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Dios acaricia nuestra vida a través de la música

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Inés Rodríguez, profesora de música y autora del artículo
Inés Rodríguez, profesora de canto, comparte su testimonio sobre la música como caricia de Dios.

Por Inés Rodríguez, profesora de música

La presencia de la música y del canto ha sido una constante en mi vida desde pequeña. Hoy soy consciente de cómo el Señor fue poniendo ese anhelo en mi corazón y cómo, a través de la música y de tantas personas que han sido instrumento suyo, ha ido modelando mi vida.

Aunque siempre he sido muy tímida, de niña esperaba impaciente los conciertos que El Coro polifónico de jóvenes daba en nuestra parroquia y soñaba con cantar en él algún día. Era el Coro de Manoli García, a la que tanto tengo que agradecer, laica consagrada y profesora de música, que dedicó su vida a transmitir su amor a Dios a través de la música, especialmente a los jóvenes. Llegó la adolescencia y en un momento complicado, con 16 años, me encontré un día con Manoli a la salida de misa: «Inés, hemos retomado los ensayos del Coro con algunos de los antiguos y con gente nueva, ¿Por qué no te animas?». Después, las primeras clases, mis estudios en la Escuela Superior de Canto y mi trabajo como profesora de canto desde hace 24 años (los últimos 20 en la Escuela Municipal de Música y Danza de un pueblo de Madrid).

Soy una privilegiada por tener un trabajo en el que disfruto mucho y en el que contemplo a diario cómo Dios acaricia la vida de mis alumnos a través de esa música que tanto ha acariciado la mía y, sobre todo, soy privilegiada por poder ser a veces instrumento de esa caricia de Dios. Instrumento limitado, al que tanto le cuesta desapegarse de sus «mis»: mis ideas, mis seguridades, mis logros, mis…, pero al que el Señor constantemente guía y suple.

Mis alumnos, todos tan queridos y tan diferentes: de adolescentes a octogenarios; de canto lírico y moderno; con diversidad de aspiraciones y facultades… ¡Con cuántos deseos y potencialidades y también con cuántas heridas entran a diario por la puerta de mi aula! Soledad, inseguridades, tristezas, desengaños … Y casi a diario, observo cómo salen de clase acariciados por el Señor, con una leve sonrisa, con confianza para continuar un poquito más, con más esperanza, con más paz…

Son numerosos los estudios científicos que acreditan los vastos beneficios cognitivos y emocionales que aporta la práctica musical, para muchos, fruto del azar; para nosotros, maravilla de la creación, nuevas caricias del Señor. Del mismo modo, he constatado que la música puede llegar a ser una excelente escuela de vida, de valores, de amor y en ese proceso (aunque no siempre se sea consciente), acercar a Dios. Escuela de paciencia, de entrega, de humildad, de generosidad…

El momento del curso en que más claramente veo todo esto, es en lo que llamamos: Conciertos de los abuelos. Desde hace 20 años, todas las navidades organizo con mis alumnos conciertos en las residencias de mayores del pueblo que siempre terminan cantando con ellos villancicos populares. Es una actividad sencilla en la que disfrutan, nos aplauden, nos piropean y en la que, sobre todo, cantan y sonríen. Está centrada en ellos y en eso está su principal virtud. Observo todos los años cómo, por los abuelos, mis alumnos sacan lo mejor de sí: cantan canciones que jamás cantarían; no se quejan cuando les cito a horas intempestivas porque hay que adaptarse a los horarios de las residencias; son generosos con su tiempo cuando acuden a los ensayos, aunque no lo necesiten, solo para ayudar a sus compañeros; vienen el día que les toca cantar como solistas pero también cuando no les toca, para ayudar con un pequeño coro o simplemente para cantar villancicos.

A mis alumnos más jóvenes («mis adolescentes») es una actividad que inicialmente no les suele atraer mucho. Cuando por primera vez les invito a participar, aunque solo sea cantando villancicos con los abuelos, sus caras son un poema: «¿Residencias de Mayores?… Ufff; ¿Quedamos a las 15.45h para vocalizar?… Ufff; ¿Ay del chiquirritín?… ¿Pero, qué es eso?». Mi lema en esos momentos es: «¡ven y verás!». Nunca los fuerzo a participar, pero los animo a que lo hagan, con cariño y puede que con cierta insistencia. El curso siguiente, todos están deseando ir.

Ya hemos salvado el primer escollo, pero ahora, ¿qué van cantar? Tiene que ser algo que medio les guste, que sea asequible y que, al menos, a los abuelos les resulte remotamente conocido. Ahora es mi cara la que dice: ¡Ufff!

Este curso me ha ocurrido algo muy bonito con alguno de «mis adolescentes» más mayores, los que llevan más tiempo. Son varios los que a lo largo de los meses de preparación de los conciertos se han acercado a mí para proponerme:

(Alumna de 17 años) «Inés, este curso quiero cantar algo que de verdad les guste a los abuelos, alguna de esas canciones que todos cantan».

(Alumna de 20 años, en el mes de junio) «Esta canción de Nino Bravo es de las que les gustan, ¿verdad? ¿Tú crees que trabajándola podría llegar a cantarla en Navidad?».

(Alumno de 22 años) «Inés, este año, para los abuelos, búscame algún bolero o un tango, que yo veo que es lo que más se animan a cantar».

Estos conciertos son la actividad del año en la que más alumnos participan (casi todos) y estoy convencida de que si en junio hiciera una encuesta preguntando qué es lo que más les ha gustado del curso que termina, una amplia mayoría dirían que los Conciertos de los abuelos.

¿Por qué la actividad en la que ellos menos cuentan es la que más valoran? Me pregunto a mí misma: ¿Por qué el proyecto que más trabajo y esfuerzo me supone; en el que objetivamente se consiguen menos logros musicales; en el que cada año tengo más tentaciones de no complicarme tanto la vida y dedicarle menos tiempo; por qué será que es del que salgo siempre más contenta y agradecida?

Nueva caricia de Dios: termino con la respuesta a esta pregunta, tan bella y sencillamente expresada en uno de los villancicos que esta Navidad hemos cantado con nuestros abuelos:

El Camino que lleva a Belén / Yo voy marcando con mi viejo tambor / Nada mejor hay que te pueda ofrecer / Su ronco acento es un canto de amor / Cuando Dios me vio tocando ante él, me sonrió.

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