Algo se muere en el alma

Abilio de Gregorio. Barruelo de Santullán (Palencia), 4 mayo 1943, † Salamanca, 13 noviembre 2020

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Dice la famosa canción que algo se muere en el alma cuando un amigo se va. Esa es, al menos, mi vivencia desde que Abilio de Gregorio García partió para el cielo.

Conocí a Abilio allá por 1992, cuando nos dio unas conferencias a los cruzados, aunque entonces me entusiasmó su dominio del tema y su facilidad de expresión, no imaginé que aquello sería el comienzo de una larga y profunda amistad.

Fueron múltiples las veces que recurrí a él para organizar cursos, seminarios, conferencias, mesas redondas…, pero cuando nuestra amistad se consolidó fue cuando yo me jubilé y marché a vivir a Salamanca.

Desde enero del 2014, cuando yo llegué a Salamanca, hasta el 13 de noviembre de 2020 que murió Abilio, periódicamente (semanal o quincenalmente) nos veíamos los miércoles por la tarde en un largo café cultural-social-político-espiritual.

En los últimos años, paralelo a su deterioro físico, fue creciendo su identificación con la espiritualidad de Abelardo de Armas: el desasimiento, las manos vacías, subir bajando…

«Yo lo digo a mi manera, Antonio, pero una enfermedad, con visión de fe, es un continuo echarse a volar y caer. Subir bajando. Sientes que tu vida es como el mar: un constante flujo de energía que suscita esperanza y ganas de superación, pero también continuos reflujos que minan el valor y las ganas de luchar.

»Hay días, sin saber ni cómo ni por qué, que te sientes mejor y con unas ganas enormes de remontar, todo tu espíritu es una pura acción de gracias; pero, otros días, sin saber tampoco cómo ni por qué, llega como una nube negra el empeoramiento y no puedes evitar pedir cuentas a Dios ¿por qué?».

Llegados a este punto, con frecuencia le recordaba una de sus sabias enseñanzas: «Recuerda, Abilio, lo que tú tantas veces nos has dicho: no hay que preguntarse el por qué, sino el para qué».

Y él, asintiendo, me respondía: «La cabeza y la fe lo tienen claro, pero la sensibilidad se subleva. Y, entonces, me acojo a Abelardo y a la oración de los cruzados y… lo que tú quieras, Señor, como tú quieras».

Fue un espléndido colaborador de Estar y, por eso, queremos rendirle un pequeño homenaje con esta separata compuesta por algunos de sus últimos artículos en la revista.

Además de un colaborador magnífico fue, sobre todo para mí, un amigo entrañable del que siempre aprendía algo: «Venga, Antonio, que esto va a mejorar, hay que tener esperanza y confiar porque, para los que tenemos fe: todo es para bien». No lo puedo evitar, ni lo quiero, pero desde que se fue Abilio, los miércoles por la tarde, que era cuando, normalmente, teníamos aquellas largas parrafadas, siento como unos ramalazos de nostalgia en las fibras más nobles de mi ser: la cultura, la amistad, el espíritu…, y es que sí, cuando un amigo se va, algo se muere en el alma.