Laicado evangelizador

10
Jesucristo puede salvar sin
intermediarios a todos los hombres, pero no quiere hacerlo sin nuestro
concurso. Ni en Caná ni en la multiplicación de los panes hizo el milagro sin
servirse del trabajo de los sirvientes llenando de agua las ánforas o de los
«cinco panes de cebada y dos peces» (Jn 6,9) de aquel muchacho, que no
sospechaba que iba a alimentar con su insignificante aportación nada menos que
a «cinco mil hombres sin contar mujeres y niños» (Mt 14,21). Nosotros tampoco
comprendemos que los hombres se conviertan si vivimos nuestro Bautismo, si
dejamos que el dinamismo divino que encierra se expansione.
Bautismo y Confirmación
lanzan a los laicos al apostolado. Los hacen misioneros. El Papa se lamenta con
razón de una realidad sangrante. Los cristianos, responsables del porvenir del
mundo y del destino eterno de los hombres, se mantienen, egoístas y perezosos, al
margen. Los seglares, hombres y mujeres, no parecen apreciar del todo la
dignidad de la vocación que les es propia como laicos, ignoran que «están
llamados a desempeñar su papel en la evangelización del mundo.»
La consagración bautismal
reforzada en la Confirmación, restaurada en la Penitencia y vigorizada con la
Eucaristía, te lleva a la santidad sencilla y alegre conviviendo con los demás
sin salir del mundo. Te invita a vivir plenamente el Evangelio, pues «los
seglares pueden también subir a la cumbre de la santidad, que nunca ha de
faltar en la Iglesia, según las promesas de Jesucristo.» (Pío XII)
El objetivo de esta santidad
laical tienes que situarlo en las estructuras temporales del mundo en que
vives. Debes impregnarlas de Evangelio: «Los laicos están llamados hoy a
realizar una misión decididamente cristiana: empapar la sociedad con la
levadura de Cristo», a «manifestar el Evangelio en tu vida y, por tanto,
introducirlo como una levadura en las realidades del mundo en que vives y
trabajas» (J. Pablo II)
En el seno de la sociedad
pululan siempre gérmenes de corrupción moral, bacterias que tienden a
desintegrarla. El cristiano es «sal de la tierra» (Mt 5,13) que la preserva de
corrupción. «Los laicos, por su puesto en la Iglesia y por su compromiso
secular, están especialmente llamados a defender el conjunto del orden moral
con su conducta. Sólo por la aplicación conjunta de los principios de caridad,
justicia y castidad, pueden los miembros de la Iglesia ofrecer al mundo un testimonio
convincente de la enseñanza de Jesús, que siempre será contestada.» (Idem)
Impregnar y transformar todo
el tejido de la convivencia humana con los valores del Evangelio es vuestro
cometido. Tenéis que «anunciar una ‘antropología cristiana’ que deriva de ese
Evangelio», sabiendo que «no hay actividad humana ajena a la solidaria tarea evangelizadora
de los laicos»; pues «el cristiano que vive en el mundo es responsable de la
edificación cristiana del orden temporal en sus diversos campos: política,
cultura, arte, industria, comercio, agricultura.» (Idem)
La pupila de un cristiano se
dilata al contemplar la gama variadísima de actividades que el laico debe
evangelizar. «Las grandes fuerzas que configuran el mundo —política, mass-media,
ciencia, tecnología, cultura, educación, industria— son precisamente las áreas
en que los laicos son especialmente competentes para ejercer su misión. Si estas
fuerzas son conducidas por verdaderos discípulos de Cristo y, al mismo tiempo, plenamente
competentes en el conocimiento de las ciencias seculares, entonces el mundo se
transformaría con eficacia desde dentro mediante el poder redentor de Cristo.» (Idem)

Hora de los Laicos