Realidad… y orientaciones (y II)

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Por Javier del Hoyo

Continuamos en este número el ensayo
del P. Tomás Morales iniciado en el número anterior, sobre la realidad
religiosa de la España de los sesenta. En esta segunda parte expone algunas
ideas para la eficaz evangelización de un país oficialmente católico, pero en
la práctica muy alejado de la vida de la Iglesia. Algunas de estas ideas las
desarrollará más tarde en sus obras Laicos en
marcha (1967), y sobre todo Hora de los
laicos (1985). Son de destacar porque es la primera vez que las escribe

realidad… y
orientaciones
(y ii)
Una realidad: la descristianización
progresiva de nuestra sociedad, a pesar de los beneméritos esfuerzos que vienen
haciéndose durante largos años.
Unas orientaciones. Para atajar esta
descristianización bastaría poner en práctica dos principios insinuados por las
encíclicas pontificias y la legislación de la Iglesia: 1. Movilización de los
laicos. 2. Coordinación de fuerzas.
1.- Movilización
de los laicos
Jornadas de Oración y estudio Valladolid  1984

Algunos sacerdotes y religiosos van
cayendo en la cuenta de que esa movilización es urgente e indispensable. Pero
lo inaplazable del problema exige mayor rapidez. Cuentan que un día salió de un
consistorio san Pío X. Era en 1908. Hablaba con varios cardenales. Les
preguntaba por el problema más urgente, a juicio de cada uno, planteado
entonces a la Iglesia. Uno respondió: «Multiplicar las vocaciones
sacerdotales». Otro dijo: «Mejorar la formación del clero». El Papa contestó:
«Me parece que el problema más urgente es que cada sacerdote forme diez
seglares que trabajen a una con él».

En un libro publicado no hace muchos años por un
obispo extranjero, se dice que esta movilización es el problema más urgente de
la Iglesia actual. Hay que poner al laico en tensión misionera para que,
colaborando con los sacerdotes, se pueda atajar la descristianización de países
que fueron cristianos.
La necesidad de esta
movilización viene impuesta por un hecho: el exiguo número de sacerdotes en
comparación con la masa enorme que hay que evangelizar. En países muy escasos
de clero, la necesidad es más urgente. Pero aun en los mismos en que las
vocaciones son más numerosas, se impone. Un solo sacerdote en un populoso
suburbio de nuestras ciudades. Otro, tratando de alcanzar con su empuje a miles
de obreros en un centro fabril. Un tercero, perdiéndose en la masa de miles de
estudiantes…
Una apreciación superficial lleva a la conclusión
falsa de que en algunas ciudades con muchos sacerdotes se bastarían éstos para
evangelizarlas. En realidad, sin embargo, esos sacerdotes, por numerosos que
sean, aunque multipliquen su actividad elevándola al máximum, no llegarían a ponerse en contacto con
la gran masa.
Y es que para conseguirlo, le hacen falta al
sacerdote brazos que alarguen y ensanchen su acción. Esos brazos son los
laicos, que gustosísimos se prestarán a esta tarea si se les sabe interesar.
El mundo se va complicando de tal forma, se va
descristianizando en tal grado, que casi va
resultando, para su evangelización, tan necesario el sacerdote como el laico.
Ambos a una se complementan en su acción. Ambos van sintiendo cada vez más la
necesidad de caminar juntos en una tarea que les es común.
No hace muchos años me contaban que un joven
universitario, al acabar sus estudios, decía a un sacerdote: «Padre, he sentido
la llamada de Dios y estoy dispuesto a seguirle. Me consagraré a él». El
sacerdote le preguntó: «¿Piensas hacerte sacerdote o religioso?» Respondió:
«No, Padre, seré sacerdote con el ejercicio de mi profesión de médico. ¿No le
parece a usted que el médico puede salvar muchas almas haciendo de su profesión
un sacerdocio?» Cuando me lo contaron me acordé de lo que hacía unos años dando
una misión por un pueblo de Andalucía, me decía un párroco anciano: «Durante
veinte años, un médico santo que tuve en el pueblo fue conmigo otro sacerdote.
Gracias a él, mi acción sacerdotal llegaba al último de los feligreses».
Hay más. Aunque el número de sacerdotes fuese hoy
muy crecido, no lograría, sin el concurso de los laicos, adquirir con la masa
ese contacto vital indispensable para evangelizarla. La razón es muy sencilla.
El laico inmerso en la masa, y precisamente porque lo está, sabe más, mucho más
que los sacerdotes de los procedimientos para conquistarla. Seamos humildes y
reconozcámoslo. En muchos casos tenemos que aprender de ellos. Por mucha teología
que sepamos. Aunque dominemos intrincadas cuestiones de filosofía, aunque
oigamos decir que nuestra formación sacerdotal nos capacita para adaptarnos a
todo, los laicos nos aventajan en el conocimiento exacto de la realidad, en
saber los resortes que hay que tocar para ponerse en contacto con la masa, en
procedimientos y técnica para influir en el corazón de sus hermanos. A veces,
también, en espíritu combativo, en energía y vitalidad, audacia y decisión.
Claro es que todo esto hay que encauzarlo. Para eso está el sacerdote unido con
ellos, orientando, dirigiendo y sobre todo, comunicando vida divina.
Por no ser humildes, por no reconocer que el laico
en algunos aspectos nos aventaja, renunciamos a su colaboración, queremos que
nuestras actividades u obras sean exclusivamente nuestras. Obrando así
reducimos nuestro influjo en la masa, pues bloqueamos en ellas a sacerdotes que
rodeados de seglares eficientes pueden llevar obras análogas. Pero además, los
laicos de la masa, para dejarse convencer, necesitan ver el Evangelio vivido no
sólo en los sacerdotes, sino principalmente en otros seglares.
Al sacerdote se le considera siempre por la mayoría
como un ser extraño, con el que no interesa encontrarse. Al tomar el tren, una
sotana o hábito se instala en un departamento. Observad cómo una buena parte de
los viajeros que llegan, al verlos, pasan a ocupar otro departamento, aunque
esté más lleno. Ésta es la reacción de la gran masa ante el sacerdote.
Por eso, el testimonio de su vida, con ser
inapreciable, para la mayoría pasa desapercibido; o porque rehúye
sistemáticamente el contacto con él o porque piensa «es natural que proceda
así, es su profesión, de eso vive». En cambio, cuando el testimonio de
Evangelio vivido, lo da un laico que trabaja en la misma fábrica, que es
arquitecto como él, que tiene mujer e hijos, y que sin embargo vive sin rendir
culto al dinero, sin hacer un dios de la vida cómoda, entonces el efecto que
produce en la masa es incomparablemente mayor, el impacto es más profundo.
Aprendamos a ser humildes. Reconozcámoslo. Ni somos
los únicos portadores del Evangelio, ni a veces los más eficaces. Grupos
selectos de laicos profesionales, estudiantes, empleados u obreros, a veces nos
superan en virtud. Conocí a uno de 32 años, con dos hijos. Ocho horas
trabajando en una fábrica. Con ansias de superación había empezado el
bachillerato al cumplir los 26. Después del trabajo, tres horas en un Instituto
nocturno. Y al día siguiente a las seis en pie, para oír misa antes de comenzar
a trabajar. Sábados y domingos estudiaba en medio del alboroto que armaban sus
chicos… y así, seis años. Casos parecidos de entrega al deber he encontrado
en médicos e ingenieros.
A pesar de esto, existen ciertos recelos por parte
de sacerdotes y religiosos para movilizar a los seglares. No se fían de ellos
por una parte. Creen por otra, equivocadamente, que los sacerdotes y religiosos
se bastan. No se fían porque no los conocen. Se creen suficientes porque no se
dan cuenta de las proporciones de la masa que vive alejada. Es natural que así
suceda. Una buena parte de esos sacerdotes, incluso los que ocupan puestos de
gobierno en diócesis o casas religiosas, no han tenido contacto con seglares
eficientes y, por tanto, no pueden hacerse cargo de lo decisiva que sería la
movilización del laicado. No lo tuvieron porque empezaron su formación
eclesiástica a una edad muy temprana. Después de ordenados sacerdotes, por
distintas circunstancias, absorbidos por tareas inaplazables, no han tenido
ocasión de formar laicos, llevando con ellos obras de gran penetración en la
masa.
En cambio, los que han hecho esta experiencia se
quedan maravillados del influjo logrado en la masa por un pequeño grupo de
laicos bien formados bajo la dirección de un sacerdote. En noviembre de 1952,
un jesuita francés, el P. Fraysse, hizo una experiencia muy curiosa. Ante la
negativa de las autoridades alemanes de ocupación en Francia, impidiendo que
los capellanes de la J.O.C. acompañasen a los obreros internados en las
fábricas de Alemania, se disfrazó de obrero, llegó a Frankfurt y allí formó un
«grupo de amistad», una pequeña célula en la fábrica en que trabajaba. A los
seis meses escribe: «he comprobado la arrolladora influencia que tiene una
pequeña comunidad cristiana, si está compuesta de personas que viven su
cristianismo en forma integral».
No hace falta
remontarse veinte años, ni salir fuera de España para constatar este influjo de
los laicos. Todo el mundo palpa en nuestra Patria la eficacia de un Instituto
Secular integrado por laicos y sacerdotes íntimamente compenetrados, en el
campo universitario profesional. Esos laicos, casados o no, son los brazos
largos de unos pocos sacerdotes que así multiplican prodigiosamente las
energías de Cristo en la Sociedad.
Cuando en septiembre de 1959 la Santa Sede retiraba
definitiva y totalmente a los sacerdotes obreros franceses de las fábricas, les
exhortaba a formar Institutos Seculares con trabajadores, es decir, a rodearse
de grupos escogidos de laicos. Ellos, incrustados en la masa, harán penetrar la
semilla evangélica con más facilidad que el sacerdote, considerado siempre, a
pesar de sus esfuerzos de adaptación, como elemento ajeno al mundo obrero.
No basta con caer en la cuenta de la necesidad de
movilizar seglares. Hace falta saber y querer formarles. Esto supone una larga
tarea de dirección. El sacerdote tiene que renunciar al apostolado aparatoso de
la masa, para sepultarse en una vida de catacumbas durante años, Además, tiene
que forjar la voluntad de sus militantes, formándoles en una ascética exigente.
Y esto no puede hacerse sin sufrir ni hacer sufrir. Tiene que resistir
pacientemente los ataques que desencadenarán las fuerzas del mal. Tiene que
soportar, quizás esto es lo más sensible, las incomprensiones de los
«domésticos», es decir, de algunos de sus hermanos de sacerdocio y de los
mismos laicos que trata de formar.
Al formarles así, cumplirá el programa que Pío XII
trazó a los católicos suizos en el mensaje de mayo de 1954: «En la lucha contra
el materialismo, se ha de lanzar esta consigna obligatoria: volvamos al
Cristianismo de los orígenes. Los cristianos de los primeros siglos se
opusieron a una civilización pagana y materialista que enseñoreaba sin
oposición. Se atrevieron a atacarla y, al final, se impusieron gracias a su
tenacidad constante, y mediante gravísimos sacrificios».
Si el sacerdote quiere renovar el mundo moderno hará
suya con decisión la divisa del gran Papa1 y
preparará, sin miedo a la exigencia, a esos laicos que conquistarán el mundo
para Dios, si se les imbuye la mística combativa y radical de un cristianismo
consecuente.
En la primera siembra cristiana, a lo largo de los
tres primeros siglos, fue decisivo el papel de los laicos. Así lo será hoy
también si acertamos a movilizarles con ímpetu. Para ello, hay que interesarlos,
y esto no se logra si no se les trata como hombres. Si se pretende tenerlos
siempre sujetos a nosotros, si se les trata como niños, si no se les permite
moverse sin nuestro consentimiento, se aburrirán y acabarán marchándose.
Tratarlos como a hombres quiere decir que ellos tengan iniciativa y
responsabilidad, único medio de que consideren el movimiento como cosa propia y
se interesen por él hasta el sacrificio heroico.
Cuando a los laicos se les forme de esta manera para
ser eficaces en la Iglesia, no nos debe extrañar que lleguen a una madurez tal,
que tiendan a independizarse de los sacerdotes que los formaron, para vivir por
cuenta propia con sacerdotes también propios. No puede extrañarnos este
fenómeno por ser natural. Se da con los hijos en la familia, con los pueblos
colonizados, que se emancipan de la metrópoli. Es el fruto maduro que
espontáneamente se desprende del árbol para comunicar nueva vida. Lo mismo pasa
con los movimientos laicos organizados por sacerdotes. Llega un momento en que surgen
nuevos sacerdotes de entre ellos mismos y para ellos mismos. Entonces, lo
prudente es aprovechar los cauces jurídicos creados recientemente por la
Iglesia para darles estabilidad y permanencia. Este fenómeno natural debe
alegrarnos, aunque la primera inevitable reacción sea dolorosa. Solemos decir
entonces que se nos escapan de nuestras manos, como los hijos del hogar al
constituir nueva familia.
Aunque así sea, quedan encuadrados en el marco de la
Iglesia, con autonomía jurídica para gobernarse. Por tanto, sería pequeñez de
espíritu apurarse por ello y no mirar el bien de la Iglesia universal. Además,
los sacerdotes iniciadores del movimiento quedarían liberados para roturar
otros campos, todavía vírgenes, al surgir este clero indígena con capacidad suficiente
para llevar el movimiento. Y nuevas vocaciones surgirán con abundancia
estimuladas por el ejemplo y generosidad de aquellos compañeros que llevaron su
entrega a las almas hasta consagrarse sacerdotes sin salir del mundo a que
pertenecen.
Cuando la iglesia
quiere conquistar un país de infieles, envía misioneros sacerdotes extranjeros.
Trabajan incansables hasta que entre sus nuevos cristianos florecen vocaciones
sacerdotales y se consagran obispos. Sembrado ya el campo, lo entregan a la
Jerarquía indígena para que los gobierne con autonomía, mientras ellos se
dirigen a otros continentes para ensanchar la Iglesia, que sólo se consolidará
cuando la Jerarquía aborigen surja. Es la táctica eficaz para dilatar la
Iglesia con nuevas conquistas.
La misma táctica debe
seguirse, sin concesión a miedos o particularismos, si queremos evangelizar
esos grandes sectores misioneros españoles que son la Universidad, la fábrica,
el Ejército y cuarteles, la oficina, el mundo de las letras, el de las técnicas
de difusión de pensamientos, el de los pueblos y ciudades de muchas regiones.
En algunos de esos sectores ha surgido un potente movimiento de laicos
ensamblados con sacerdotes propios del ambiente que se trata de conquistar. En
este maridaje sacerdotal–laico está la clave de su eficacia ejemplar, que
debería servir de pauta para la cristianización de esas importantísimas zonas
de la vida nacional.
Claro es, que para conseguir esta movilización, hay
que saber fiarse de los laicos. Algunos son profesionales que ejercen delicadas
funciones, con gran tacto y responsabilidad; otros actúan en las Empresas como
técnicos o jefes; todos, por lo menos, son jefes de familia. Esas funciones
rectamente desempeñadas les hacen aptísimos para tomar parte en la movilización
de que hablamos.
No nos solemos fiar de ellos porque no los conocemos
suficientemente, por falta de contactos vitales. También por no reconocer que
en algunos aspectos nos pueden aventajar.
A estos hombres, como
decimos, no se les puede tratar como a menores de edad. Hace doce años, el
Director Nacional de una gran organización católica, ingeniero con 50 años,
padre de tres hijos, me decía: «Padre, ustedes nos tratan como niños, y así
nuestra acción es lánguida, quizás inoperante, y apenas podemos influir en la
Sociedad que nos rodea». No supe qué contestar. Le sobraba razón. Me acordé de
la frase de Pío XII: «El laicado ha salido de su minoría de edad». Y
seguramente, de ese laicado puesto en tensión misionera, esperaba el gran Papa
«la primavera que vendrá sobre la Iglesia», cuyo advenimiento todos debemos
acelerar cumpliendo las directrices pontificias.
2.- Coordinación
de fuerzas
La movilización del laicado sólo será
eficaz para la recristianización de nuestra Sociedad si se integra en un plan
de conquista en el que todas las fuerzas católicas actúen a una para conseguir
el objetivo concreto que se pretende.
Es el principio elemental para ganar una guerra:
unidad de mando, y de fuerzas. La legislación de la Iglesia lo preceptúa.
El movimiento del Mundo Mejor2 va logrando esparcir ideas fecundas en este
sentido. Hoy en España, para cualquiera que conozca la descristianización
creciente de ciudades y campos, no es un secreto que ninguna Congregación
religiosa, por meritoria y eficaz que sea, es capaz de hacer frente por sí sola
a este mal. Ni siquiera basta la acción conjunta de todas las Congregaciones
entre sí. Es necesaria la estrecha colaboración entre ambos cleros, Institutos
Seculares, todos los laicos movilizados bajo la dirección del que en nombre de
Dios gobierna la diócesis.
El movimiento del Mundo Mejor, con una orientación
muy certera, va creando el clima propicio a esta concentración de fuerzas. Pero
todos debemos colaborar, quitando recelos, olvidando menudencias, sacrificando
actividades propias en bien de la Iglesia universal. El ejemplo de sincera
colaboración de todos los sacerdotes, produciría inmediatamente una unión
íntima entre ellos y el laicado, deseoso de actuar. Quizás este se mantenga, en
parte, en actitud expectante e indecisa por el mal efecto que le causa la
desunión entre el elemento dirigente de la Iglesia.
Badajoz, 21 noviembre de 1961
(Notas del documento)
1Se refiere con este título a Pío XII.

2  El Movimiento del Mundo Mejor fue
fundado en Roma por el jesuita P. Lombardi en 1952 como respuesta a la llamada
de renovación dirigida por Pío XII a la Iglesia con el mensaje radiofónico
conocido como “Proclama para un Mundo Mejor”. El P. Morales fue un entusiasta
promotor del mismo, idea que propagó al movimiento naciente del Hogar del
Empleado, y a los Cruzados y Cruzadas de Santa María.