Antony Flew: un lugar para Dios

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Jesús Amado Moya, Catedrático de Física
El 9
de octubre de 1845 John H. Newman fue recibido en la Iglesia Católica. Su
conversión constituyó un auténtico terremoto. De no menor conmoción fue la
“conversión” al teísmo del filósofo inglés Antony Flew (1923-2010). Hasta 2004,
año en que anunció públicamente en un debate celebrado con ocasión de un simposio
en la New York University su retractación de la incredulidad, se le consideró el
paladín más ferviente, sincero y clarividente del ateísmo. Así lo atestiguaban
más de 30 obras (“Dios: una investigación crítica”, “La presunción del
ateísmo”, “Teología y falsificación”…)
Su retractación originó una
reacción de sus anteriores correligionarios ateos que rayó en la histeria, y
que en alas de Internet se difundió en forma de insultos, caricaturas grotescas
e insinuaciones veladas como el declive de sus facultades mentales o la
manipulación por extraños. A todo lo cual Flew dio cumplida respuesta con su obra
“Dios existe” publicada en 2007, tres años antes de su fallecimiento.
Si en el mundo anglosajón la
“conversión” de Flew tuvo un eco tan amplio (a favor y en contra), en España
apenas halló eco el “caso Flew” en los medios. Silencio que se prolonga hasta
el momento actual. Curiosa asimetría mediática la que se da en todo lo
relacionado con Dios o la religión.
Pero, volviendo a la
evolución del pensamiento de Flew, en mi opinión lo más relevante de dicho
acontecimiento es la influencia que tuvo en él el mundo de los conocimientos científicos.
Cuando parece que tiene carta de naturaleza la oposición entre ciencia y fe,
una persona relevante de la esfera intelectual viene a demostrarnos dos cosas.
Primera, que no sólo no existe oposición entre ambas formas de acceso a la Verdad,
sino que el diálogo entre ambas es posible y fructífero. Y segundo, que la
filosofía constituye el “puente” idóneo, básico en dicho diálogo entre la Ciencia
y la Teología. A la Filosofía compete estudiar propiamente el sentido más
profundo de la realidad -de Dios, del hombre, del mundo- en la medida en que la
razón puede hacerlo con sus solas fuerzas. Por otra parte, la Filosofía
presenta también una considerable capacidad de integración de los saberes y de
consideración de realidades que rebasan el campo de lo experimentable.
Volvamos a la narración de
los hechos, extraídos de la citada obra de este profesor de las universidades
de Aberdeen, Keele y Reading. Con 19 años ingresó en la universidad de Oxford
con una conciencia clara de su ateísmo, pues él mismo declara que desde años
antes defendía ante sus compañeros la idea de que la existencia de un Dios
omnipotente e infinitamente bueno era incompatible con la existencia del mal.
Durante sus años de
doctorado en Filosofía acudió frecuentemente al Socratic Club, un activo foro
de debates entre ateos y cristianos presidido por el famoso escritor cristiano
C.S. Lewis. Es allí donde leyó su trabajo “Teología y falsificación”, manifiesto
ateo que llegó a convertirse en la publicación filosófica más veces reimpresa en
el siglo XX.
En su faceta política se mostró
socialista ferviente hasta los años 50. Es interesante lo que señala a este
respecto: “Lo que realmente me impidió afiliarme al Partido Comunista –cosa que
sí hicieron varios de mis colegas de Kingswood— fue la actitud del Partido
después del pacto germano-soviético de 1939. Obedeciendo las instrucciones de
Moscú, comenzó a denunciar la guerra contra la Alemania nazi como «imperialista».
Sin embargo se convirtió de repente en una «guerra progresista, popular» cuando
las fuerzas alemanas invadieron la URSS. En los años que siguieron me volví cada
vez más crítico hacia la teoría y la práctica comunistas, con su tesis de que
la historia es conducida por leyes similares a las de la física”.
A la abundante producción literaria
vino a sumarse en Flew la participación frecuente en debates públicos sobre
temas relacionados con la religión. Desde la existencia de Dios hasta la
implicación de la cosmología del Big Bang, pasando por temas como ¿Qué
significa “Dios te ama”?, ¿Es coherente el concepto de Dios?, ¿Sobre quién recae
la carga de la prueba?, Flew reconoce que aquellos debates le ayudaron a
perfeccionar más su propia dialéctica y le permitieron conocer a muchos rivales
creyentes dignos de respeto.
Sobre lo que acabó creyendo y
por qué, dice Flew en su libro Dios existe: “Es hora ya de que ponga mis cartas
sobre la mesa, esto es, de que exponga mis propias opiniones y las razones en
las que se apoyan. Creo ahora que el universo fue traído a la existencia por
una Inteligencia infinita. Creo que las intricadas leyes de este universo
manifiestan lo que los científicos han llamado la Mente de Dios. Creo que la
vida y la reproducción tienen su origen en una Fuente divina.
¿Por qué creo ahora esto, después
de haber expuesto y defendido el ateísmo durante más de medio siglo? La breve
respuesta es la siguiente: tal es la imagen del mundo que, en mi opinión, ha
emergido de la ciencia moderna. La ciencia atisba tres dimensiones de la
naturaleza que apuntan hacia Dios. La primera es el hecho de que la naturaleza
obedece leyes. La segunda es la dimensión de la vida, la existencia de seres
organizados inteligentemente y guiados por propósitos, que surgieron de la
materia. La tercera es la propia existencia de la naturaleza. Pero no es solo
la ciencia la que me ha guiado. También me ha ayudado la reconsideración de los
argumentos filosóficos clásicos.
Mi alejamiento del ateísmo no
fue ocasionado por ningún fenómeno o argumento nuevo. A lo largo de las últimas
dos décadas, todo mi marco de pensamiento ha estado desplazándose. Este
desplazamiento ha sido una consecuencia de mi continuo examen de los hechos de
la naturaleza. Cuando finalmente llegué a reconocer la existencia de Dios, no
se trató de un cambio de paradigma, que sigue siendo el que Platón atribuye a Sócrates:
«debemos seguir la argumentación hasta dondequiera que lleve».
Se podrá preguntar cómo yo,
un filósofo, me atrevo a hablar de asuntos tratados por los científicos. La
mejor respuesta a esto es otra pregunta: ¿Se trata aquí de ciencia o de
filosofía? Cuando estudiamos la interacción de dos cuerpos físicos —por ejemplo,
dos partículas subatómicas— estamos haciendo ciencia. Cuando preguntamos cómo
es que pueden existir esas partículas —o cualquier otra cosa física— estamos haciendo
filosofía. Cuando extraemos consecuencias filosóficas de datos científicos,
estamos pensando como filósofos”.
Flew desarrolla en su libro acertadas
reflexiones en capítulos de títulos tan sugerentes como: “¿Quién escribió las leyes
de la naturaleza?”, “¿Sabía el universo que nosotros veníamos?”, ¿Cómo llegó a
existir la vida?”, “¿Salió algo de la nada?”, “Buscando un lugar para Dios”, y
“Abierto a la omnipotencia”.

Finalicemos con sus mismas palabras:
“El descubrimiento de fenómenos como las leyes de la Naturaleza ha conducido a
científicos, filósofos y otros a aceptar la existencia de una Mente
infinitamente inteligente. Algunos aseguran haber establecido contacto con esta
Mente. Yo no lo he hecho; no todavía. Pero, ¿quién sabe lo que podría ocurrir
en el futuro? Quizás algún día pueda oír una voz que dice: “¿Me oyes ahora?”.
“El que a mí viene, no lo echaré fuera”(Jn 6, 37)