Tener los pensamientos de Cristo

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Cruz en lo alto de un acantilado
Tener los pensamientos de Cristo

Muchas veces, como profesor de Religión, me he tenido que enfrentar a la pregunta de para qué sirve la clase de Religión. Supongo que algo similar les habrá ocurrido al profesor de filosofía o el de latín que también han de enfrentarse a la misma pregunta sobre su materia en este tiempo en el que solo lo que es inmediatamente útil y tiene un carácter práctico se considera digno de estudio. Y he de reconocer que muchas de las respuestas que habitualmente se dan no me han acabado de convencer, precisamente porque buscan justificar la existencia de esta materia en el ámbito escolar en el hecho de que también el aprendizaje de la Religión es útil. Respuestas del tipo «hay que aprender Religión porque, si no tienes unos mínimos conocimientos de la Historia Sagrada, no sabrás interpretar un cuadro de arte» siempre me han parecido pobres. Digamos que son justificaciones verdaderas, pero no dejan de ser simplemente una consecuencia, no es el núcleo central del aprendizaje de la Religión.

Es cierto que para entender nuestra historia, literatura o música es necesario tener conocimientos religiosos. Como también son necesarios para comprender lo que ahora mismo está sucediendo en nuestro mundo. No hay más que echar una mirada al conflicto multisecular de Oriente Próximo. En el fondo, para comprender al ser humano hay que tener en cuenta la dimensión espiritual y su manifestación religiosa, tanto por lo que se refiere a su vivencia personal como a su proyección social. Todo esto es verdad y, se sea creyente o no, si no se quiere ser un inculto se han de tener unos conocimientos básicos de las distintas religiones y, de manera especial, del cristianismo, por ser uno de los principales cimientos de nuestra civilización. Pero esta razón no justifica plenamente la existencia de una asignatura como la Religión. Esa no es su principal aportación. Para ello sería suficiente que se estudiase en otras áreas como pudiera ser en Historia.

Creo que la principal aportación de esta asignatura, y de la educación católica en general, es la de ofrecer al alumno una cosmovisión del mundo que tiene su base en el evangelio. Lo más importante no son los conceptos que aprendan en clase de Religión, sino los preconceptos, la visión de la realidad que tengan gracias a la educación que les demos. Repetía el genial maestro que fue Abilio de Gregorio que el educador, con solo ponerse delante del educando, le está diciendo «el mundo es así». En su forma de vestir, de tratar a los demás, en su interés por lo que hace, en todo, el educador está manifestando cómo es el mundo en el que vivimos. Este debe ser, a mi entender, el objetivo de una educación cristiana. Que el alumno comprenda cómo comprendemos la realidad y cómo nos relacionamos con ella los seguidores del crucificado.

Aterricemos un poco para entender mejor todo esto. Hay piedras angulares que sostienen nuestra percepción de la realidad, como es por ejemplo la visión que tengamos de la dignidad de la persona. Si tenemos claro su inviolabilidad y su máxima dignidad por encima de todo, entonces nuestra valoración de los actos éticos tendrá un fundamento sobre el que apoyarse. Así mismo será determinante la visión antropológica que tengamos. No es lo mismo pensar en el ser humano como alguien individual y relacional a la vez, que concebirlo como una parte de una colectividad. No es lo mismo tener una visión materialista del hombre que pensar que tiene una doble dimensión material y espiritual. No tiene nada que ver si pensamos que el ser humano es complementario como hombre y mujer o creemos que es un individuo que se autodetermina en su género.

Hay una urdimbre de preconceptos que, sin que nos demos cuenta, nos hacen ver el mundo desde una perspectiva concreta. Me pasó hace unos años. Un profesor se quejaba de cómo el profesor de Religión adoctrinaba a sus alumnos contándoles cuentos. En concreto estaba escandalizado por la historia en que un tigre que se comía a los ratones se vio ayudado por ellos un día que cayó en una trampa. Y es que donde el profesor de Religión veía una historia de perdón y reconciliación, el otro profesor veía que se estaba lanzando a los alumnos la idea de que el poderoso debe estar siempre por encima y los débiles han de estar sojuzgados a sus intereses y no deben nunca defenderse. Seguramente ese profesor tuviese un preconcepto de la realidad marxista del que ni él mismo era consciente. Y es que todos tenemos una urdimbre que nos hace ver la realidad y valorarla desde un determinado punto de vista, desde una perspectiva concreta.

Esta síntesis en la escuela pública la puede ofertar la clase de Religión, pero en la escuela católica debe ser propuesta desde las distintas áreas de conocimiento. No es lo mismo que en Biología se explique la reproducción humana como un simple mecanismo funcional y que a continuación les expongan a los jóvenes distintos métodos anticonceptivos, a que la explicación de la sexualidad se haga unida a una visión completa de la riqueza de comunicación y comunión en la pareja y que vaya seguida de una exposición de la familia como núcleo primero de la sociedad. Todas las asignaturas están llamadas a ofrecer y enriquecer esa cosmovisión cristiana que ayuda a entender el mundo en el que vivimos.

San Pablo enseña que los cristianos debemos tener los mismos pensamientos y sentimientos que Cristo (cf. Flp 2,5; 1 Cor 2,16). La educación cristiana va enfocada precisamente en esta línea. Cristo es nuestro modelo, muestra al hombre el camino para ser hombre en toda su plenitud. Y educar desde la fe es proponer el modelo de Cristo para poder configurarnos con él. Tener sus mismos pensamientos. Ver, sentir y amar el mundo tal como Cristo, el pobre de Nazaret, lo amó.

El educador, según nos enseñaba Abilio de Gregorio, es esencial en este proceso de mostrar el mundo tal como se vive desde el evangelio. Para ello son necesarios educadores que encarnen este modelo. Es esencial para la educación católica que haya profesores que estén ellos mismos configurados por Cristo, que tengan su mismo sentir y pensar.

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