Una forma de ser y de estar en el mundo

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Verónica Arredondo
Verónica Arredondo

Por Mar Carranza Jiménez

En esta ocasión hemos tenido la oportunidad de mantener una conversación íntima y profunda con Verónica, que invita a vivir y a compartir la alegría del evangelio.

Verónica Arredondo Gutiérrez es esposa, madre de familia, formadora de formadores y coach desde hace más de veinte años. Licenciada en Diseño Gráfico y diplomada en Coaching por la Universidad Tecnológica de Monterrey y certificado coaching de equipos por International Coaching Technologies.

Desde 1994 con los Misioneros del Espíritu Santo y desde 2003 también ha colaborado con los Agustinos Recoletos y Diocesanos impartiendo seminarios Kerigmáticos y acompañando a grupos de crecimiento. Como ella misma afirma, en este camino el Señor le ha ido llevando a formarse en diferentes áreas que complementan el acompañamiento grupal e individual: acompañamiento espiritual, comunicación compasiva, escucha activa, etc.

En todos los ámbitos de su vida hace misión.


Pregunta ¿Qué es ser misionero?

Verónica Arredondo: Pienso que ser misionero es llevar el Reino de Dios al mundo en nuestro día a día, en todas las actividades de nuestra cotidianidad. Es hacerse, como dice el papa Francisco, servidor del «Dios-que-habla», que quiere hablarnos y relacionarse con nosotros en nuestra realidad y en nuestro presente como Jesús lo hacía con los hombres y mujeres de su tiempo. A veces creemos que hacer misión es salir a otros países, otros lugares donde nos necesitan, pero siendo esto verdad, todos debemos tener presente que la misión de lo cotidiano se expresa con el esposo, con los hijos, con el portero, con la vecina, con los compañeros de trabajo, etc. La misión es una forma de vida, es una forma de ser y de estar en el mundo, saboreando y viviendo con alegría el evangelio.

¿Dar testimonio es hacer misión?

V. A. Desde mi punto de vista así es. Dar testimonio es procurar «replicar» en ti la vida de Cristo en el mundo. Se trata de ser otro Cristo, de dejar que Cristo habite en nosotros. La invitación es conseguir, como dice san Pablo: «Y ya no vivo yo, sino es Cristo quien vive en mí. Ahora en mi vida mortal, vivo creyendo en el Hijo de Dios que me amó y se entregó por mí» (Gál 2,20).

¿Los misioneros deben ser hombres y mujeres de nuestro tiempo?

V. A. Mi vida en misión me ha enseñado que es necesario conocer lo que sucede en el mundo. Nosotros nacemos en un tiempo, en un lugar, en un momento de la historia y es desde esa realidad y en esa realidad en donde hay que misionar. En el mundo en el que vivimos es en el que llevamos a Cristo. Ahora bien, es importantísimo el discernimiento interno a la luz del Espíritu Santo para saber cómo misionar en el mundo sin dejarse embaucar por él.

¿Cómo hacer para vivir en el mundo sin dejarse seducir por él?

V. A. Lo más importante es tener conocimiento interno del Señor para más amarle y seguirle, como nos dirá san Ignacio. Es fundamental la unión con él que es el camino, la verdad y la vida. El acompañamiento, los sacramentos y la oración son el alimento fundamental del misionero para que el mundo no pueda envolvernos en su seducción.

¿Cómo hace oración una misionera?

V. A. Para mí es fundamental hacer de mi vida oración teniendo al Señor presente en todo momento, en todo lugar, en toda actitud. Pero además necesito apartarme a orar dedicando un momento del día concreto para nuestro encuentro íntimo que me alimenta y me llena de su presencia para vivir en misión.

¿Se puede ser misionero en solitario?

V. A. La misión se entiende dentro de la Iglesia, porque la Iglesia es misionera. Nosotros somos Iglesia, formamos parte del cuerpo místico de Cristo desde el bautismo, y por tanto caminamos juntos. Ser Iglesia significa compartir y apoyarse en la misión, entender que no todos tenemos los mismos dones, el mismo carisma y, por tanto, nos necesitamos unos a otros para hacer misión. Debemos caminar juntos con humildad reconociéndonos criaturas que necesitamos del hermano, pero sobre todo de la divina providencia. Todo es gracia como nos enseña san Pablo.

¿Crees que se puede confundir la misión con el fin?

V. A. Sí, desde luego, se puede correr ese riesgo. Desde mi punto de vista el misionero se puede confundir por una falsa humildad en el servicio, por falta de rectitud de intención o falta de pureza en la misión. El misionero podría llegar a ensoberbecerse creyéndose imprescindible y salvador del mundo. Y recordemos que solo hay un salvador del mundo que es Cristo crucificado y resucitado por nosotros.

¿Cómo mantenerte con verdad y rectitud de intención?

V. A. El tiempo me ha enseñado que tener «acompañamiento» es una oportunidad, una bendición y un privilegio. A veces nos perdemos en lo que nosotros percibimos de nosotros mismos y necesitamos de alguien, un acompañante o guía, que camine a nuestro lado pero que nos ayude a no despegarnos de la realidad a través del discernimiento y de los balances de nuestro día a día.

Y cuándo fallamos…

V. A. Entender nuestra fragilidad humana, comprenderlo también. Ser misionero no quiere decir ni ser perfecto ni ser infalible, sino tener a Cristo y poder llevarlo y compartirlo con todo el corazón.

¿Alguna palabra para finalizar?

V. A. Somos cristianos y por tanto hemos de vivir abiertos al amor. Dejar que nos inunde la alegría de estar enamorados profundamente de Cristo y sabernos amados por él. Y así en esa relación íntima, sabiéndonos amados por nuestro amado, dejarnos hacer por él.

Finalizamos la entrevista dando las gracias a Verónica por su tiempo y por esa alegría en la misión que contagia a los que tenemos la suerte de conocerla.

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