Una conversación con D. Joaquín Echeverría

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D. Joaquín Echeverría
D. Joaquín Echeverría

Por Mar Carranza

Hemos tenido la oportunidad de conversar con D. Joaquín Echeverría sobre el matrimonio y la familia. Joaquín es ingeniero de minas de profesión, esposo y padre de vocación. Funda una familia de cinco hijos, el tercero de los cinco, Ignacio es el héroe del monopatín.

¿El matrimonio es una vocación?

Joaquín Echeverría: Nunca entendí mi vida fuera del matrimonio.

¿Por qué las parejas deciden casarse?

J. E.: Entiendo que la gente se casa porque considera que su vida, para estar llena, necesita del matrimonio, de compartir la vida con otra persona de distinto sexo.

El papa dice que es Cristo a través del sacramento quien da la fuerza para amarse fielmente y que de ese amor brote una nueva vida. ¿Qué opinión tienes tú?

J. E.: Concibo el matrimonio como una institución. La familia es como se organizan las personas para vivir, las personas que entienden la vida de esa manera y, por tanto, los hijos son parte inherente.

¿Crees que los jóvenes son conscientes de la importancia del matrimonio?

J. E.: Cada uno refleja el modelo que conoció. En general la gente joven ve la familia como algo positivo y quieren formar una familia. Pero un porcentaje estimable, piensa que van a ser más felices disponiendo de su tiempo y su dinero sin ataduras.

¿Estamos hablando de proyectos individuales?

J. E.: Sí, desde luego. Hay gente que no se casa porque no ha encontrado a la persona adecuada, pero en Occidente, un porcentaje importante de personas, sin tener obligaciones con terceros podría gozar de una calidad de vida, desde el punto de vista material, muy grande. Hay gente que opta por eso.

¿La decisión de tener un número determinado de hijos obedece a un cálculo matemático para vivir de una manera desahogada?

J. E.: Yo tengo la sensación de que sí. Lo experimenté, cuando vivía en Asturias; en las zonas donde había grandes sueldos, la gente no quería tener muchos hijos. Apostaban por tener un hijo o dos para poder disfrutar de sus nietos. Pero, los hijos eran un cálculo de bienestar.

¿Crees que en este momento la familia está siendo agredida?

J. E.: Por un lado, la familia está recibiendo agresiones desde el punto de vista de las Instituciones. Por otro, existe la idea de «a vivir que son dos días», y esto nos lleva, como sociedad, a identificar vivir con tener o consumir. Estas ideas desorientan a muchas personas y se pierden.

Parece que el desafío fundamental de las familias es la educación de nuestros hijos. ¿Qué podemos hacer los padres?

J. E.: Los padres debemos cuidar a nuestros hijos y predicar con el ejemplo, hay que ser coherentes, y demostrarles que son importantes para nosotros.

¿El Estado interfiere en la formación de la conciencia?

J. E.: En este momento hay una serie de organizaciones que tienen mucho poder y están intentando convertir a la ciudadanía en subordinados de sus caprichos. Y la familia es un obstáculo porque es una institución que integra, que protege y que educa.

¿Qué debe hacer la Iglesia?

J. E.: La función de la Iglesia es la salvación de las almas. Debe educar a las familias, a los jóvenes y ayudarlos a integrarse en la sociedad, pero tiene que dar ejemplo. La religión hace buena a la gente. Yo creo que la gente que vive cerca de la religión en principio tiene frenos, unas limitaciones para portarse mal.

¿Qué entiendes por Iglesia doméstica, qué papel juega?

J. E.: Nunca tuve una vida religiosa fuerte, nunca pertenecimos a ninguna institución eclesial. Solo Ignacio estuvo en Acción Católica de las Rozas. Nosotros solo hacíamos uso de los sacramentos. Pero creo que la familia debe predicar con el ejemplo y ser coherente en palabras y actos, porque debemos orientar espiritualmente a nuestros hijos hasta su edad adulta. Otra cosa es que debemos ser cuidadosos para no producir hartazgo.

¿Qué papel juega el padre en la educación de los hijos?

J. E.: En las familias tradicionales, que hemos vivido nosotros, a los hijos los educaban las madres porque ellas estaban dedicadas al hogar. Los padres, por su parte, son un referente muy importante para los hijos, por eso es muy necesaria la coherencia de palabra y obra.

¿Cómo se puede hoy ser un padre presente cuando la actividad laboral es tan exigente en tiempo y esfuerzo?

J. E.: Cuando nos casamos, han pasado cincuenta años, Ana era programadora de ordenadores y decidimos que dejase de trabajar para ocuparse de una familia que aún no teníamos porque para nosotros era importante fundar una familia.

Ahora es distinto; en mi opinión, hay que evitar que la mujer esté supeditada económicamente a su marido porque puede haber abusos. Yo a mis hijas les aconsejo que sean autónomas económicamente y veo que los maridos jóvenes, colaboran mucho en el cuidado de los hijos.

«Los hijos necesitan encontrar un padre que los espera cuando regresan de un fracaso», dice el papa.

J. E.: Todos necesitamos consuelo. Los hijos necesitan mucha ayuda cuando tienen un problema. En nuestro caso, todos nuestros hijos hicieron estancias en el extranjero; el que tenía más necesidad de ayuda era Ignacio. Por eso, solo visitamos a Ignacio. Fuimos cuatro o cinco veces, creímos que nuestra presencia le daba estabilidad.

Habéis educado a vuestros hijos desde su individualidad. ¿Cómo lo viven?

J. E.: Los padres no podemos ser amigos de nuestros hijos porque somos sus padres y ellos son nuestros hijos. Entonces si alguien tuvo la suerte de recibir más que otro porque sus padres consideraron que era lo justo (material o afectivo), pues era lo que había que hacer.

¿Crees que deberíamos volver a una vida más sencilla?

J. E.: Las cosas deben hacerse de forma natural. Hay que establecer prioridades y cada uno ha de ordenar las suyas. Ahora bien, a veces las prioridades pueden ser engañosas porque puede buscarse una felicidad falsa. Yo admiro a la gente que hace un gran esfuerzo para conseguir una situación económica cómoda, pero hay que cuidar que el coste-beneficio no sea excesivamente gravoso y deje de tener sentido.

Por último, ¿qué tiene que decir un padre de cinco hijos?

J. E.: Nosotros nos equivocamos mil veces y pedimos disculpas otras tantas. En casa convivía el amor y las normas, aunque no fueran siempre acertadas. Su madre les daba amor, yo intenté que cumplieran las reglas

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