Ahora hace un año

Seguir su mismo camino

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Ahora hace un año. Seguir su camino.
Ahora hace un año. Seguir su camino.

Sí, ya hace un año (22 noviembre 2019) que Abelardo partió a la casa del Padre. Él ya no está físicamente entre nosotros, pero permanece en su obra. En ella se nos hace presente tanto a los que tuvimos la fortuna de tratarlo personalmente, como a los que no lo conocieron.

¿Quién fue Abelardo de Armas? Javier del Hoyo, su biógrafo, lo define como explorador de rutas inéditas de santidad (revista Estar, nº 319; diciembre de 2019). Cierto. Abelardo buscó la santidad por caminos muy poco transitados: el cumplimiento del deber profesional, familiar y social. Un santo de chaqueta y corbata. Un santo a lo don Bosco, que se apoyaba en sus cualidades innatas de líder: deportista, cantautor, humor, empatía social, etc., para educar desde la naturalidad de la vida ordinaria y llevar al crecimiento/ cultivo espiritual partiendo de los valores naturales.

Abilio de Gregorio —que falleció el 13.11.20— refleja muy bien la faceta evangelizadora/educadora de Abelardo en su libro Abelardo de Armas: pasión educadora. Evangelizar educando (Ediciones Encuentro, 2014). Ese educar evangelizando lo hizo proponiendo la ejemplaridad alegre en el trabajo, pero con la peculiaridad de que, al final, una vida plena como la suya se plasmó en unas «manos vacías» que, consciente de las propias limitaciones, las aceptó —aunque no pactó con ellas— y las sublimó: No me importan las miserias, lo que quiero es amor (Revelación del Corazón de Jesús a sor Josefa Menéndez, 1921).

La alegría fue su hábitat natural. Sabía ilusionar con su buen humor; vivía y enseñaba a vivir el lema de santa Teresita de Lisieux: «Sufrir, amar y siempre sonreír». Y todo ello desde el corazón de la Virgen, porque, para Abelardo, la Virgen María es madre de familia, mujer seglar, ejemplo de compromiso con las realidades terrenas que afectan a su familia en su tiempo, y consagrada a ser toda ella voluntad de Dios (A. de Gregorio, idem cap. 5, pág. 229). Todo ello en medio de la naturalidad y de la sencillez audaz de quien vive buscando rutas inéditas de santidad laical admirables e imitables. Sí, esa fue su ilusión: descubrir rutas de santidad asequibles para la mayoría. Las descubrió, caminó por ellas y nos las mostró.

No fue un taumaturgo deslumbrador. Fue un hombre muy sencillo, como Jesús de Nazaret. Hizo extraordinariamente lo ordinario y, como vio que era posible, vivió con la ilusión de que otros siguieran ese mismo camino a lo Nazaret: la realidad más divina bajo la apariencia más humana.

Y nos dejó esa ilusión. Ahora hace un año.

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