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El templo en la ciudad

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Vista aérea de la ciudad de Barcelona en la que destaca el templo de la Sagrada Familia entre el tejido urbano
Vista aérea de Barcelona con la Sagrada Familia presidiendo el paisaje urbano.

Por Fernando Hurtado López, doctor en filosofía, especialista en Gaudí

¿Y qué otra cosa es un templo sino un lugar en que todo se llena de sentido, desde las piedras y el fuego hasta el pan y el vino y las palabras?

Joan Maragall

Antoni Gaudí fue arquitecto, diseñador, creador… Fue, además y por encima de todo, un cristiano de fe entera, en especial tras su dedicación al Templo expiatorio de la Sagrada Familia. Sintió, como una exigencia imperiosa y bella, la responsabilidad de despertar miradas de trascendencia que se elevaran a Dios desde la agitación de la ciudad, desde el corazón mismo de las cosas y acontecimientos que forman parte del escenario y del argumento de la vida diaria. Era un auténtico contemplativo en la acción.

Participó de una intuición sobresaliente: no habrá sociedad, verdadera comunidad estable de personas acordes en lo que aman (S. Agustín), si en ella no hay templo. El templo es el alma de la ciudad.

La nuestra es una época de medios magníficos, pero de metas confusas. Y el templo es precisamente el ámbito al que acudimos para recuperar la finalidad y el sentido profundo de las cosas; esa finalidad que en tiempos de postmodernidad parece haberse perdido mientras que todo —cosas, entorno, personas— se convierte en objeto maleable, en un medio más o menos útil para determinados fines establecidos por una voluntad de poder que pretende ocupar el lugar de Dios.

Medios extraordinarios, pero carentes de sentido porque se ha perdido de vista el fin. Y es que cuando un medio pierde su referencia al fin, deja de ser medio y pierde su sentido. «Está ahí y eso es todo», carece realmente de justificación; en rigor, no vale nada. Un camino o un puente lo son precisamente porque hacen posible llegar a alguna parte. «Los templos son puentes para llegar a la Gloria», escribió Gaudí.

Un agnóstico como Antoine de Saint-Exupéry, en su libro póstumo e inacabado Ciudadela, insiste con acento poético en esta idea:

«No rehúso la escalera de las conquistas que permite al hombre subir más alto. Pero no confundo el medio con el fin, la escalera y el templo. Es urgente que una escalera permita el acceso al templo, si no, éste permanecerá desierto. Pero solamente el templo es importante. Es urgente que el hombre subsista y halle alrededor los medios para crecer. Pero esto sólo es la escalera que conduce al hombre. El alma que le construiré será basílica pues ella sola será importante (…)

»Y por esto os digo: Si construís el templo inútil, dado que no sirve para cocinar, ni para reposar, ni para la asamblea de los notables, ni para las reservas de agua, sino simplemente para el engrandecimiento del corazón del hombre…; si construís un templo donde el dolor de las úlceras se transforma en cántico y ofrenda, donde la amenaza de la muerte se transforma en puerto entrevisto con aguas por fin tranquilas, ¿creeríais haber malgastado vuestros esfuerzos?»[1]

El templo es el alma de la ciudad. Una ciudad sin templo es una ciudad muerta. Gaudí lo sabía. Sabía que es preciso elevar la actividad de los hombres desde el corazón de la ciudad hacia un horizonte de sentido. Es esencial el templo, que nos hace mirar al otro lado del horizonte de la vida mortal y en el que se pueden convertir las úlceras y las heridas en cántico y en ofrenda.

El Templo expiatorio de la Sagrada Familia es una llamada trascendente, unificadora y lúcida acerca de las cosas y del propio ser humano, capaz de distinguir los meros valores de situación —lo urgente— de los valores de sentido —lo verdaderamente importante—; que avisa de que nuestros pasos por la ciudad son un camino hacia una meta más alta.

La arquitectura, cuando es verdadera configuración de espacios habitables, de libertad y de belleza; cuando se corona en el templo como guía hacia lo alto indicando cuál es el sentido de nuestra vida; cuando la ciudad, a través del templo, se convierte en alabanza, laboriosa o festiva; se hace entonces creación. Y convierte las piedras y materiales, las formas y la luz, en expresión, palabra y huella de quien hace existir todas las cosas. La piedra se transfigura en alabanza cuando el hombre sabe trabajarla y convertirla en plegaria y canto, pero permanecerá muda a causa de su indolencia.

Gaudí concibió las fachadas del Templo como retablos que hablan al transeúnte del misterio del Dios cercano: Cristo que nace hombre, que asume nuestra condición de peregrinos; Cristo que padece y muere para dar al sufrimiento y la muerte un sentido de entrega y redención; y Cristo que resucita triunfante, que con su gloria manifiesta que el triunfo definitivo es de Dios y para todos los hombres.

Interior del templo de la Sagrada Familia durante una celebración litúrgica con feligreses reunidos
Celebración litúrgica en el interior del templo de la Sagrada Familia de Barcelona.

Muchos de nuestros compañeros, amigos o familiares seguramente no pisarán jamás un templo, pero pisan a diario el templo de nuestra compañía. A nosotros nos toca, no solamente convertir en alabanza nuestro trabajo cotidiano, sino también sacar de él toda su potencialidad natural y de humanidad. Solo de este modo saldrá a la luz su pleno sentido y se hará más hermoso y habitable el mundo.

El Templo expiatorio de la Sagrada Familia no es solamente una obra de piedad: lo es también de ciencia, de arquitectura, de ingeniería, de geometría, de sensibilidad ante la hermosura; es trabajo humano bien realizado y sabiduría, hermosa y eficaz arquitectura.

La creatividad, decía Gaudí, es volver al origen. Aquellos hombres y mujeres que, por amor de Dios, cultivan la tierra y el espíritu, el dibujo, la ingeniería, la talla o la arquitectura, que convierten su tiempo y su sudor en deber sabia y amorosamente cumplido, consiguen dar a las piedras y a su trabajo un significado que está más allá de lo evidente a simple vista. Convierten la piedra, el trabajo y la creación en alabanza y gozo. Como diría también Saint-Exupéry, han descubierto y expresan ese valor esencial presente en las cosas creadas y que es «invisible a los ojos»[2]


[1] SAINT-EXUPÉRY, A. Ciudadela. Barcelona, 1997, págs. 77-79.

[2] SAINT-EXUPÉRY, A. El principito, cap. XXI.

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