Sinodalidad o «el infierno son los otros»

Sinodalidad y laicos

9
Sinodalidad y laicos
Sinodalidad y laicos

Por Isaac Merenciano Lucas

Cuando la presencia del «otro» la concibo como un ataque a mi libertad, como un choque, no queda otra más que afirmar con Sartre «el infierno son los otros». Así exclamaba él ante el encuentro de dos libertades, entre dos sujetos «condenados a ser libres», que ante la vida no queda más que decidir absolutamente, es decir, como responsable y soberano absoluto de la vida. Es lo que sucede cuando uno se cree absoluto en la vida y solo sabe mirarse a sí mismo.

Frente a este individualismo atroz, la Iglesia recuerda la filiación común de todos los bautizados y nos pone delante una realidad que nunca viene mal que nos recuerden: «nadie se salva solo, nadie realiza solo la misión». ¿Por qué sinodalidad como antídoto para el individualismo, el egocentrismo? Sínodo viene del griego «syn» (junto, junto con) y «hodos» (camino), es decir, no es exactamente caminar juntos, sino «camino común», o si se prefiere «caminar juntos en un camino común». El Camino sabemos cuál es, mejor, quién es; Jesucristo, Camino, Verdad y Vida. Otra pista para entender la sinodalidad hemos de extraerla de las tres palabras que acompañan a esta reflexión: «participación, comunión y misión». Con este marco, intentaremos extraer algunas conclusiones que hemos de desprender para la vivencia de sínodo en el laicado.

  1. Rechazar cualquier idea distorsionada de democratización o parlamentarismo. Todos entramos a formar parte de la Iglesia por la gracia del bautismo y todos somos pequeñas ovejas de un mismo rebaño cuyo único pastor es Cristo. El papa lo ha dicho y «requetedicho»: el sínodo es para escuchar al Espíritu, para dejarse interpelar por el único que tiene voz autorizada en la Iglesia, Cristo. Por tanto, la escucha al otro, parte precisamente de la confianza en el Señor que habla por sus mediaciones.
  2. Poder y servicio. Se puede confundir en la Iglesia, como por contagio del pensamiento mundano, lo que es un puesto de responsabilidad. No solamente se identifica a veces sacerdocio con poder, sino que en muchos momentos se ha querido hacer de mi «pequeña responsabilidad» mi propio cortijo. En la Iglesia, cualquier forma de poder y autoridad ha de ejercerse desde el servicio: «el que quiera ser el primero, sea vuestro servidor… Yo estoy en medio de vosotros como el que sirve». Sería interesante, entonces que cada cristiano, concretamente el laico, piense en este periodo propuesto por el santo padre: «¿Cómo es mi servicio? ¿Me gusta la adulación, quedar por encima?». Preguntas duras, pero necesarias.
  3. Uniendo los dos puntos anteriores, hay una invitación del papa que resume una actitud muy necesaria para este proceso sinodal: la conveniencia de ser dóciles. La escucha no puede partir de un diálogo prefijado, de unas conclusiones ya extraídas, desde una fijación de ideas. Es total y absolutamente necesario tener unos buenos cimientos, como la casa edificada sobre roca del Evangelio, tener claro cuáles son esos «irrenunciables»… Pero, ¿con cuántos irremediables nos hemos quedado? ¿Hemos construido una fortaleza a base de «irrenunciables»?
  4. Necesidad de formarse mucho y bien. Con el fruto de una buena formación que asiente nuestra fe en el corazón (vida espiritual) y en la cabeza (intelectual) llevándolo a la vida (vida cristiana) podremos realmente aportar algo. Es decir, solamente si ponemos «lo poquito que hay en nosotros» para poder ser buenos cauces de la acción divina podremos llevar algo de luz al mundo y a la Iglesia en este contexto sinodal; si no, corremos el riesgo de predicarnos a nosotros mismos.
  5. El presupuesto de la unidad jerárquica. Es irrenunciable la realidad jerárquica en la Iglesia. No puede haber verdadero sínodo si no es «cum Petro et sub Petro» (con Pedro y bajo Pedro). Los apóstoles, en comunión con Pedro, son los que gobiernan la Iglesia por medio de los obispos en comunión con el papa. Solo desde una unión filial, real, efectiva y fiel al santo padre podemos ofrecer algo a la Iglesia. Huyamos de plantear el sínodo desde círculos de lucha «papistas» contra «anti-papistas». Ni una cosa ni otra: petrinos. La fidelidad creativa no puede ser excusa ni para la deserción ni para un cristianismo totalmente acrítico.
  6. Sínodo y comunión. Es, no solamente una de las «tres palabras sinodales», sino la base y fundamento para que pueda darse. Es importante tener en cuenta que la comunión no es «asociacionismo», es una íntima unión entre los que se saben miembros de una familia por una filiación común, salvados por una misma sangre, llamados por un mismo maestro, enviados por un mismo Señor. Construir, por tanto, una comunión al modo humano sería dinamitar los principios eclesiales básicos. Ningún trabajo por la comunión puede realizarse al margen de aquel que la concede: «en vano construyen los albañiles si el Señor no construye la casa». Conviene, en este punto, recordar a san Juan Pablo II siguiendo a Henri de Lubac: «La eucaristía hace la Iglesia (y la Iglesia la Eucaristía)». Solo desde una verdadera, sincera, piadosa y consciente participación en la eucaristía se puede hacer de la experiencia sinodal una verdadera vivencia de participación, comunión y misión.

Solo desde estas premisas un laico puede hacer del sínodo una experiencia del amor de Dios para el mundo y no un «infierno» al modo de Sartre. Si cada uno concibe el sínodo como un momento de ataque y derribo, de lucha contra el hermano, no quedará otra que decir con Sartre «el infierno son los otros». Pero si asumimos en toda su grandeza la invitación del papa Francisco a vivir esta experiencia eclesial del sínodo, podremos convertir con el amor cristiano en cielo lo que eran infiernos. Así pues, desde este marco eclesial y desde estos principios católicos, puede un laico formar «verdadero lío». Si cada laico asumiera toda su potencia cristiana en todos los lugares del orbe, no harían falta misioneros en ningún sitio, porque tendríamos ya cientos de ellos. Laico, fiel hijo de la Iglesia: «un cristiano dice nosotros, incluso si dice yo».

Artículo anteriorSinodalidad: caminar juntos
Artículo siguienteUn sínodo sobre el sínodo