Religión y ciencia

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Globo mente
Globo mente

Por Carlos Díaz Hernández, filósofo

Para quien cree en Dios no hacen falta pruebas científicas demostrativas de su existencia, para el increyente no hay prueba buena ni para el creyente prueba suficiente. Lo que ocurre es que ambas posiciones, creer o no creer —e incluso estar sin querer creyendo y estar creyendo sin querer— se adoptan antes de echar mano de la ciencia, pues no suele apetecer entrañarse en un Dios sin entrañas y menos aún en un dios inexistente y aun antipático antes de ser pronunciado su nombre. En estos últimos casos el pathos de la distancia inasumible hace imposible cualquier religatio.

Quedarse entre medias, entre las aguas del creer y las del no creer es imposible, del mismo modo que no se está un poco embarazada, aunque sí pueda resultar embarazoso. Cuando la razón te dice una cosa y la cardiaca otra, o a la inversa, lo que es hemistiquio es a la vez sutura, y así ocurrió con don Miguel de Unamuno. Quienes dicen creer en Dios a golpe de teorema de Pitágoras creen más bien en un número áureo, no en un Dios amando y venerando. En el otro extremo, los que creen en Dios estirando demasiado la docta ignorancia tampoco creen en Dios, del que ignoran indoctamente incluso lo que dicen que ignoran.

Como profesor que fui de estas materias, sobre las que escribí demasiado para ser sincero, tampoco puedo creer en la ciencia, que en nuestros días cuadra más con los atributos entitativos y operativos de Dios que con las pretensiones de una ciencia humana autodeificada, la cual no se cansa de hacer el ridículo, tan supuestamente omnisciente ella como realmente extralimitada en su arrogancia, aunque no pase de ser una densa metafísica que respira por todos sus poros y aporías. Con mis respetos para Kant, que aspiraba a recorrer con la filosofía «el camino seguro y real de una ciencia», no me he casado nunca —tras mi matrimonio con Julia, va para cincuenta y cinco años— con diosúnculas infieles.

Estoy en este momento rememorando aquella «tenida» en la Academia de Ciencias de Cuaba en que trataba de desmontar la epistemología que aún defienden allí en torno a los virus, cuya existencia tomaban a menos porque «los virus no son científicos» desde que lo dijeron Leontiev y Rubinstein en nombre del materialismo científico, palabra de dios. Y también me estoy viendo en debates tipo Santa Inquisición Católica ensotanados de pies a tonsurada coronilla defendiendo milagros y prodigios, sémeia kai bebáiota, aquellos precisamente de los que dijo san Pablo que no eran lo propio del cristianismo, sino la fe en el Crucificado.

Por mis muchos pecados hace todavía menos de un mes en que, como neurótico pisador de charcos que soy, me vi discutiendo con neuroteólogos quienes demostraban corajudamente que el cerebro es Dios, después de haber sido negada la dignidad de la persona. La neuroteología, último grito de la ciencia, defiende que la religión es producto del cerebro, el cual crea sus propias neuronas[1]. La religión es, pues, cerebral; Dios es el cerebro, el cerebro es Dios, y las neuronas sus ángeles y arcángeles. Dios es padre neuronal, fuera de la neuroteología no hay salvación. Creíamos que Dios estaba lejos y resulta que es el cerebro. En cada cabeza un cerebro, en cada cerebro un Dios, pero si morimos en cada Dios un muerto. Aquellas neuronas que no crean en Dios tampoco podrán hacerlo en su propia divinización, así que se acabó para ellas el problema de la muerte; como no creyentes en la inmortalidad, vivieron como si nunca hubieran vivido. Se acabaron los problemas teológicos, para la ciencia cerebral no hay secretos. Si la divina ciencia positivista va hacia adelante y los cangrejos hacia atrás, entonces se acabó la inmortalidad de los cangrejos.

Con respeto para santa Teresa, Dios no está entre los pucheros, Dios no es cocinero ni es un provindencialista que me evita todo mal a cambio de unas velas de cera, ni un Dios aspirina, ni una cratofanía teomórfica que aparezca milagrosamente en un plató de televisión entre aleluyas, ni un deus ex machina, ni una lectura de cartas barata, ni el horóscopo, Pues ¿qué es? Es el amor de nuestros amores, gratuito, pero no superfluo. Por si creen a santo Tomás, «no podemos denominar a Dios (denominare Deum) más que por las criaturas»[2]. No por la ciencia, sino por las criaturas, hagan ciencia o no hagan, sino por el Amor de Dios y su siempre divina paciencia. Santo Tomás, de todos modos, lo tenía más fácil que nosotros, a juzgar por la actual escasez de sus partidarios. Explorando sus cinco vías de acceso a Dios la gente de hoy se extra-vía.

Si a Dios se llegara mediante el «admirable orden de la naturaleza», ¿por qué tememos la destrucción caológica del planeta Tierra y de la entropía cósmica?; si Dios es el «Ser necesario», ¿por qué todo parece desordenado, arbitrario, injusto, desechable?; si Dios es el «ser perfectísimo», ¿cómo entonces podría pensarse esa quimera desde la imperfección, la contingencia y el pecado?; si Dios es el motor inmóvil, ¿cómo podría la civilización motorizada evitar la destructiva polución? Si Dios es la causa incausada, ¿por qué hay tantas cosas tan sin explicación causal que parecen hemorragias del azar?

No derivo la perfección de Dios de mi acción; soy antropocéntrico por teocéntrico; no me entiendo a mí por infusión de oxígeno después en Dios, sino en que me vivo desde el amor de Dios, cuyo oxígeno me hace respirar su belleza, su sabia savia. No creo en Dios partiendo de la Trinidad, creo en la Trinidad partiendo de Jesucristo, pues no es lo mismo ser creyente ortodoxo que creyente católico. Creo en Dios, arquitecto e ingeniero, albañil y carpintero, unigénito de Dios. Si eso es así, vivo sin vivir en mí porque espero más alta dicha.


[1] Alper, M: God Part of the Brain (Dios está en el cerebro).

[2] Tomás de Aquino, Suma de Teología I, 13, 5.

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