¿Por qué no defendéis?

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Por Jesús Amado
La reciente celebración el 25 de julio de
la festividad de Santiago Apóstol nos hace pensar en la ingente multitud de peregrinos que en el recorrido del Camino de Santiago, o ante su tumba,
han ido encontrándose con sus raíces cristianas.
Es el caso de una periodista alemana que
hace quince años publicó el relato de su conversión. Y que no pierde
actualidad. Dejemos la pluma a su narración autobiográfica:
Procedo de una familia protestante del
norte de Europa donde la gente es históricamente luterana desde hace siglos.
Ser protestante allí no significa
sólo pertenecer a una iglesia determinada. El hecho tiene también una fuerte
connotación sociológica.
En Alemania ocurre como en
Inglaterra o en Estados Unidos: ser protestante es, además y más bien, formar
parte de un determinado estrato social, de un status. Y, por lo común,
significa estar activamente en contra de los católicos. A estos se los suele
catalogar como un rango social inferior, como gente inculta e hipócrita. Según
piensan los protestantes, un católico puede pecar lo que quiere; luego va, se
confiesa… y ¡listo! Puede parecer exagerado, pero eso es lo que yo he oído de
mis mayores desde mi infancia.
No me interesaba
ninguna iglesia
Por eso me sorprendió y me produjo
cierta vergüenza cuando, a mi llegada a España, descubrí que —salvo
excepciones— los católicos normalmente no hablabais mal de los protestantes,
sino que soléis rezar por su conversión, por la unión de las Iglesias, y
habláis de “nuestros hermanos separados” cuando os referís a ellos. Tal vez la
razón sea que aquí prácticamente nunca ha habido protestantes y no ha habido
fricciones.
Sea lo que fuere, a mí no me gustaba el
protestantismo; “pasaba” completamente de él, sobre todo tras sufrir alguna
decepción con pastores luteranos. Pero esto no era razón suficiente para
convertirme al catolicismo, ni mucho menos. Yo tenía las cosas claras: podía
vivir al margen tanto del protestantismo como del catolicismo.
Más tarde, cuando ya estaba en España y en contacto
con muchos católicos practicantes, me empezó a parecer racionalmente sospechoso
que alguien se hubiese atrevido a fundar una iglesia, que emergía de la
Católica, pero al margen del Papa de Roma, sin la confesión y sin culto a
María. Esto, quince siglos después de que Jesucristo fundara la Iglesia.
Sin embargo, yo estaba segura de que, aún así, nunca
me iba a interesar la religión católica. Tenía mis propias ideas y una especie
de compromiso social con mi familia: aunque no practicara la religión, yo
estaba anclada en el mundo del que procedía. Mi padre y toda su familia eran
luteranos; mis vecinos y amigos, también.
Viviendo en España entre los católicos, podía
tolerarles o respetarles, siempre que a mí me dejaran en paz. Eran una realidad
en mi nueva patria, pero no me atañían. De modo parecido a que por ser alemana
era “diferente”, también era libre de pensar lo que quisiera.
En 1964 fui a Madrid, a estudiar. Enseguida conocí
al que hoy es mi marido, católico practicante. Para casarnos, tuve que
comprometerme a que mis hijos fueran educados en la religión católica. Mi
marido, otros miembros de la familia y los colegios se ocuparon discretamente de
la educación religiosa de nuestros cuatro hijos. Yo me mantuve al margen,
consintiendo pero sin participar.
Seguramente he podido convertirme, después de vivir
veintinueve años en España, gracias a que mi marido nunca hizo la menor presión
sobre mí, respecto a la religión, asistir a misa, etc. Su exquisita discreción,
su respeto hacia mí y su tolerancia lo hicieron posible.
Dios te ronda
Lo que hay que hacer, sobre todo, es
rezar. He vivido durante muchos años al lado de personas practicantes, que
seguramente han rezado a diario por mí, por mi conversión, sin que yo lo
supiera. He visto y vivido auténticas muestras de fe viva por parte de estas
personas, que depositaban toda su esperanza en Dios y en la Virgen María.
Sin que me diera cuenta, tanto roce, tanta
perseverancia en la fe de las personas que me rodeaban, me han ido limando y
moldeando imperceptiblemente, como el oleaje constante moldea las rocas.
Soy periodista, corresponsal extranjera para
Alemania, y viajo bastante. Una vez tuve que hacer un reportaje cerca de
Santiago de Compostela y me alojé en el Hostal de los Reyes Católicos, junto a
la Catedral. Por la mañana, antes de nada, decidí hacer una visita turística a
la catedral que no conocía.
Fui casi directamente a la tumba del Apóstol. Sabía
que allí había estado rezando el Papa Juan Pablo II, arrodillado. Estaba
completamente sola y quise copiar al Papa, por pura curiosidad, cuando entró un
sacerdote y me preguntó si le podía asistir en las lecturas, porque —me dijo—
había venido como peregrino, desde Perú, ex profeso para celebrar misa delante
del túmulo del Apóstol. Le dije que yo no era católica.
En aquel momento entró otra señora que, sin decir
palabra tomó mi lugar. Por una extraña razón yo permanecí de rodillas, y
empezaron a saltárseme las lágrimas, que fueron en aumento. El sacerdote
celebró la misa, que parecía para mí. Y yo, llorando como una Magdalena, de
rodillas, clavada allí delante del Apóstol durante toda la Misa. Salí de la
catedral profundamente tocada, como transformada.
Cuando, a continuación, fui a realizar mi trabajo,
la persona que iba a entrevistar se negó. Es la única vez, en toda mi carrera
de periodista, que no he podido hacer un tipo de reportaje después de un viaje
tan costoso. Al parecer esta vez tenía que ir a Santiago sólo para asistir a la
misa de aquel sacerdote peruano.
Ahora no me extraña el suceso: el apóstol Santiago,
¿por qué no iba a cristianizarme también a mí? El suceso de la Catedral me ha
dejado marcada de por vida. Después de esto pedí a Dios que me diera la fe.
De todas maneras, recuerdo especialmente un día de
mayo de 1992 en que fuimos mi marido, algunos de mis hijos y yo a Colmenar
Viejo, a la ermita de la Virgen de los Remedios. Yo iba porque me gusta ir al
campo con mi familia. Una vez allí, un sacerdote que nos acompañaba me invitó a
rezar con todos. Yo le respondí algo así como: “Por favor, no malgaste sus
esfuerzos, porque ¡yo nunca me haré católica!” Once meses después me convertía.
Tres sacramentos
Mi padre falleció en noviembre de este
año. A partir de este momento me invadió el deseo de hablar con un sacerdote,
para contarle mi vida y pedir consejo. No quería nada más. No pensaba en
convertirme; quería solamente “soltar lastre” y comentar las cosas que me
habían ocurrido.
Ahora ya podía hacerlo, porque mi padre había
muerto. Ya no podía defraudarle, pasándome al “enemigo”; aunque —insisto— yo
sólo quería hablar, o tal vez encontrar ayuda. Sin embargo, en muy poco tiempo
vi todo claro: quería entrar en la Iglesia Católica.
Empecé a ir normalmente a misa, llorando
prácticamente desde el principio hasta el final, sin poderlo remediar. Cuando
le dije a mi marido que iba a convertirme, no se lo creía; solamente me
preguntó si lo había pensado bien y sabía lo que iba a hacer.
Ahora hace ya más de siete años que me convertí. El
17 de abril de 1993 recibí la Confirmación y la Primera Comunión en Madrid,
después de una, también primera, confesión de los pecados de toda mi vida.
Como he dicho, me emociono y, sin poderlo remediar,
lloro a lágrima viva durante la misa. Ese día de la Confirmación, como tenía
que leer el Credo, el sacerdote tenía muy fundados temores de que mi llanto no
me dejaría leer. Pero estaba pletórica: sentía dentro de mí la fuerza viva del
Espíritu Santo, que me llenaba y me llena todavía. Rezaba el Credo con una
seguridad, un júbilo interior, una felicidad y un convencimiento tales, que me
tuve que aguantar, al final, para no gritar, de forma rotunda: “¡Y lo digo y lo
creo con todas mis fuerzas y con todo mi corazón”! Fue un momento glorioso,
increíble.
A los católicos de
España
Voy a permitirme el atrevimiento de
deciros algo que siento respecto a la situación de la Iglesia Católica en
España: tenéis el gran privilegio de haber sido cristianizados en el siglo
primero. Y eso es un privilegio extraordinario.
En España el mensaje de Cristo fue defendido frente
al Islam y otras influencias, y ha podido extenderse desde España al Nuevo
Mundo. ¿Por qué no defendéis este tesoro con más convencimiento, más
entusiasmo, más energía, más unión, más entrega, más pureza, y más sentido de
responsabilidad?
¿Por qué permitís las dudas, las componendas, el
“descafeinado”, el camino —en definitiva— hacia un protestantismo encubierto?
¿Por qué no defendéis a la Iglesia de Cristo con más vehemencia, con más audacia
y más amor? Espero que sepáis perdonar mi atrevimiento, pero sentía la
necesidad interior de decíroslo.
Barbel
Martens de Marina