ayuda de familiares, de lo vivido en el Movimiento, de los grupos en los que crecen nuestros hijos, etc. Y también contamos con el tiempo a nuestro favor, pues siempre seremos padres y ellos siempre serán nuestros hijos.

Podemos poner palabras a cada hito de este recorrido vital que hemos descrito: entusiasmo, perplejidad, admiración, trabajo, voluntad, abandono, conciliación, confianza, soledad, vaciamiento, pérdida… No es por nada: los padres tenemos bien señalado el camino para salvarnos, para ser santos, y mucho no tanto «ganado a pulso» sino concedido.

Llamados a la entrega

En la segunda parte de la mesa redonda, de la mano de un padre más joven, reflexionamos sobre la raíz de una auténtica paternidad, que no es otra que la llamada a la entrega que Dios hace a todos. Una entrega que, para los que recibimos la vocación matrimonial, ante todo y siempre, debe ser esponsal; y después, paternal y fraterna.

En el fondo, se trata de conjugar correctamente una dialéctica entre el «olvido del otro» y el «olvido de sí», gracia esta que solo entendemos cuando sobrenaturalizamos situaciones que surgen en el ejercicio de la paternidad.

Todo ello, se concreta en la necesidad de integrar de forma equilibrada vida conyugal, convivencia familiar, profesión, ocio (en los hombres, quizás de forma más acentuada, amistades, deporte, ordenadores…). Como decíamos antes, una tarea de toda la vida, eso sí, en la que no faltarán incomprensiones (cuando la entrega cae en vacío), frustraciones (errores y sus consecuencias) y preguntas que no deben hacernos perder la paz («¿qué hay de nuestros proyectos, de nuestra felicidad?»).

Desde el encuentro personal con Jesucristo, ante todo esto que puede parecer un imposible, confiamos como Pedro: «Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna» (Jn 6,68).

La ternura del padre

En definitiva, tras un coloquio en ambiente de familiaridad, quedamos muy agradecidos por tener la ocasión de «hablar de lo nuestro»: de una masculinidad que sabemos que no está de moda pero que queremos que sea nuestra guía de actuación como maridos y como padres.

Hombres llamados también a la ternura, como la que Teresa vio en su padre (san Luis Martin) cuando perdió a su madre. Hombres que deseamos acompañar en el crecimiento (incluido en el sufrimiento) a nuestros hijos. Hombres que nos sabemos muy imperfectos pero esperanzados en la obra de Dios en ellos (y en nosotros). Hombres, en fin, que no queremos cansarnos de «subir bajando» aunque nos veamos muy a menudo con las «manos vacías»[4] (los que participamos en la mesa conocimos en nuestra juventud a Abelardo y estoy seguro que a todos nos gusta terminar citándolo).

Por cierto, no nos olvidamos: para todo esto ¡contamos con vosotras, las madres! Si nos queremos y nos dejamos hacer unos a otros, formamos un gran equipo.


[1] Varias referencias nos ambientan en un asunto de tanta trascendencia para las familias: el libro Paternidad robada, de María Calvo, cuya reseña se publicó en esta revista (nº 337 diciembre 2022); el cortometraje «Padre» que muchos hemos visto durante este año, basado en dicho libro, producido por la Universidad Católica de Valencia; y el testimonio desgarrador de una familia que sufrió la captación de su hija por una secta (fragmento de la serie documental de Disney+ «548 días»).

[2] Un autor espiritual actual desarrolla con gran acierto las causas y expresiones de esa «crisis del varón» que provoca una «falta de adultos» y se refleja en las relaciones, los matrimonios y los hijos (El arte de recomenzar, Fabio Rosini. Rialp, 2ª ed. 2019, p. 251-256).

[3] Cf. «Padres parentalmente competentes. Características de hoy y de siempre de la función paterna», en Paternidad robada, María Calvo. Almuzara, 2021.

[4] Cf. Abelardo de Armas, Santidad educadora, p. 138-139.

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