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La raíz de la felicidad de la Sagrada Familia

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Pintura de la Sagrada Familia del Pajarito por Bartolomé Esteban Murillo, dominio público
La Sagrada Familia del Pajarito, obra de Bartolomé Esteban Murillo. Dominio público.

La vida de Nazaret es vida feliz, es vida de oración, es vida de apostolado, en medio de una sencillez impresionante.

La vida de Nazaret es vida feliz. Imposible describir la dulzura del amor maternal y paternal en los padres del Salvador, ni el filial cariño con que Jesús correspondía. María, la más amorosa de las madres. Jesús, el más tierno y respetuoso de los hijos. Cuántas veces recordarían en su vida los alegres días de Nazaret. El amor y el respeto de Jesús para con María se extremaría el día en que la muerte hizo que san José empezase ya a vivir.

¿Cuál es la raíz de esa felicidad íntima que respiran en la Sagrada Familia? Todos hacen lo que el Padre de los cielos quiere: no pretenden otra cosa cada uno de los tres que tener contento al Padre. Y quieren lo que Dios hace; lo que Dios va permitiendo en cada momento lo aceptan como venido de la mano del Padre de los Cielos y no se inmutan.

¿Cuáles son las causas de nuestra infelicidad? Pues ambicionar por una parte y no vivir el momento presente por otra.

Vida de familia. Santificar la difícil convivencia. Porque cada uno tiene su carácter, su manera de ser, sus condiciones peculiares, y hay que hacerse de goma para convivir con todos. Nazaret es la gran escuela para hacerse de goma, para olvidarse uno de sí mismo, vivir el amor. Donde hay amor allí hay paz, y donde hay humildad allí hay amor.

Segundo, vida de oración. Allí no solamente se hace oración en esos momentos rituales del día en que las prácticas judías obligaban a toda familia a levantar el corazón a Jehová, al Padre de los Cielos. Sino que se hace oración todo el trabajo: tanto la Virgen, el doméstico como Jesús ayudándole o trabajando en el taller, en el trabajo de carpintero que hace san José.

Nazaret es vida de oración en todo momento, con una alegría sublime, silenciosa pero que llena el corazón. Con una paz tan grande que se contagia.

Y vida de apostolado, el más fecundo que se ha ejercitado jamás. Su vida de Nazaret es ya apostolado. Al ejercer su oficio de carpintero, comienza a edificar un nuevo y grandioso edificio de su Iglesia. Trabaja por la salvación y bienestar de la humanidad, por la regeneración de la familia, por la redención del trabajo, por la glorificación de la vida ordinaria, que es la vida de la casi totalidad de los mortales.

Sus lágrimas de niño, sus gotas de sudor en el taller pertenecen a la gran ofrenda de reconciliación como la sangre de la Cruz. Desde entonces es ya sacerdote, también es maestro. Ejerce y predica ya la verdadera virtud, ser perfecto en las cosas ordinarias y menudas. Santo en las profanas. Celestial en las terrenas. Eterno en las temporales. Nos está enseñando Jesús a sacar todo el partido posible a una vida en apariencia vulgar, para fundar sobre ella el edificio de una futura actuación apostólica.

La vida de Nazaret es una vida feliz, vida de oración, vida de apostolado. Y todo, en la más impresionante sencillez. Porque esto es lo que más resalta en esa vida de Nazaret, una sencillez sublime y una sublimidad sencilla. La santidad al alcance de todos. Lo único que hace falta es amar en cada instante, ofreciendo a Dios la multitud de cosas pequeñas que se van ofreciendo.

Para hacerlo basta poner los ojos en nuestro modelo, la Virgen; a ella hemos de tratar de imitar en cada momento.


(Extracto de una meditación inédita en los ejercicios espirituales a los Cruzados de Santa María, Salamanca 1964)

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