¿Vidas largas, vidas anchas o vidas profundas?

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Abilio de Gregorio
Reitera Abelardo de Armas en varias de sus
alocuciones la idea de que la vejez es un magnífico regalo de Dios. Cuando he
compartido la afirmación con alguno de los contertulios ocasionales con los que
comparto algunos días banco en el parque, me han comenzado a describir sus
dolores, sus soledades, sus incapacidades, sus desilusiones y han empezado a rememorar
juventudes lejanas (“eso sí era un regalo…”, dicen), quizás para no tener que
mirar de frente al futuro. Y es que si la vida humana no es más que dimensión
biológica, nuestra existencia queda reducida a una sola dimensión y nuestra aspiración
se sitúa en la pulsión de la supervivencia: prolongar al máximo esa única
dimensión, la longitud: la aspiración a una vida larga en las mejores
condiciones de confort a la que descaradamente llenamos calidad.
Pero sucede que este yo al que experimentamos
como propietario de la tal biología, siente la necesidad de afirmar ese yo, de
la misma manera que tiende a afirmar su fondo vital biológico mediante la
tendencia a la conservación y a la supervivencia. Aparece entonces la conciencia
clara de una segunda dimensión de la personalidad: la dimensión psicoafectiva y
psicosocial que se cumple mediante la relación con los demás. Al tomar
conciencia de este segundo fondo endotímico, ya no sólo se aspira a una vida
larga, sino a una vida ancha. Sin embargo todo incremento o prolongación de dos
dimensiones, es incremento en superficie. Por muy colmada que haya sido nuestra
afectividad, nuestro sentimiento de afiliación y de pertenencia, nuestra
necesidad de éxito, la vejez se presenta como el final de una vida que, quizás,
hasta parece haber merecido la pena, pero falta de espesor o de profundidad.
Pesan las soledades, la desatención, la indiferencia. La vejez, desde esta perspectiva,
no se experimenta como un regalo; puede llegar a ser una triste experiencia de superficialidad.
Hay la posibilidad de dotar a la vida de una
tercera dimensión que es la que le da hondura: me refiero a la dimensión de
sentido.
Necesariamente, de una u otra manera, nos
vemos constreñidos a preguntarnos qué sentido tiene esa biología y ese universo
psico afectivo que experimentamos. Pero toda pregunta por el sentido es una
pregunta que apunta forzosamente hacia un referente que está más allá de la
misma vida cuestionada: es, pues, un referente trascendente. Es más: cuanto más
trascendente es el referente que le da sentido, más sentido le da y más la
planifica. Entonces es cuando la vejez adquiere la condición de regalo. La
pasión se serena, la cabeza se inclina para situarse más cerca del corazón, los
deseos del éxito y los temores del fracaso se difuminan en un paisaje de otros
apremios, se cree mucho en muy pocas cosas, se facilita el trance de la solicitud
de perdón, en fin, se percibe uno cada vez menos de sí mismo y más en las manos
del Señor de la vida. Definitivamente la vejez es la edad de la armonía serena,
es un regalo, ocasión de “entrenar” para ponerse en forma para el encuentro.
Abelardo añadirá que, si Dios dispuso así las
cosas y no al revés (nacer mayores y avanzar hacia la niñez), es un claro síntoma
de que nos hizo para tenernos al final junto a Él.
Enseñar a las personas a poner su vida en
esta perspectiva creo que sería enseñar a dotar de valor añadido a sus días. Es
lamentable que se nos trate de convencer de las bondades del taichí, del yoga o
de terapias ocupacionales para hacer más llevadera la edad tardía, y se
descuide aquello que la puede dotar de profundidad al dotarla de sentido
incluso en aquellos trances de dolor, de enfermedad, de incapacidad, de soledad
y de desfondamiento vital en que parece haberlo perdido.