
Por P. Rafael Delgado Escolar, Cruzado de Santa María
Sin duda, la primera pregunta que todos nos hemos hecho ante el anuncio del Jubileo del 2025 es: ¿por qué este año santo? ¿Qué acontecimiento lo motiva? El último Jubileo en la Iglesia fue en 2015 y tuvo un carácter extraordinario: fue convocado para conmemorar el 50 aniversario de la clausura del Concilio Vaticano II y estuvo dedicado a la misericordia bajo el lema «Misericordiosos como el Padre» (Lc 6,36). La respuesta a la pregunta del porqué del nuevo año santo nos lleva al corazón de nuestra fe cristiana: el misterio de la Encarnación. La Iglesia, madre y maestra, celebra cada 25 años un año jubilar conmemorando la Encarnación y el Nacimiento de Jesucristo, hijo de Dios y salvador nuestro, acontecido hace 2025 años. Estos Jubileos tienen un carácter ordinario y la periodicidad de su celebración, cada cuarto de siglo, se debe al deseo de que todas las generaciones puedan beneficiarse de un año santo dedicado al acontecimiento que ocupa el centro de la historia de la salvación: «Cuando llegó la plenitud del tiempo, envió Dios a su hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los que estaban bajo la ley, para que recibiéramos la adopción filial» (Ga 4,4-5).
El lema y la bula
Todo Jubileo tiene un lema y una bula papal que lo convoca. El del 2025 va a estar dedicado a la esperanza, tal y como lo ha anunciado el papa Francisco ante los hechos que van sucediéndose en la historia reciente y que son un reto a la humanidad: la pandemia reciente, la «pobreza galopante» de muchos, las guerras… Por ello, «el próximo Jubileo puede ayudar mucho a restablecer un clima de esperanza y confianza, como signo de un nuevo renacimiento que todos percibimos como urgente» (Carta del papa Francisco del 11-II-2022). El lema jubilar, respondiendo a esta necesidad es «Peregrinantes in Spem / Peregrinos de la Esperanza». Nos recuerda un elemento fundamental de todo año jubilar, la peregrinación, que en los Jubileos de la Encarnación tiene como meta Roma, la ciudad de los apóstoles Pedro y Pablo.
La bula de convocatoria del año santo ha visto la luz el 9 de mayo de 2024 y toma su título de una expresión de la carta de san Pablo a los Romanos: Spes non confundit / La esperanza no defrauda (Rm 5,5). En ella se determina el inicio y el fin del jubileo que comenzará con la apertura de la puerta santa el 24 de diciembre de 2024 y culminará el 6 de enero de 2026. En las diócesis se abrirá el 29 de diciembre de 2024. La estructura de la Bula en breves cinco puntos es muy sugerente: «Una Palabra de esperanza», «un camino de esperanza», «signos de esperanza», «llamamientos a la esperanza» y «anclados en la esperanza».
Una mirada a lo esencial de la bula nos hace descubrir, en primer lugar, el fundamento de nuestra esperanza: el amor de Dios que brota del Corazón de Jesús traspasado en la cruz y derramado con el Espíritu Santo en nuestros corazones. Pero Dios también nos ofrece señales de esperanza en nuestro tiempo y es tarea nuestra, muy especialmente de los laicos insertos en la trama del mundo, descubrir los signos de los tiempos «que contienen el anhelo del corazón humano, necesitado de la presencia salvífica de Dios» para transformarlos en «signos de esperanza» (n. 7). La bula pone el foco en aquellas situaciones que reclaman hoy signos de esperanza: la causa de la paz, la acogida de la vida humana, los que viven en condiciones de penuria: los presos, los enfermos, los jóvenes, los ancianos, los migrantes y los pobres. Todo Jubileo, a la luz de sus raíces bíblicas tiene un contenido social ineludible: restauración de la justicia, atención a los necesitados, ejercicio de la misericordia… Por ello, el papa como un gran profeta de nuestro tiempo, hace «llamamientos a la esperanza» desde su puesto de centinela, invitando a compartir los bienes de la tierra y a perdonar las deudas: «Si verdaderamente queremos preparar en el mundo el camino de la paz, esforcémonos por remediar las causas que originan las injusticias, cancelemos las deudas injustas e insolutas y saciemos a los hambrientos» (n. 16).
La esperanza no sería tal si no atraviesa el umbral de la muerte y alcanza la vida eterna donde está el «ancla» que nos da seguridad en las tormentas del mar fragoroso de esta vida terrenal (cf. Heb 6,19). Así, en el corazón de todo año santo está la gracia de la indulgencia a la que se accede por el sacramento de la penitencia unido a la peregrinación a los lugares jubilares en Roma y en cada diócesis. La misericordia sin límites que se experimenta en la indulgencia plenaria remueve los residuos del pecado y renueva nuestra vida para que sea signo de esperanza. También puede ofrecerse por los fieles difuntos, pues es necesario «rezar por quienes han finalizado su camino terreno; solidarizándose en la intercesión orante que encuentra su propia eficacia en la comunión de los santos» (n. 22).
La Madre de la esperanza
La Virgen María, Madre de Dios, nos ofrece el testimonio más elevado de esperanza, ya que mantuvo la confianza en Dios en medio del dolor de la cruz donde su Hijo dio la vida por nosotros. Los santuarios marianos están llamados a ser lugares privilegiados durante el año santo para acoger la esperanza que Ella otorga a quienes la invocan con amor filial: “¿Acaso no estoy yo aquí, que soy tu Madre?” nos dice, como al indio Juan Diego en Guadalupe de México, cada vez que la visitamos.
El venerable P. Morales unía siempre el amor a la Virgen con el apostolado, pues imitar a la Virgen es aprender en su escuela a recibir a Jesús para darlo después a los demás. El Jubileo nos invita a detenernos en las razones de nuestra esperanza para ofrecerla después a todo el que la pidiere (cf. 1 Pe 3,15). Nuestra misión se dirige de manera muy especial a los jóvenes, por lo que nos sentimos vivamente interpelados por estas palabras del papa Francisco en la bula Spes non confundit sobre la necesidad que tienen los jóvenes de percibir signos de esperanza en este mundo tan convulso y desorientado:
«Que el Jubileo sea en la Iglesia una ocasión para estimularlos. Ocupémonos con ardor renovado de los jóvenes, los estudiantes, los novios, las nuevas generaciones. ¡Que haya cercanía a los jóvenes, que son la alegría y la esperanza de la Iglesia y del mundo!» (n. 12).
Nota: Para conocer en profundidad la historia de los Jubileos y todo lo relacionado con el actual se puede visitar este enlace.






