Ciencia y fe se complementan

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Satélite orbitando
Satélite orbitando
P. Tomás Morales. Hora de los laicos 2ª ed. (2003). Ed. Encuentro. Extracto (pp. 306-327).

La ruptura entre Evangelio y cultura es, sin duda, el drama de nuestro tiempo, decía Pablo VI. Lamentar este divorcio a nada conduce. Es preferible que el bautizado ponga manos a la obra, haciéndose cargo de «la gran responsabilidad del laico con relación al Evangelio y lo mucho que puede contribuir a su difusión» (Juan Pablo II).

La síntesis cultura-fe es posible porque ciencia y fe no sólo no se oponen, sino que se complementan. El telescopio no anula la potencia del ojo, la multiplica. La fe no contradice los adelantos científicos, los acepta e ilumina a la razón humana para darles una explicación ulterior que la ciencia física no alcanza.

Max Planck, premio Nobel de Física en 1918, ha cambiado, con sus investigaciones termodinámicas y acerca de la ley de conservación de la energía, nuestra concepción física del mundo. Al publicar El conocimiento del mundo físico escribe: «La ciencia llega a un punto más allá del cual no puede ya guiarnos. Ciencia y fe no se oponen, se necesitan para completarse en el espíritu de todo hombre que reflexiona seriamente». En el verano de 1948, poco antes de su muerte, afirma que el mundo físico le lleva a reconocer la existencia de un Dios personal.

La contradicción no existe hablando de ciencia. Otra cosa es el «cientismo», es decir la pretensión de la ciencia de erigirse en clave de explicación total. Es el objetivo de los que no son verdaderos científicos. La resultante a que llegan es convertir la ciencia en mito. Es reducir la ciencia a su nivel más bajo: mera explicación de las leyes del mundo material. Es el «cientismo», que desemboca en el fracaso más completo.

La fe puede recibir mucho de la ciencia. La ciencia, a su vez, puede recibir mucho de la fe. «La ciencia se agota, sin llegar más allá, ni en la explicación ni en la eficacia. Define las leyes de la realidad, pero no capta su naturaleza. Dota al hombre de poderosos recursos, pero no le indica la forma de utilizarlos. Hoy los hombres de ciencia, conscientes de estos límites, buscan realidades morales y metafísicas que puedan completar la ciencia. Aquí es donde la revelación cristiana descubre el sentido último de la vocación humana, que permite dar sentido a todo lo que aporta la ciencia. Es lo que nos hace otear un rasgo del mundo futuro: el diálogo entre la ciencia y la fe».

La verdadera ciencia, conforme avanza, va descubriendo a Dios con más claridad, como si él estuviese alerta esperando detrás de cada puerta que la ciencia abre. La Física moderna nos ha revelado el movimiento hasta en lo más recóndito de la materia, donde ninguna mente humana sospechaba su existencia.

El fondo claro-oscuro da plasticidad, relieve y vida a las figuras de un cuadro. Así, del torrente de movimientos del cosmos —tanto en las grandes acumulaciones de materia como en las partículas más insignificantes e invisibles—, emerge serena y majestuosa la imagen del Dios eterno e inmutable. En el estrépito de ese torrente, escucha admirado el científico atento y observador el grito de la verdad con que Dios se definió: «Yo soy el que soy» (Ex 3,14), del Dios que «no conoce cambio ni sombra de vicisitud» (Sant 1,17).

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