Carne, cura-cuidado y ternura

Notas para una antropología del cuidado, pilar de la vocación sanitaria

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Foto: Tim Marshall
Foto: Tim Marshall

Por José Javier Ruiz Serradilla

Carne

El cristianismo siempre ha proclamado que el ser humano es una unidad corpóreo-espiritual. Afirmación que, a lo largo del tiempo, ha intentado comprender, pero el problema con el que siempre se ha encontrado ha sido las herramientas conceptuales empleadas. Estas fueron tomadas de la filosofía griega: cuerpo y alma.

¿Por qué un problema? Porque, aunque tomando como referencia a Aristóteles, se ha intentado poner el acento en la unidad, sin embargo, la inmensa mayoría del pueblo cristiano ha puesto el acento en el alma desvirtuando así la afirmación primera: el cuerpo. Gran parte de los cristianos tenemos interiorizada una visión del hombre no unitaria sino dualista donde lo sustantivo, lo importante, es el alma y lo adjetivo, lo menos importante, es el cuerpo. Al fin y al cabo —se piensa— el alma es inmortal y para el cuerpo ya llegará el día del juicio.

Así, resulta muy difícil aceptar el misterio de la encarnación. Dios Hijo, la segunda persona de la Trinidad, se ha hecho hombre. Ha asumido nuestra naturaleza humana en todo, menos en el pecado. Y con su muerte en cruz ha cargado con nuestras culpas y nos ha redimido porque «lo que no es asumido no es redimido» (S. Ireneo).

Desde esa lógica, se pueden generar espiritualidades desencarnadas y sospechosas ante todo lo humano, por estar contaminadas del desorden propio del cuerpo.

Parece que las categorías antropológicas griegas no son las mejores. De hecho, filósofos y teólogos cristianos nos recuerdan que para la antropología bíblica no existen los términos cuerpo y alma. En la Escritura se ve al ser humano como una unidad a la que se puede abordar descriptivamente, y solo descriptivamente, desde tres puntos de vista. Refiriéndonos a aquello que vemos y tocamos, su exterioridad, lo que se denomina con el término hebreo basar. Otras veces atendiendo a lo que no se ve y toca, pero sí se muestra, su interioridad, nefes. Y si miramos con mirada interior al hondón de la interioridad, allí descubrimos el fundamento último del ser, la imagen de Yavé, su espíritu, ruah.

El intento de renovación de las categorías al uso es interesante, pero, de nuevo, presenta un problema, la pésima traducción de los términos hebreos, que en vez de mejorar la nefanda comprensión del ser humano que suele tener el pueblo cristiano, viene a ahondarla. Basar se ha traducido como cuerpo, nefes como alma y ruah como espíritu.

Actualmente, hay un tercer intento que proviene del descubrimiento fenomenológico del leib al que, en poco acertada traducción española, se ha denominado cuerpo vivido, y, en más certera traducción francesa, chair (carne).

Mi cuerpo no es cuerpo biológico, sino cuerpo personal; lo que nos lleva a poder afirmar que mi cuerpo soy tan yo como mi alma, ya que lo que hay no es cuerpo y alma reunidos, sino ser personal, donde cuerpo y alma son modos de referirse a la persona humana; pero no son realidades separables, ya que solo hay una realidad, la de mi persona.

Así, emplearemos el término carne para referirnos a la totalidad de la persona humana.

Cura y cuidado

La carne está hecha para ser tocada. ¿Qué quiero decir? Que la unidad corpóreo-espiritual (carne), que es la persona, es un ser referido al otro y, desde el otro, a sí mismo. Por ello, no se debe hablar de persona sino de personas. Todo yo está referido a un tú y todo tú a un yo.

Ya Sócrates aprendió de su madre, la matrona Fenaretes, que la carne del otro —la de la madre— ha de ser cuidada para que alumbre la vida que lleva dentro. El ateniense dedicó su vida al cuidado de la carne del otro, para que este pudiera hacer fecunda la vida propia.

Descubrió así, que hay una profunda unidad entre cuidar y curar. Todo ser personal está llamado, no solo al otro, sino a su cuidado, al compromiso con su fragilidad que puede acoger tanto la destrucción de sí como su construcción plena.

Curar cuando la fragilidad se torna quebradiza, caminando hacia la enfermedad y la muerte y, absolutamente quebradiza, cuando persigue la peor de las muertes, la de sí mismo, la muerte moral.

Cuidar al percibir la fragilidad como promesa de floración, a la que está llamado ese tallo que crece lentamente a la intemperie, y que promete, si es cuidado, convertirse en bella y olorosa flor de colorido y olor único e irrepetible.

Curar-cuidar. Unidad inseparable porque todo ser humano ha de ser sanado y promovido.

Dos modos de curar-cuidar

Llamado al cuidado del otro y, en el otro, al cuidado de mí. Eso es propio de todo ser humano, lo realice o no.

Mas hete aquí que hay dos formas de lo humano: persona femenina y persona masculina. Dos modos diversos que, lejos de ser dos partes de un todo, son absolutamente diferentes en su común ser personal, pero no excluyentes, ya que están referidos el uno al otro.

Desde esa realidad que comparece, podríamos aventurar que hay dos formas de curar-cuidar: la femenina y la masculina.

La cura-cuidado femenina atiende a lo que es y la masculina a lo que debe ser.

El genio masculino es el de la finalidad, el que descubre y apunta a la estrella polar indicando el norte vital. De ahí que sea fundamental en la educación del varón el suministrarle valores anchos, altos, profundos que estén bien fundamentados. E insistirle, continuamente, que ponga los pies en la tierra para lo cual tiene que mirar a la mujer pues, si no, caerá en un activismo que irá licuando el ideal.

De ahí que la cura-cuidado masculina sea la de buscar el ideal, el fin, y mantenerlo en alto para indicar el sentido, el porqué de esas acciones cotidianas que muchas veces, en aras de la urgencia cotidiana, se verán tentadas a sustituir lo valioso por lo útil. Es el genio masculino el llamado a invocar lo que la persona humana está llamada a ser.

Por su parte, el genio femenino es el del aquí y ahora, el de la encarnación del ideal. La mujer está llamada a vivificar el ideal, a «ponerle patas». Debe mirar al ideal y bajarlo a lo cotidiano, hacerlo real, concreto, carne. No debe, por tanto, imitar al varón sino feminizar el ideal, hacerlo carne de su carne y sangre de su sangre y, desde ahí, exigirle al varón que caminen juntos, y que el lugar primero de la acción no sea el de las «grandes empresas» sino el de la vida cotidiana.

Su cura-cuidado es la del pequeño detalle que nadie ve pero que, con esmero exquisito, hace vida aquello que debe ser.

Curar-cuidar solo se puede desde el sentido que se encarna en la vida. Unidad indisoluble.

Ternura

La ternura es la virtud de la carne, de la unidad corpóreo-espiritual humana. Como todo hábito —la virtud es un hábito— se constituye a través de la repetición de actos del mismo tipo: actos de ternura. La ternura es una respuesta adecuada al ser del otro, del tú. El tú siempre pide ser tratado como quien es y, por tanto, de manera única. Todo acto de ternura solo tiene puestos sus ojos sobre el tú, sobre quién es y sobre quién debe ser. La ternura se centra en la cura y el cuidado del otro. Es un acto de reconocimiento, respeto y apuesta. La ternura brota del ser conmovido por el otro, y la conmoción es resultado de la percepción del valor único del otro que acontece en mi vida y que la remueve de tal forma que la transforma en vocación a dar mi vida por él, a transformarme en don para el don recibido. Por eso los actos de ternura solo brotan del amor. Solo quien te quiere, te puede tratar con ternura y solo quien hace del amor la disposición fundamental de su vida hace de la ternura virtud, apertura a la cura-cuidado del otro.

La ternura es, pues, la virtud de la carne, la virtud de la cura-cuidado del tú.

Amor

Solo puede ser tierno quien ama. En consecuencia, solo puede curar-cuidar auténticamente quien ha hecho del amor la disposición fundamental de su vida.

Consecuentemente, no vale para la cura-cuidado del otro ni el mero valor social de la solidaridad, ni su reflejo psicológico, la empatía. La cura-cuidado exige la ternura que brota del amor.

Tendemos a confundir el amor con un sentimiento. Y, aunque no lo excluye, el amor es más, mucho más.

Donación sería la palabra que mejor podría ayudarnos a intentar entender qué sea el amor. El acto de donación amorosa lo es de toda la persona y, por ello, implica a toda ella. Es así un acto que supone un conocimiento peculiar en el que se percibe, de forma especial, la perla preciosa que es el tú que invoca el amor. Un conocimiento que no todos tienen, y que nunca es pleno. Ese conocimiento provoca en mí un sentimiento de conmoción que me descentra apelando a mi voluntad a poner su centro en el tú que me llama. Y es ahí donde mi voluntad puede decir sí o no. Si asiente, se inicia el amor.

Se entra así en un movimiento de actos continuos y continuados donde el sí primero se sigue actualizando. El sí originario es el fundante, pero no el que asegura la pervivencia del amor. Siendo verdad que el amor pide eternidad, exige ser cuidado en cada acto poniendo en juego toda mi carne —toda mi persona— para acoger el don de la carne del otro y donarme a él. Juego de toma y daca. Don acogido y don donado para volver a ser acogido y donado en tiempo eterno. Don del don. Eso es el amor.

Ese conjunto de actos repetidos se constituye en disposición habitual, virtud. Pero no basta con ello, porque el amor quiere más, pide más, ya que la virtud no regula toda mi vida, sino una región de ella. Es por lo que el amor tiene que tender a convertirse en disposición fundamental. Es decir, en el principio articulador de toda mi vida, de todo mi ser, de toda mi carne.

Debe ser el que articule los valores, los conocimientos, los sentimientos, los deseos y los actos. El punto arquimédico que descubre el sentido de todo. Y en el centro, siempre el tú amado.

De ahí brota la ternura, virtud de la carne que siempre cura-cuida al otro.

Es, por ello, fundamental que tengamos historias de amor auténticas. Historias que nos llamen a ser don del don. Historias de amor esponsal que se desborden en historias de maternidad-paternidad en las que los hijos se descubran como hijos, historias de hermandad, historias de amistad.

Solo desde ahí puede ser posible el amor al hombre, a todo hombre, a toda carne. Lo que los cristianos llamamos amor al prójimo, y que no debe confundirse con la filantropía.

Esto es «amor» al hombre en general. Una actitud meramente teórica (ideológica) fundada, en la mayor parte de los casos, en una generalización del sentimiento de empatía que se suele denominar solidaridad.

Hay que apostar por otra empatía, la que brota del amor, la que me hace reconocer al otro como otro. Esta solo es posible si comprendo que la carne del otro es una llamada al amor. Ser persona es ser digno de ser amado.

Debemos tornar la solidaridad en caridad. No en esa caridad que se asimila a la solidaridad y pervierte su profundo sentido. Conviene recordar que el término caridad proviene del latino caritas que es traducción del griego agape. Término reservado para el amor más grande, el más tierno, el que reconoce al otro como tú y lo ama por él mismo, solo por él mismo. La donación absoluta: el amor de Dios.

Esta es la llamada a la ternura de la cura-cuidado, al amor a la carne del otro que se me revela como tú. Llamada que Cristo nos hace a todos aquellos que, indignamente, queremos ser sus discípulos.

A los profesionales de la cura-cuidado

Es necesario que tengáis una alta capacitación profesional, cuanta más mejor; pero sed, ante todo, maestros de la ternura que toda carne reclama para ser curada-cuidada. Sed maestros de humanidad.

Que toquéis toda carne con ternura, con esa que nace del amor. Que vuestro trato con el que debe ser curado-cuidado sea fruto de la virtud de la ternura, y que esta se asiente en una disposición fundamental, la del amor.

Sea vuestro modelo el Maestro que, en su amor por Lázaro, «se conmovió» (Jn 11,38) y actuó con la fuerza de la ternura que cura-cuida: «Lázaro, ¡sal fuera!» (Jn 11,43).

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