Pensamientos brillantes sobre la política

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Gilbert Keith Chesterton hacia 1920. Foto de Herbert Lambert
Gilbert Keith Chesterton hacia 1920. Foto de Herbert Lambert

Siempre es clarificador para los temas importantes volver sobre el pensamiento de aquellas personas relevantes que nos dejaron huellas indelebles. Independientemente del momento o época en que vivieron o escribieron.

Y sobre el tema de la política que nos ocupa me ha parecido útil espigar pensamientos de un católico converso del siglo pasado: Gilbert K. Chesterton (1874-1936). Un campo este de la política en el que su genio muestra el enorme sentido común que posee y su sólida concepción del hombre.

Espigaremos, pues, citas de sus abundantes escritos, y terminaremos con una cita antológica del entonces cardenal Josph Ratzinger.


«La meta de la política humana es la felicidad humana. Para los que tienen ciertas creencias, está condicionada por la esperanza de una felicidad mayor, que aquélla no debe poner en peligro. Pero la felicidad, la alegría del corazón del hombre, es la prueba secular y la prueba real. Esta prueba, por el talismán del corazón, lejos de ser meramente sentimental, es la única prueba algo práctica. No tenemos obligación de ser más ricos, ni de trabajar más, ni de ser más eficientes, o más productivos, o más progresistas, ni en modo alguno más pegados a las cosas del mundo o más poderosos, si ello no nos hace más felices» (Los límites de la cordura).

«El político sensato ve las cosas tal como ve un árbol que existe y que allí está, tanto si le gusta como si no. En cambio, el insensato intenta cambiarlas en algo distinto por el poder de su mente (y con el dinero de los demás), como si fuera un brujo» (Deseos insatisfechos, artículo del 22 de noviembre de 1913).

«Durante la Edad Media, los gobernantes consideraban la posibilidad de arrepentirse y, en consecuencia, podían decidir abandonar el cargo y pasar los años finales de su vida en un monasterio reconociendo el daño que hicieron y, mal que bien, reparando por él. Entre los políticos truhanes que tanto abundan hoy, esto es impensable. Hemos perdido la idea de arrepentimiento, especialmente en las cosas públicas» (El villano medieval, en su obra Una miscelánea de personajes).

«Lo primero que necesitamos hoy no es optimismo o pesimismo, sino una reforma del Estado cuyo nombre propio es “arrepentimiento”, pues es la reforma de un ladrón y eso supone que ha de admitir previamente que ha sido un ladrón. Los políticos y gobernantes no deben dedicarse a inventar consuelos o a profetizar desastres, sino que, primero y antes que ninguna otra cosa, deben confesar sus maldades. No deben decir que el mundo va a ir a mejor gracias a una especie de cosa misteriosa llamada progreso, algo así como una providencia sin propósito. Deben reconocer lo que han estado haciendo mal y entonces podrán felicitarse de estar por fin en lo correcto; no deben de ningún modo dedicarse a insinuar que, en cierto modo, estaban en lo correcto cuando estaban equivocados. Es humano cometer errores; pero el único error mortal, entre todos los errores, es el de negar que nos hemos equivocado» (Una nota sobre viejas tonterías, en su obra Fantasías frente a modas pasajeras).

«Nada en el universo resulta menos sensato que esa veneración por la sabiduría mundana. Un hombre que no deja de pensar en si esta o aquella raza es fuerte; en si ésa o aquella causa resultan prometedoras, es un hombre que jamás creerá en nada el tiempo suficiente como para que se imponga aquello en lo que cree. El político oportunista es como el hombre que deja de jugar al billar porque le han ganado al billar, que deja de jugar al golf porque le han ganado al golf. No hay nada que debilite más el propósito de trabajar, que esa inmensa importancia que se le otorga a la victoria inmediata. No hay nada que fracase tanto como el éxito» (Herejes).

«Prueba de que, en esencia, no somos un Estado democrático, es que siempre nos preguntamos qué debemos hacer con los pobres. Si fuéramos demócratas nos preguntaríamos qué van a hacer los pobres con nosotros. La clase dirigente siempre se pregunta: “¿Qué leyes debemos aprobar?”, cuando, en un Estado puramente democrático, se preguntaría: “¿Qué leyes somos capaces de obedecer?”. Tal vez nunca haya existido un Estado puramente democrático. Pero incluso las edades feudales eran, en la práctica, mucho más democráticas que esta, hasta el punto de que cada señor feudal sabía que todas las leyes que promulgara acabarían, con toda probabilidad, aplicándose a él. Quizá le despojaran de sus plumas por incumplir la ley suntuaria. Quizá le cortaran la cabeza tras condenarlo por alta traición.

Pero las leyes modernas son casi siempre leyes hechas para que las cumpla la clase gobernada, no quienes gobiernan. Nos regimos por leyes contra las fiestas y la hospitalidad de los pobres, pero no contra las fiestas y la hospitalidad de los ricos. Tenemos leyes contra la blasfemia, es decir, contra esa manera de hablar ordinaria y ofensiva que sólo practican las personas más rudas y siniestras. Pero carecemos de leyes contra la herejía, es decir, contra el envenenamiento intelectual de todo el pueblo, una actividad que sólo los hombres más prósperos y prominentes pueden desarrollar. El mal de la aristocracia no es que conduzca necesariamente al incremento de lo malo o al padecimiento de lo triste; el mal de la aristocracia es que lo deja todo en manos de una clase de personas que siempre puede infligir lo que ella nunca sufrirá. Sea bueno o malo lo que, según sus intenciones, acaben infligiendo, siempre resultará frívolo. La crítica a la clase gobernante es, sencillamente, que cuando legisla para todos los hombres, siempre se omite a sí misma» (Herejes).

Finalmente, y por citar a un pensador moderno, traigo este texto del por entonces cardenal Joseph Ratzinger. Dice así:

«San Agustín afirmó […] que un Estado que se mida a sí mismo únicamente por sus propios intereses, y no por la justicia misma, por la verdadera justicia, no se diferencia estructuralmente de una banda de ladrones bien organizada —puesto que para ella el bien de la banda constituye la norma y medida de sus acciones, independientemente del bien de los demás—. Echando una mirada retrospectiva a la época colonial y a los perjuicios que dejó en el mundo, podemos ver que incluso estados muy organizados y civilizados se aproximaban de alguna manera a la esencia de una banda de ladrones, porque pensaban atendiendo solamente a lo que era bueno para ellos, y no a lo que era bueno en sí mismo. Una libertad garantizada de esta manera tiene entonces en sí misma algo de la libertad de los ladrones. No es la verdadera libertad, la libertad verdaderamente humana. En la búsqueda de la verdadera medida, debe tenerse bien presente a la humanidad entera y —como vamos viendo cada vez con mayor claridad— no solo a la humanidad de hoy sino también a la de mañana» (Fe, verdad y tolerancia. El cristianismo y las religiones del mundo).

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