Una escuela de oración con el Papa Benedicto XVI

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P. Juan Ignacio
Rodríguez Trillo
De mayo de 2011 a octubre de 2012, justamente antes de comenzar
el Año de la fe, Benedicto XVI nos regaló un ciclo de catequesis sobre la
oración que podemos considerar uno de los grandes regalos de su pontificado.
Ojalá nos ayuden en la oración y mantengan vivo en nosotros el rico magisterio del
Papa emérito.
Nos suscita el interés a través de algunas preguntas de fondo:
“Contemplando la oración de Jesús, debe brotar en nosotros una pregunta: ¿Cómo
oro yo? ¿Cómo oramos nosotros? ¿Cuánto tiempo dedico a la relación con Dios?
¿Se da hoy una educación y formación suficientes en la oración? Y, ¿quién puede
ser maestro en ello?”
Ofrece una hermosa orientación: “Los cristianos hoy están
llamados a ser testigos de oración. En la amistad profunda con Jesús a través
de nuestra oración fiel y constante, podemos abrir ventanas hacia el cielo de
Dios, ayudar a otros a recorrer ese camino: caminando, se abren caminos”.
Dando un paso más, alienta a rezar con el realismo de una
vida inserta en el mundo: “Debemos llevar los acontecimientos de nuestra vida
diaria a nuestra oración, para buscar su significado profundo y aprender a ver
que Dios está presente en nuestra vida, también en los momentos difíciles, y
que todo forma parte de un designio superior de amor”.
Y a rezar en familia: “La familia es Iglesia doméstica y debe
ser la primera escuela de oración. Una educación auténticamente cristiana no
puede prescindir de la experiencia de la oración. Si no se aprende a rezar en
la familia, luego será difícil colmar ese vacío. Quiero invitaros a redescubrir
la belleza de rezar juntos como familia en la escuela de la Sagrada Familia de
Nazaret. Y así llegar a ser realmente un solo corazón y una sola alma, una
verdadera familia”.
Resalto algunas indicaciones muy concretas:

  • No debemos perdernos en el activismo puro, sino siempre
    dejarnos penetrar en nuestra actividad por la luz de la Palabra de Dios y así
    aprender la verdadera caridad, el verdadero servicio al otro, que no tiene
    necesidad de muchas cosas, sino que tiene necesidad sobre todo del afecto de
    nuestro corazón, de la luz de Dios. Sin la oración diaria vivida con fidelidad,
    nuestra actividad se vacía, pierde el alma profunda, se reduce a un simple
    activismo que al final deja insatisfechos.
  • Así debe ser nuestra oración: asidua, solidaria con los
    demás, plenamente confiada en Dios, que nos conoce en lo más íntimo y cuida de
    nosotros. En nuestra oración fijemos nuestra mirada en el Crucificado,
    detengámonos con mayor frecuencia ante la Eucaristía, para que nuestra vida
    entre en el amor de Dios.
  • Ninguna oración, ni siquiera la que se eleva en la soledad
    más radical, es aislarse; nunca es estéril; es la savia vital para alimentar
    una vida cristiana cada vez más comprometida y coherente.
  • La oración nos educa a ver los signos de Dios, su
    presencia y acción; es más, a ser nosotros mismos luces de bien que difundan
    esperanza e indiquen que la victoria es de Dios.
Y para finalizar:

  • Quiero invitaros a conocer mejor la Biblia, para
    conocer la maravillosa historia de la relación entre Dios y el hombre… A rezar
    con los Salmos, oraciones preciosas que encontramos en la Biblia y que reflejan
    las diversas situaciones de la vida y los distintos estados de ánimo que
    podemos tener respecto de Dios.
  • Quiero animaros a dirigir la mirada del corazón al Señor,
    que está en medio de nosotros. Cuando vivimos la liturgia con esta actitud,
    nuestro corazón se eleva interiormente hacia lo alto, hacia la verdad, hacia el
    amor, hacia Dios.