Ser madre: sobre todo, una esperanza

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Ser madre: sobre todo, una esperanza
Ser madre: sobre todo, una esperanza

Por Paloma Martín-Esperanza Montilla

La maternidad está a debate. Lo veo en mis redes sociales, donde madres y no-madres se enzarzan en polémicas sobre si «compensa» o no tener hijos. Hablan del cansancio y del agotamiento casi patológico que genera cuidar niños pequeños, del cambio de perspectiva, de los nuevos métodos de crianza, del plan de parto respetado, del posparto y de no sé cuántas cosas más. Libros, webs especializadas e incluso coaches de todo tipo (de lactancia, del sueño, de alimentación) llenan el espacio que antes ocupaban, como mucho, tu madre, tu prima y tu vecina. De forma que aquella íntima experiencia de la maternidad se ha convertido en una potente industria —gajes del capitalismo— que romantiza la experiencia de la mujer al tiempo que la catapulta a una actividad semiprofesional que requiere una formación específica y unos expertos que nos orientan. Si a ello le sumamos los infinitos artilugios y productos para facilitar la tarea, nos encontramos ante lo que podemos llamar la «burbuja del bebé», un microcosmos repleto de expectativas y colores pastel con terribles consecuencias sobre madres primerizas que, en un gran número de casos, rozan los cuarenta: depresión posparto, parejas rotas, agotamiento físico y, en último término, una profunda decepción.

Este universo esconde una perversión. Con un crecimiento de población negativo, común a los países occidentales que disfrutan el extraordinario experimento del Estado de bienestar, no deberíamos permitirnos quedarnos únicamente en la forma de la maternidad, donde más inciden esa poderosa industria y sus actores. Porque, seamos sinceros, la forma no es atractiva para la mujer moderna, como no lo son las horas sin dormir ni la falta de libertad. Pero sí que puede resultar atractivo lo que deriva del fondo, con su poder transformador e instintivo, que nos revela la fuerza de la naturaleza humana y, en su vertiente más trascendente, el misterio y la íntima conexión con nuestro Creador.

Es tan grande la tarea que, incluso yo, acostumbrada a escribir arduos trabajos académicos, he pospuesto la redacción de este artículo hasta el límite. ¿Cómo hablar de la maternidad? No es fácil, pues no es una actividad más sobre la que reflexionar a cierta distancia, sino que nos interpela en lo más profundo del corazón y en la esencia misma de lo que somos. No es algo elegido, sino algo para lo que se nos elige. Como madre, soy depositaria de la confianza de Dios, que ha puesto en mis manos lo más sagrado: uno (o varios) de sus hijos. Como mujer, soy receptora de otro cuerpo que transforma el mío, dejando para siempre una huella imperecedera. Como esposa, soy responsable de «cortar el cordón» de mis hijos y entregarlos con generosidad en los brazos de su padre. Como hija, me siento llamada a entregar el infinito amor que he recibido. Como creyente, deseo prepararles el camino que lleva hasta Jesús.

Todo este mapa conceptual, que es sobre todo el fondo, se esconde silencioso en la actividad cotidiana, pero se refleja en los diferentes planos de nuestra realidad, incluso lejos del ámbito familiar. Las relaciones profesionales y especialmente las de amistad, contrariamente a lo que dicta la forma (menos disponibilidad para quedar, para hacer viajes de grupo, para planes nocturnos), se ven enriquecidas ante la transformación que se produce en una mujer cuando es madre. Lo que puede ofrecernos es realmente valioso, porque ha aprendido a amar sin recibir, premisa que conduce a la santidad a través de aquello de Francisco de Asís: «Es dándose como se recibe».

El Movimiento de Santa María nos regala un carisma que no es ajeno a la vivencia de la maternidad. Cualquier madre puede sentirse reconfortada en la espiritualidad de las manos vacías, pues son muchos los momentos en los que, frente a los hijos, se experimenta la propia pobreza. Ante el inmenso reto de su crianza y educación, podemos agobiarnos leyendo cientos de libros sobre pedagogías modernas, manuales para retirar el pañal, teorías sobre el cerebro del niño o sobre el sistema del baby lead weaning, o también podemos, con confianza, ofrecer a Dios nuestras manos vacías para que se llenen únicamente de amor. El ejercicio consciente de ofrecer diariamente nuestra pobreza quizá ayudaría a sobrellevar la vorágine de formas que nos exige la sociedad contemporánea y que, bajo la apariencia de la perfección, terminan rompiendo la familia.

¿No ocurre lo mismo con la pedagogía del alma a alma? Por encima de cuestiones neurocientíficas y de referencias de autoayuda, podríamos primar la sencilla observación cotidiana del carácter de nuestros hijos, el conocimiento de sus defectos dominantes —casi siempre apuntados en la primera infancia— y el establecimiento de un clima de confianza que permita el diálogo y la transformación. Tareas todas que pueden realizarse prioritariamente hacia los hijos, aunque no solo.

Me di cuenta de todo esto durante una conversación con mi amiga L., quien en unos meses vivió la alegría de tener a su primer hijo y la tristeza por la muerte repentina de su padre. Apoyadas sobre el capó de un coche, en una calle cualquiera, hablábamos sobre el dolor de la pérdida. También yo había perdido recientemente a un ser querido. Después de comprobar las múltiples aristas de la enfermedad y la muerte, nos dimos un respiro: las dos coincidíamos en que nuestros hijos eran, sobre todo, una esperanza. Ellos no solo son la extensión biológica de nuestra vida, sino que les hacemos, casi siempre inconscientemente, depositarios de nuestra memoria. Son la esperanza que Dios, señor de la vida, ha querido regalarnos, prueba fehaciente de que él ha vencido a la muerte y que nos hará partícipes de ella. Con esta ventaja jugamos. Que cada uno decida si vivir en la esperanza, con el corazón puesto en el fondo y no en la forma, compensa o no.

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