Porque no hay tiempo que perder

Misión Perú (Arequipa y San Ramón) 2022…

7
Porque no hay tiempo que perder
Porque no hay tiempo que perder

Por Michelo Roccheggiani y Javier Granado

Quince militantes han dedicado sus vacaciones veraniegas a una formación intensiva con campamento, ejercicios espirituales y servicio misionero en el Perú. Ha sido la culminación de todo un curso en el que se han ido preparando para dar lo mejor de sí mismos en apoyo al grupo del Movimiento en Arequipa y al Vicariato de San Ramón, sin dejar de dar un impulso al grupo de Lima.

Arequipa, CIRCA, Milicia

A las 8.30 de la mañana, después de meses de preparación, doce horas de avión, cuatro de sueño, más, de nuevo, otras dos de avión, por fin llegamos a la ciudad de Arequipa. A la salida del aeropuerto nos encontramos con dos caras sonrientes de dos cruzados: José María Bellido y John Carlo Adriazola. El Hogar donde viven es muy acogedor y tremendamente limpio. De hecho, los suelos resbalaban por la cantidad de cera y cada rincón estaba meticulosamente repasado y carente de polvo, cosa que normalmente caracteriza las casas en la arenosa zona de la Sierra.

Nuestra misión, de carácter más urbano comparado a nuestros compatriotas en la Selva, consistía sobre todo en ayudar en la pastoral universitaria, a pasar tiempo con familias cercanas a la Cruzada y a estar con niños huérfanos o de familias desestructuradas de los hogares de CIRCA (Círculos Sociales Católicos).

A finales de julio, la pastoral universitaria de la UNSA (Universidad Nacional de San Agustín) organizaba un festival de amistad hispano-peruana y tuvimos la oportunidad de participar cantando algunas canciones de la Madre Patria. Ha sido muy bonito adentrarnos en la música folclore local y descubrir la cantidad de aspectos que unen a las dos culturas.

Hemos participado también en varias actividades organizadas con las familias amigas del Movimiento. Gracias a ellas, pudimos adentramos en lo que es la vida de una familia peruana. Nos enseñaron su gran diversidad de comidas, canciones y bonitas historias y nosotros por supuesto compartimos algo de lo nuestro. Eran familias distintas entre sí: unas pudientes, otras menos, de profesores de universidad, de carpinteros, de pequeños emprendedores, de políticos, pero a todas las unía una gran generosidad y cultura de acogida. Nos sentimos muy agradecidos.

Otra de las misiones fue apoyar un albergue infantil de CIRCA. Para llegar había que coger un bus que tardaba más o menos media hora desde el centro de Arequipa. Una vez allí, nos encontramos frente a una gran puerta de metal que al abrirse daba paso a un albergue muy humilde pero lleno de amor. Al acceder vimos un pequeño patio que constaba de dos porterías y una red de voleibol en el medio (en Perú es como su deporte nacional). Este patio estaba rodeado por dos edificios y un pequeño huerto que ellos mismos trabajaban. En el primer edificio se encontraba el comedor y la cocina a cargo del joven David. En el segundo la zona de habitaciones y otra sala donde guardaban su ropa en unos casilleros. Finalmente, al fondo del albergue, donde una persona normal solo vería un pequeño lugar lleno de arena, los muchachos de CIRCA veían una zona ideal donde jugar a las canicas (o bolitas como ellos decían). Era sorprendente el ver cómo en una zona tan pequeña podían convivir los 40 que eran, pero más sorprendente aún era el ver el trato tan sencillo y cariñoso que tenían entre ellos.

La experiencia de organizarles un campamento como los que tenemos en Santiago de Aravalle y vivir junto a ellos durante unos días en La Joya fue excepcional. Poder transmitir los valores que tanto apreciamos gracias a las varias actividades del campamento fue muy enriquecedor y realmente nos dimos cuenta de que el estilo de vida que vivimos no se limita a fronteras nacionales. Es más, es verdaderamente eterno.

Artículo anteriorSin fronteras a ritmo de rap
Artículo siguienteMisionar en un mundo sin fronteras