Sinodalidad: caminar juntos

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Sinodalidad: caminar juntos
Sinodalidad: caminar juntos

Por Pbro. Oswaldo Alejandro Sánchez Soto, México

¿Qué es la sinodalidad?

Podríamos suponer que ya sabemos de sobra la respuesta a esta pregunta: caminar juntos; sin embargo, no debemos quedarnos en esta simple definición pues podríamos banalizarla, de tal manera que tenemos que hacernos otra pregunta, ¿qué significa caminar juntos? Está claro que no es caminar en desbandada, como una masa amorfa sino como un pueblo que tiene una guía y una estructura, encontrándonos aquí con otros elementos que son condiciones de posibilidad de la sinodalidad o virtudes fundamentales de la misma: la mutua escucha, la comunión[1], el discernimiento, la organización, un pastor y un pueblo en sinergia, la cual se logra desde la coparticipación y la corresponsabilidad.

La mutua escucha sería la virtud-llave que abre las puertas de la sinodalidad a manera de circularidad —diálogo entre iguales por el sacerdocio bautismal— en ascendencia —comunión jerárquica— y descendencia —vigilancia y discernimiento definitivo de los Pastores y que confirma o no lo acordado— es decir, en una espiral progresiva propia de una comunidad dialogante que no tiene otro cometido que ejercer un discernimiento que desvele la verdad. Discernimiento guiado y fecundado por el Espíritu Santo, del que se deducen las necesidades pastorales de la Iglesia y en el que se busca conocer y comprender la voluntad de Dios sobre la forma de asumirlas y enfrentarlas.

Este diálogo-discernimiento sinodal implica crecer en el nivel de comunión eclesial y en una mayor conciencia de la propia identidad. San Juan Crisóstomo decía que la Iglesia tiene nombre de sínodo[2], lo cual implica que ella es ajena al espíritu de división, rivalidad, individualismo y pretensiones de poder propias del mundo, tanto en sus relaciones como en sus decisiones. Al contrario, el espíritu que ha de animar a la Iglesia es el espíritu de Jesucristo, haciendo que ella viva de manera semejante a la vida de comunión intratrinitaria, de modo análogo a la existencia divina que es luz (1Jn 1,5) con sus notas características como la transparencia, la apertura y el servicio de iluminar todo lo que le rodea. Podríamos decir entonces que la sinodalidad es «caminar en luminosidad», es la medida adecuada de cómo debe ser la comunicación, la acción pastoral, la toma de decisiones y la resolución de los problemas en la Iglesia. En efecto, los agentes de la sinodalidad caminan como hijos de la luz (cf. Jn 8,12-20), haciéndolo todo en transparencia, humildad y sencillez (Flp 2,3-4).

En definitiva, la Iglesia hoy más que nunca es consciente de que la coparticipación justa y responsable de todos sus miembros en su ser y quehacer, en su autogestión y en su misión, es un paso adelante en el desarrollo de la eclesiología de comunión. Esta coparticipación parte del bautismo en el que somos constituidos personas en la Iglesia (cf. cc. 96 y 204), de tal manera que no es una concesión sino un derecho que nace de la naturaleza del ser bautizado, el cual, al configurarse con Cristo Hijo de Dios, sacerdote, profeta y rey, adquiere un triple oficio en correspondencia con esta triple dignidad: sacerdocio-santificar, profeta-enseñar y rey-jurisdiccion o gobernar, que se ejerce análogamente o en diversa manera y grado según la condición de cada bautizado, sea clérigo o laico, consagrado o no.

Puesta en marcha

Por lo tanto, la puesta en marcha de la sinodalidad no es otra cosa que el hecho de que cada bautizado, bajo la guía de los pastores, en una mutua escucha, ejerza su corresponsabilidad en la misión de la Iglesia, lo cual, no es otra cosa que el paso adelante en la eclesiología de comunión nacida del Concilio. Dígase de paso: la sinodalidad se vuelve al mismo tiempo medicina contra las luchas de poder y el clericalismo en todas instancias y acciones de la Iglesia, permitiendo además la elaboración de nuevos métodos pastorales más creativos y eficaces gracias a la colaboración de los miembros del pueblo de Dios: cada quien está donde tiene que estar y hace lo que tiene que hacer según los principios de coparticipación, subsidiaridad y sensus et consensus fidelium.

Estas categorías miran a tres clases de objetivos sinodales: solución de un problema, decisión sobre alguna coyuntura y definición de un método o instrumento frente a alguna necesidad surgida de la praxis pastoral. En cuanto al proceso sinodal en sí, tenemos cuatro momentos principales: la escucha mutua de todo el Pueblo de Dios (o todos los que sean posibles), el discernimiento por parte de la asamblea sinodal (fieles destacados por su prudencia y buena fama), la decisión de quien preside el ejercicio sinodal y la puesta en práctica por parte del entero cuerpo eclesial (recepción de la decisión sinodal).

Así, la primera tarea sería crear las condiciones de posibilidad para que los fieles cristianos cobren conciencia de que la vida cotidiana es sínodo permanente, es decir, no hay día en que se cancele la condición de bautizado y, en consecuencia, el testimonio, el ejercicio de los derechos y obligaciones y el ejercicio de los carismas y dones recibidos como servicio en comunión con toda la Iglesia. Por eso, el primer paso de la sinodalidad es la implementación de instrumentos de formación permanente de todos los fieles cristianos (obispos, presbíteros, consagrados y laicos).

En definitiva, sinodalidad, evangelización y formación permanente van de la mano. Entrar en esta convicción implica una auténtica conversión; de lo contrario, todos los diseños teológico-jurídicos para un ejercicio efectivo de las decisiones sinodales serán inútiles, puesto que les faltará el Espíritu que las anima.


[1] La communio en la Iglesia tiene cuatro pilares sobre los cuales se edifica la unidad y la concordia entre carisma e institución: una misma fe-tradición, mismos sacramentos, la Palabra de Dios y un mismo régimen (obediencia a los pastores).

[2] Explicatio in Ps. 149, in: PG 55, 493.

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