A propósito de la Evangelización de los jóvenes

15
Por Abilio de Gregorio
Me temo que el tópico de la “nueva evangelización” termine
por hacérsenos viejo de tanto manoseo sin haberlo ni siquiera estrenado. Ya se
habló con profusión de ello a raíz de la Exhortación Apostólica Evangelii
nuntiandi
de Pablo VI (1975). Entre 1979 (Catechesi tradendae) y
2001 (Novo milenio ineunte) san Juan Pablo II hizo de la alocución
“nueva evangelización” una suerte de santo y seña para toda la Iglesia,
convirtiéndolo Benedicto XVI en urgencia para todos los cristianos en el Sínodo
de los Obispos del año 2012. Actualmente, el Papa Francisco vuelve a apelar a
la necesidad de una nueva y alegre evangelización (Evangelii gaudium,
2013) como respuesta perentoria al hombre de nuestro tiempo.
Por lo que respecta a la evangelización de nuestros jóvenes,
hemos presenciado un desfile de complejos y sesudos estudios sociológicos, de
análisis de coyuntura, de prospecciones de sensibilidades axiológicas, de
ensayos de lenguajes y estrategias, etc., para asegurar la pregnancia del
Mensaje en la sensibilidad de los muchachos de hoy. Al cabo, casi siempre nos
hemos topado con el deprimido: “a los chicos de hoy no les interesa nada”. Y
vuelta a nuevos saldos y a nuevos eufemismos para ganarse la atención de los
chavales y justificar el oficio.
¿No sería, sin embargo, más razonable observar cómo han
actuado quienes han logrado penetrar verdaderamente en el corazón de los
jóvenes y producir en ellos giros vitales en dirección a Cristo? ¿Cuál era el
“secreto” de san Juan Bosco, del P. Tomás Morales, de Abelardo de Armas? Me
aventuro a pensar que el secreto es que miraban a los muchachos con los ojos de
Dios (para lo cual es necesario haber mirado antes mucho a Dios…) No con ojos
de sociólogo avisado, ni de pedagogo erudito. Miraban con aquella mirada con la
que Jesús miró al joven con aspiraciones de vida eterna: con respeto a su
libertad, con exigencia y con compasión comprometida.
¿Qué “estrategia” empleaba san Juan Pablo II en su llamativa
evangelización de los jóvenes? Interrogado en una tertulia radiofónica el
sociólogo Juan Linz acerca de las claves de la fascinación que ejercía el Papa
polaco en la generación joven de todo el mundo, decía contundente: “Este hombre
cree lo que dice, lo dice con entusiasmo contagioso y se atreve a decirles lo
que no se atreven a decirles los demás”.
Cree lo que dice. No hace falta mucha glosa. Juan
Pablo II, —lo pudimos sentir asistiendo a su oración— no sólo cree “a” Dios,
sino que cree “en” Dios hasta hacernos casi palpar su presencia. No da la
sensación de transmitir a los jóvenes un ideario, sino de compartir con ellos
los mismos soportes de su vida, lo que se da por supuesto sin más en su
existencia. Eso que sí, nace en la cabeza, pero sólo se hace carne de creencia
cuando desciende al corazón. Por ello, quizás ese creer hasta la evidencia no
sea un asunto intelectual, sino un asunto “del querer” como se llama en el
lenguaje popular a los asuntos del corazón.
Como afirma R. Spaeman, no se puede dar a los educandos
cheques sin fondos. Cuando descubren la estafa —y se descubre con prontitud—,
suelen sancionar con el desprecio y el abandono.
Lo dice con entusiasmo
contagioso.
Sólo cuando se cree
con una tal confianza esperanzada, y cuando Aquel en quien se cree plenifica el
alma, entonces el mensaje tiende a ser una expresión de la abundancia y del
arrebato del corazón. Adquiere todas las tonalidades emocionales de un
alma poseída por el espíritu (entusiasmada) de Aquel en quien cree (=a quien
ama). Una tal alegría tiende a penetrar, por vasos comunicantes, en los
adentros del alma juvenil, harta ya de profecías de desgracias y necesitada de
mensajes afirmativos.
Se atreve a decirles lo que no se atreven a decirles los
demás.
Es, quizás, la mayor muestra del respeto con el que los jóvenes
exigen que se les trate. No admiten sucedáneos; demandan productos auténticos.
Descubren enseguida que, detrás del halago dulzón, hay una actitud de
desprecio. Saben que, debajo de muchas de las “tolerancias” a la juventud, sólo
hay temor y desconfianza. O carencia de convicción en el Mensaje. O afán de
dominio del querer del joven a quien se pretende someter con armas de
persuasión, de fascinación o de proselitismo.
Juan Pablo II, con ese “respeto imponente” que le suponen
los jóvenes que se arracimaban junto a él, no se entretiene en estrategias de
aproximación, en eufemismos, en infantiles juegos de despiste: “Atreveos a ser
santos”, así, a boca jarro y sin anestesias. En la cumbre del entusiasmo de los
jóvenes que lo jalean como a un líder, igual les suelta las severas exigencias
de la castidad, que el llamado de Jesús a dejar todo y a seguirlo de cerca. Y
eso a los muchachos les gusta y lo agradecen porque perciben que, cuando los
demás los miran con despectiva compasión, el Papa cree que son capaces, los
respeta y, en consecuencia, les hace creer en ellos mismos.
Ya no es tiempo ni de cavilosos estudios sociológicos ni de
hábiles manejos de nuevos instrumentos y lenguajes para la nueva
evangelización. Como decía Pablo VI, es tiempo de testigos.