Realidad… y orientaciones (I)

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Por Javier del Hoyo
Siguiendo la
publicación de escritos inéditos del P. Tomás Morales, la revista Estar saca a la luz en este número la primera
parte de un ensayo redactado en noviembre de 1961, recién llegado a Badajoz,
que tiene dos partes casi del mismo tamaño. Por ello, y dada su extensión,
saldrá en dos números, siguiendo la división natural del contenido.
Se trata de uno de los
escritos más interesantes que escribió y que, inexplicablemente, ha permanecido
inédito hasta ahora. Revela al apóstol clarividente que yendo contra­corriente
es capaz de decir, frente al común sentir de la Iglesia, que las cosas no iban
tan bien como parecía y que España no era tan católica como se decía, en contra
de las apariencias. A pesar del contenido, no hay ni una sombra de pesimismo,
sino más bien de realismo, como corresponde al título. Hay datos, hay
anécdotas, hay constataciones, hay mucho sentido común.
El escrito no se cierra
con un mero diagnóstico de la situación de la Iglesia en España (primera
parte), sino que propone unas orientaciones para la acción, basadas en toda su
experiencia apostólica (segunda parte, que veremos en el siguiente número). Ahí
es donde desarrolla toda su visión de movilización del laicado, prescindiendo
de la acción de cada grupo y asociación. Es bueno que haya multitud de
movimientos, pero coordinados y organizados desde la jerarquía, o desde una
cabeza que ella marque.
En todo el escrito
aparece el hombre de profunda oración, pero con los pies en la tierra, que
aprende de la realidad y no se deja influir por lo que ve. Se percibe al
apóstol no teórico, sino con muchos años de rodaje. Abre los ojos a tantos
apóstoles que se dejan llevar de las apariencias.
Enclave histórico
Situémonos
históricamente. Estamos a fines de 1961. España, bajo el régimen de Franco, ha
salido del aislamiento internacional, y está comenzando un importante momento
de ascenso y recuperación económica. Hay un catolicismo oficial; España es un
país confesional; hay muchos grupos emergentes; hay congregaciones que tienen
llenos sus noviciados, aunque no sepan que por muy poco tiempo. El español es
católico por la gracia de Dios y porque, si no, no puede acceder a muchos
sitios donde lo primero que se le pide es la partida de bautismo. Hay un sector
católico convencido, cierto, pero la mayoría de los varones y jóvenes no
frecuentan los sacramentos.
En el mundo hay señales
de apertura. La elección en Estados Unidos del primer presidente católico, John
F. Kennedy, y en Iglesia de Juan XIII marcan nueva ruta internacional. Hay
aires de cambio en la Iglesia universal, la primera sesión del Concilio
Vaticano II está a punto de comenzar1.
Él, por su parte, acaba de ser apartado de la obra que ha fundado, el
Hogar del Empleado, y de ser enviado a Badajoz por su provincial, octubre de
1961. Habiéndole dado a elegir entre las dos casas más distantes de Madrid,
Murcia y Badajoz, el P. Morales eligió Badajoz. Alejado de su misión, hace un
parón obligado en su frenética actividad apostólica, y tiene ahora tiempo para
reflexionar y dar forma a tantas ideas como ha ido acumulando durante estos
últimos años. Apenas había escrito nada durante los años de actividad del Hogar
(1946-1960). Saca ahora conclusiones de sus múltiples vivencias, que va
hilvanando al hilo del discurso.
Redacta, pues, un ensayo
sobre el estado del laicado en España a la luz de su riquísima experiencia
pastoral en los últimos quince años, y del conocimiento de la vida empresarial
de primera mano, no por lo que le han contado o ha leído, sino por lo que él
mismo ha vivido. El resultado es este informe de quince holandesas
mecanografiadas que titula «Realidad… y orientaciones». Poco más tarde
(febrero de 1962) saldrá publicado parcialmente —recortado a la mitad, no
sabemos si por él mismo o por la propia revista— con el título de «Una triste
realidad de España y su remedio» y bajo el pseudónimo de José Rodríguez, en la
revista Hechos y dichos, XXXIX, nº 315, pp. 102-107. El pseudónimo,
correspondiente al de su cuñado, lo utiliza por prudencia y por la situación
delicada en la que se encontraba en esos momentos.
El documento es muy
interesante no sólo por el contenido, sino por aportar algunos datos
biográficos únicos, de los que no dudamos que sean ciertos, aunque en algunos
casos haya podido camuflar lugares y fechas. «Viajaba en tren hace pocos meses.
Salía de Barcelona para dar una misión en un pueblo de Aragón». Lástima que no
sepamos ni el nombre del pueblo ni la época ni los días que estuvo en ese
pueblo2. «Cuando me lo
contaron, me acordé de lo que hacía unos años, dando una misión por un pueblo
de Andalucía […]». Es probable que esta misión por Andalucía se encuadre en
el período inmediatamente posterior a la salida del Hogar del Empleado (abril –
junio 1960), cuando estuvo en Cádiz y San Fernando, y se encontraba liberado de
toda labor pastoral ligada a una obra concreta.

Nos ha llegado con
algunas correcciones de su puño y letra, hechas a pluma, con huecos para
completar algunas citas que ha ido rellenando posteriormente a mano, si bien
una ha quedado en blanco, quizás por no dar con el pasaje exacto. Hemos
respetado en la medida de lo posible las grafías y el estilo. Las notas
explicativas son nuestras.
* * *
Realidad… y orientaciones (I)
Una
descristianización lenta pero progresiva va trabajando imperceptiblemente, a
primera vista, en la sociedad española, sobre todo en las grandes ciudades.
Decimos de una manera imperceptible, a primera vista, porque la apariencia es
una y la realidad, por desgracia, es otra. La apariencia es que nuestras
ciudades se mantienen a cierta altura religiosa, a juzgar por síntomas
externos: iglesias abarrotadas los domingos, concurrencia de fieles en la
Semana Santa, colegios religiosos hasta los topes… La realidad, sin embargo,
es que la gran mayoría de la población —supera quizás a un 70%— se mantiene al
margen de este movimiento. Sólo un tanto por ciento muy bajo, sobre todo de
jóvenes y hombres, cumple con el precepto dominical y recibe Sacramentos en
Pascua. El ambiente pagano de la ciudad lo envuelve todo: diversiones, trabajo,
negocios, etc.
Adentrarse en fábricas y
oficinas, donde se hacinan miles de hombres y mujeres, produce verdadero pánico
al considerar la degradación moral y el estado religioso en que se encuentran.
Sin querer vienen a la
memoria aquellas frases de Pío XI en una de sus encíclicas: «La materia sale de
las fábricas ennoblecida, pero los hombres se degradan y envilecen»3. Un obrero
de 17 años me decía: «Ustedes, Padre, los sacerdotes, no pueden imaginarse lo
que es aquello: conversaciones, gestos, fotografías, folletos…». He
recibido muchas confidencias de trabajadores jóvenes de oficinas y talleres.
Gracias a mi contacto con ellos he podido captar algo que yo ignoraba: la
impresionante descristianización de nuestros trabajadores desde muy jóvenes.
Paseaba un día por la
ciudad Universitaria de Madrid a última hora de la mañana. Miles de jóvenes
abandonaban sus facultades. He hablado mucho con ellos y algo con ellas.
¡Impresionante! Muchos, la mayoría, casi sin fe. No es que hayan abjurado del
Catolicismo para hacerse mahometanos, budistas o protestantes —algunos casos
también he conocido—. Es que ya no creen más que en el dinero, en el placer, en
la manera de trabajar y estudiar lo indispensable para acabar una carrera y
disfrutar de la vida. Y disfrutar no de lo espiritual del hombre: del entendimiento
cultivado, de la voluntad desarrollada, sino de lo material, del goce de los
sentidos. ¿Verdaderos deseos de estudiar y formarse sin interés crematístico
exclusivo? Hay muy pocos. No brilla el ideal de engrandecer una Patria con el
estudio primero y por la profesión después. No aletea el anhelo de servir a
Dios en el cumplimiento del deber, proyectándose generosamente hacia los demás.
Un egoísmo demoledor destruye las últimas reservas de generosidad. Ahí está, un
estudiante de Derecho en el segundo año de Facultad ya está asegurándose un
puesto antes de acabar su carrera, embotellándose los temas de un programa de
oposiciones lucrativas.
Juventud universitaria y
trabajadora alejada ya de Dios en un grado impresionante. Conozco un
universitario de veinticuatro años. Ha coronado brillantemente sus estudios de
ingeniería. Durante varios años ha estado en contacto con sus compañeros de
escuela y con estudiantes de otras facultades, muchos de ellos condiscípulos
suyos en el mismo colegio religioso donde se educó. Me dice quiere ser
sacerdote, aunque le atrae mucho el matrimonio. Al preguntarle la razón me
indica: «Veo a la juventud sin fe, el mundo desquiciado, la vida materializada,
los pueblos sin Dios. Y pienso que sería un pecado gordo si me desentendiese de
todo esto, refugiándome en mi ingeniería, haciendo de la fe heredada huerto
cerrado; mi mujer, mis hijos».
Hablaba hace cuatro años
en una ciudad del norte de España con un muchacho de 19 años. Desde hacía
cuatro trabajaba en una fábrica rodeado de miles de obreros. «Son unos
doscientos compañeros los que me rodean en el taller donde trabajo. Después de
unos años de convivencia continua los conozco a casi todos. ¿Quiere usted creer
que de todos ellos sólo tres frecuentamos semanalmente la iglesia? Y de esos
doscientos, la mayoría son menores de treinta años».
Viajaba en tren hace
pocos meses. Salía de Barcelona para dar una misión en un pueblo de Aragón. En
mi departamento un hombre de treinta años. Oficinista de una importante empresa
de Madrid, cuyas filiales se extienden por toda España. Como fuimos solos hasta
Zaragoza pudimos hablar a nuestras anchas. Inteligente, de buen juicio, con muy
poca formación religiosa, pero con gran inquietud de descubrir y vivir la
verdad. Al principio hablamos un poco de todo. Muy pronto la conversación se
centró en la empresa en que trabajaba desde hacía diez años y de la cual era ya
jefe de contabilidad. La conversación, larga, sin prisas, interesantísima.
Confieso que me hizo aterrizar en la realidad. Yo desconocía, a pesar de mis
treinta y cinco años4, la manera de vivir y de pensar de ese mundo de hombres y mujeres
que se amontonan en las empresas de nuestras ciudades. ¡Cuánto tenemos que
aprender los sacerdotes escuchando a seglares, que por no pertenecer a ninguna
cofradía o asociación religiosa, viven más inmersos en la misa y nos trasmiten
con más fidelidad el estado real en que se encuentra, en punto a fe y moral, la
mayoría de los españoles!
Me decía mi
interlocutor: «Trabajo en una empresa cuyas oficinas centrales radican en
Madrid, con sucursales en casi toda España. La nómina de personal se eleva a
unos seis mil trabajadores. Sólo en Madrid, entre hombres y mujeres, unos
quinientos, oficinistas en su mayoría. Estoy muy en contacto con ellos, por
razón de mi cargo. Entre los chicos, la casi totalidad viven al margen de toda
preocupación religiosa. Al llegar a la oficina como botones, a los catorce
años, tienen algo de fe, pero la pierden antes de pasar a auxiliares». Le
interrumpí. «¿Qué porcentaje cree usted que frecuenta la Iglesia, por ejemplo,
los domingos?» Rápido, pero con segura precisión, respondió: «Padre, entre
ellos casi el tres por ciento; entre ellas algo más», y me añadió otros datos
escalofriantes acerca de la moralidad de ellos y ellas incluso de los que están
ya casados, que no reproduzco por razón de brevedad.
Podría citar muchos
casos más que he ido captando en mis viajes continuos con toda clase de
personas de distintas edades. Estos contactos con la realidad me han dado mucho
que pensar. Antes de tenerlos había leído una frase de Pío XI: «Nos encontramos
con un mundo que ha recaído casi en el paganismo». Cuando esta frase, de
la Quadragesimo Anno5, me hirió, tuve que hacer un acto
de fe para creerla. Hoy, después de vivir varios años en contacto con nuestro
pueblo, no necesito creerla, palpo su exactitud.
Y así, al releer la Summi
Pontificatus,
puedo asentir plenamente a las palabras de Pío XII: «El
laicismo ha hecho aparecer, cada vez más claras, las señales de un paganismo
corrompido y corruptor»6.
La situación real de la
inmensa mayoría de nuestros conciudadanos es alarmante. El virus materialista,
la concepción pagana de la vida, invade, no sólo a las grandes masas alejadas
de la Iglesia, sino en buena parte a las que frecuentan dominicalmente los
templos, es decir, aquellos que han reducido su catolicismo a la misa del
domingo, mejor, a la media hora de ese día, pero que en el resto de la semana
piensan y viven como esa gran masa ausente.
Pero hay algo más grave
que la enfermedad misma. El ignorar que existe. Por aguda que sea la dolencia,
si el enfermo cree que está muy sano, entonces sí que no queda flotando ninguna
esperanza.
Algo parecido sucede en el fenómeno de la descristianización progresiva
que venimos comentando. Lo peor no es la enfermedad misma, por grave que sea.
Lo peor es que no nos damos cuenta de que existe. Nos contentamos diciendo que
se está haciendo mucho en estos veinte años de postguerra. Esto es certísimo,
gracias a la abnegada labor de ambos cleros, el celo de los Obispos y
Superiores religiosos, a la colaboración cada vez más entusiasta de los laicos.
Pero también es certísimo que las fuerzas del mal, adueñadas casi
exclusivamente de la calle, del cine, de la moda, etc., desvirtúan en gran
parte ese benemérito esfuerzo. También lo es, que algunas ciudades, creciendo a
ritmo veloz, se escapan a la acción de los buenos, impotentes para hacer llegar
su influjo a las populosas barriadas que surgen. Todo ello demuestra que no
basta con lo hecho, con ser muchísimo. Hay que hacer más y, sobre todo, mejor.
Lo que sucede es que los
mejores, los que más abnegadamente trabajan por la difusión del Evangelio, se
ven de tal manera bloqueados por las almas, que no tienen ni tiempo ni
tranquilidad para contemplar el panorama real y pensar un plan eficaz de
conquista. En la parroquia, párroco y coadjutores entregados febrilmente a su
santo ministerio. Administran sacramentos, celebran misas, organizan y llevan
el peso de la Acción Católica, visitan enfermos… y como se entregan a todos,
les acosan unos cuantos feligreses que llenan quizás la iglesia en las misas
dominicales. Tan acosados están que pueden padecer una especie de espejismo:
creer que la gran masa frecuenta la iglesia, cuando en realidad está ausente.
Algo parecido le sucede a un religioso. En la iglesia de su residencia se
celebran cultos con frecuencia y gran afluencia de gente. Los confesonarios
rodeados de penitentes. Los comulgatorios, en ciertas misas, bastante nutridos.
Las novenas son lucidas. Múltiples cofradías florecen… y aquí se produce el
espejismo: no darse cuenta de que la gran masa, sobre todo de hombres y
jóvenes, ni se acerca siquiera.
Con un ejemplo lo
comprenderemos mejor: El jefe de un partido político se encarama en el edificio
de más altura de la ciudad. Desde allí contempla, apiñándose en las cuatro
calles que lo encuadran, una multitud de correligionarios que lo aclaman con
frenesí. Se llena de satisfacción y exclama: la ciudad está conmigo. El
espejismo se produce por no mirar más que a la masa que se congrega a sus pies,
por no extender su vista en derredor, abarcando con ella toda la demografía de
la ciudad. Parecido espejismo es el que padecen esas religiosas que en un
suburbio educan dos centenares de niños y niñas. Abarrotadas sus clases, insuficientes
los patios de recreo, llena la capilla a distintas horas del día. Veinte
religiosas abnegadas, bloqueadas por un quehacer continuo. Influyen eficazmente
en su formación. Pero al margen quedan varios millares. Ese espejismo toca
también en las alturas. Obispos y superiores religiosos están absorbidos por
las grandes responsabilidades anejas a sus difíciles cargos. Velan por
sacerdotes y religiosos con abnegación paternal. Esta tarea apenas les deja
tiempo, máxime si problemas económicos inaplazables les acosan. El esfuerzo de
reconstrucción económica de diócesis y provincias, después de una guerra,
consume casi en su totalidad las energías todavía disponibles.
Todo ello hace que estén
a veces muy al margen de la realidad que venimos comentando. Careciendo de
tiempo para convivir largas temporadas con las distintas clases sociales,
disponen de una zona de observación muy limitada para poder apreciar el grado
de descristianización real de nuestra sociedad. Es verdad que indirectamente, a
través de sus súbditos, conocen algo. Pero aparte de que los conocimientos
indirectos se prestan a equívocos, ya hemos visto que aun estos súbditos, sin
que se den ellos del todo cuenta, tienen un tanto deformada la visión de la
realidad. Así se explica que cuando uno de ellos que está más en contacto con
la masa, les transmita sus impresiones, no le crean del todo, le juzguen, sin
pretenderlo, como extremoso, acostumbrados como están a no oír generalmente más
que apreciaciones agradables.
Es verdad que estos
superiores eclesiásticos tratan con algunos laicos que les pueden suministrar
datos que les aproximan a la realidad. Pero no se debe olvidar que estos laicos
que ellos conocen y estiman, son sólo esos cristianos destacados que con
limosnas o consejos les favorecen. Y a estos, que muchas veces también por sus
negocios u ocupaciones, están desvinculados de la masa, tampoco les interesa
mucho informar con datos precisos de una realidad incómoda para todos.
Para acabar, apuntamos
una de las posibles causas de esa ilusión: a nadie le interesa ver las cosas
tal como la realidad nos las presenta, si el verlas así supone un cambio de
postura, un romper con la cómoda rutina de unos moldes ya hechos, un exponerse
a fracasos al iniciar y continuar por una senda nueva fuera de los caminos
trillados. Es cómodo seguir como hasta el presente. Por tanto, es mejor seguir
imaginándose que España sigue siendo católica y renunciar a adoptar tácticas
misioneras.
Badajoz, 21 noviembre de
1961.

Notas del documento
1El Vaticano II tuvo cuatro sesiones. La
primera comenzó el 11 de octubre de 1962. En los momentos en que el P. Morales
escribe este documento, ya había sido convocado (25 de enero de 1959), aunque
no se había iniciado.
 2 No sabemos
cuándo pudo ocurrir esta vivencia ni si esconde tras estas ciudades otras
reales. La anécdota no tiene por qué ser ficticia. Aun perteneciendo Barcelona
a otra provincia jesuítica (Aragón), sabemos que a finales de septiembre de
1962 estuvo en Barcelona y quedó muy impresionado con la trágica riada que
arrasó la ciudad (ocurrió el 25 de septiembre y murieron más de mil personas).
Él salió en tren hacia Madrid el 26. En la tanda de ejercicios dirigida a
jóvenes, que comenzó el 11 de octubre de 1962 en Yuste, hace cuatro referencias
a la misma. Nunca más hablaría de ello. Es posible, pues, que haya estado más
veces.
 3 Quadragesimo
anno
(15-V-1931) nº
135.
 4 Puede
referirse a treinta y cinco años de labor pastoral, ya que su conversión y toma
de conciencia de un catolicismo activo se produjo en 1926. O bien es una cifra
ficticia, para camuflar su persona.
 5 Quad. Anno (15-V-1931), nº 141.
 6 Sum. Pont. (20-X-1939), nº 23.