
Por Javier F. Lorca
Me gusta esa frasecilla de una canción popular que aprendí de pequeño y que me viene a los labios cuando me felicitan por mis canciones: «No creas que porque canto tengo el corazón alegre, que soy como el pajarillo que si no canta se muere».
Esa es la verdad de lo que soy. Un alma alegre y agradecida que, aunque a veces pase por momentos tristes y amargos, tiene que cantar porque si no se muere. Necesito cantar para expresar, para no ahogarme cuando estoy a punto de hundirme, para desahogarme una vez ahogado, para contar lo divertida que es la vida de los hombres en esta tierra de cosas tremendas y cosas graciosas… Necesito cantar.
Necesito cantar para decir a todos —los que quieran escuchar— que Dios hace maravillas en mí y conmigo. Que soy hijo de Dios y eso ya no lo puede cambiar nadie. Que Dios me (nos) quiere incondicionalmente y eso hay que cantarlo por ahí, porque hay gente que no lo sabe o lo ha olvidado.
Y canto lo que vivo en cada momento. Muchas veces los cantautores comentamos entre nosotros que podríamos hacer una historia de nuestras vidas a través de las canciones que hemos compuesto en los distintos momentos de esas vidas. Yo compuse mi primera canción con 17 años, en colaboración con otros jóvenes como yo que íbamos de viaje al santuario de Fátima. La canción, cómo no, iba de la Virgen María. Era la etapa ilusionada de vivencia del amor a María en un grupo cristiano. Mi última canción compuesta hace unos días, 48 años después, escrita en forma de oración-queja, va de mi sorpresa por descubrir el plan de Dios en mí tan diferente del plan que yo me había preparado.
Y, entre medias, las canciones por la primera venida de un papa a España, y las canciones de la expectativa vocacional, y las canciones de amor apasionado a Cristo, y las canciones de la noche oscura con gemidos cantables incluidos, y las de los Ejercicios Espirituales en canción, y las de los himnos campamentales para esos momentos únicos de jóvenes en la montaña…
Capítulo aparte son las canciones compuestas para los musicales. Meterse en una historia y narrarla a base de canciones es una experiencia preciosa para un compositor. Es verdad que siempre me ha gustado hacerlo en grupo; es decir, un grupo de compositores que participan de un mismo proyecto. Para los que hemos trabajado además tantos años con jóvenes es también un magnífico método educativo de formación de personas… y también de músicos.
La verdad de lo que vivo en cada momento es parte de lo que soy en general. No somos solo un momento de la vida, aunque solo en el momento presente podemos decir que vivimos. Somos todo lo que hemos vivido en cada momento. Me encantará ver en el cielo cómo se las apaña Dios para hacer que nos reconozcamos, resucitados, en todos los momentos que hemos vivido en la tierra. Porque, si resucitamos también en «carne» ¿con qué cuerpo será? ¿A qué edad? Y si resucitamos en espíritu ¿en qué momento de nuestra vida nos reconoceremos? Va a molar ver cómo Dios nos hace reconocibles en todo lo vivido. Y, es más, molará ver cómo entenderemos allí lo que aquí nos cuesta tanto: que somos amados, que nuestra carne y nuestro espíritu, tan trabajosos aquí en la tierra, son allí plenificados. Quizá se me ocurra una canción sobre esto, que no tengo ninguna.
Por otra parte, he sentido siempre también que mi música no era mía, que no era solo para mí. Es cierto que compongo desde la verdad de lo que soy, pero casi siempre pensando en el que la podrá escuchar. Incluso las canciones que son muy personales y cuentan estados espirituales profundos, sobre todo los amargos y las soledades, veo que pueden servir a otros que puedan pasar por momentos parecidos. Mi música no es mía. Aquí también me gusta esa conocida frase popular, atribuida a Pablo Neruda, que dice: «La poesía no es de quien la escribe, sino del que la necesita». Yo suelo cambiar la palabra poesía por música. En realidad, una canción es, más o menos, una poesía cantada. Entonces, no importa que alguien cante tu canción de otra manera a como tú la soñaste. Si el que la canta la necesita así, está bien.
El pueblo necesita las canciones para expresarse. Los que componemos música cristiana queremos ayudar al pueblo de Dios a manifestar su fe. Música para celebrar, música para meditar, música para contemplar, música para enfervorizarse, música para llorar… Es significativo ver cómo las Sagradas Escrituras exponen el tema de la música a través de sus páginas. Salmos, himnos, oraciones… para exponer estados de ánimo personales o colectivos, situaciones singulares, ejemplos de vida, etc. Nuestra tradición es musical: «Entonces Moisés y los hijos de Israel entonaron este canto al Señor: “Cantaré al Señor, gloriosa es su victoria…” (Éx 15). “Cantad al Señor un cántico nuevo, cantad al Señor, toda la tierra; cantad al Señor, bendecid su nombre…” (Sal 96). “Aclama al Señor, tierra entera; gritad, vitoread, tocad. Tañed la cítara para el Señor, suenen los instrumentos: con clarines y al son de trompetas, aclamad al Rey y Señor”» (Sal 98).
El propio Jesús regaña un poco a los que no saben vivir al ritmo de la música: «¿A quién compararé esta generación? Se asemeja a unos niños sentados en la plaza, que gritan diciendo: “Hemos tocado la flauta, y no habéis bailado; hemos entonado lamentaciones, y no habéis llorado”» (Mt 11).
Que no nos pase a nosotros que no sepamos expresar lo que sentimos y lo que deseamos ser. Que en todas las comunidades haya quien, una vez recibido el don de la música, lo sepa poner al servicio de todos, y, aunque muchas veces acabe como Asurancetúrix, el bardo, no se desanime y siga cantando y alabando al Señor… de verdad.






