El icono agujereado de Cristo muerto y resucitado

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Pregunta un viejo acertijo: «¿De qué hay que llenar un botijo para que pese menos que vacío?»

La respuesta es: «¡De agujeros

El miércoles de ceniza, la asociación Ayuda a la Iglesia Necesitada llevó a la celebración un icono de la Anunciación, profanado por guerrilleros de ISIS en Homs (Siria). En la homilía, el sacerdote nos recordó que mientras en Occidente vivíamos nuestra fe sin sobresaltos, en muchos países, como en Siria, numerosos hermanos nuestros se juegan la vida por ser fieles a su fe. El icono aparece perforado por los impactos de varias balas, e incluso tiene un casquillo incrustado. Conmovía contemplar el icono agujereado

Pero si venerar un icono destrozado así sobrecoge, cuánto más impresiona acercarse a cristianos hostigados por defender su fe, que son obligados a huir y vivir como refugiados o, peor aún, que pierden su vida agujereados literalmente por las balas… Es la Iglesia sufriente, perseguida. ¡Cuánto bien nos hacen sus testimonios!

Pero, dando un paso más, podemos afirmar que el Señor ha ido y va más lejos. Él no es ajeno a las persecuciones y heridas de sus hijos. Él, en la Cruz, también ha querido experimentar lo que es padecer y morir agujereado. ¡Ninguno de nuestros padecimientos le es ajeno! ¡Él los ha experimentado antes por amor a nosotros! Y, más aún, ha querido resucitar con las señales de su Pasión, que han quedado convertidas así en marcas de su identidad: «¡Mirad mis manos y mis pies; Yo soy!», dirá cuando se aparece a los suyos.

Si alguna vez nos asalta la duda de si el Señor realmente nos ama, contemplémosle en la cruz, o resucitado: Jesucristo nos mostrará los agujeros provocados por los clavos y la lanza, y nos dirá persuasivo, como al apóstol Tomás: «Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente».

Ahora bien, ¿qué implica que seamos creyentes? ¡Que imitemos a Jesús! Que también nosotros nos dejemos agujerear; más aún: que le prestemos nuestras manos, nuestros pies y nuestro corazón, para que siga mostrando a los hombres su amor «manirroto», agujereado, resucitador.

Como canta Abelardo de Armas en «Manos de Dios poderosas» al contemplar las llagas de Cristo en la Cruz («manos por mi amor clavadas / y en una cruz traspasadas»): «Toma ahora las manos mías y transfórmalas en tuyas / clávalas para el pecado y llágalas para amar».

* * *

Volvemos al acertijo del principio, pero algo modificado. Preguntémonos: “¿De qué debemos llenar nuestros corazones para ser otros Cristos y cambiar el mundo de hoy?”.

«¡De agujeros

No se trata de llenar el corazón de recursos, de acciones que buscan el protagonismo, sino de vaciarlo, para que sea Cristo quien viva en él. Se trata de llenarnos de los agujeros, de las marcas de la pasión, para que el Señor pueda salir y actuar a través de nosotros. Como sigue cantando Abelardo: «Manos que ya no son mías, / sino tuyas, mí Señor. / Son manos para dar vida, / moviéndolas Tú y no yo». Seremos así, viviendo nuestra condición de laicos en medio del mundo, testigos y presencia del amor ilimitado del Señor por sus hermanos, siendo muchas veces iconos agujereados, cristianos perseguidos, otros Cristos con manos, pies y corazón llagados, transformados, abiertos.

¡Feliz Pascua de Resurrección!

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