Nueva Evangelización: hacia las personas, hacia la cultura

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No es exagerado decir que vivimos en un ambiente pagano,
sin paliativos, que afecta también de lleno a los bautizados. Europa y en
general Occidente ya no son cristianos desde el punto de vista sociológico y
cultural. Ya no estamos en una sociedad cuyos valores y vigencias son los
cristianos –aunque exista un rescoldo que resurge cuando se acierta a remover el
interior de muchas conciencias-. Y ya no es lo normal que otros vengan desde
fuera a llamar a la Iglesia.

Bien está que las puertas de la Iglesia estén siempre
abiertas, pero ya no se trata de abrirlas para “que vengan”, sino para que
seamos nosotros, los bautizados, singularmente los laicos, los que salgamos a llevar el evangelio. En la
actual situación es preciso caer en la cuenta de que bautizado significa, estrictamente,
misionero. “No podemos permanecer en el estilo ‘clientelar’ que, pasivamente,
espera que venga el feligrés, el cliente, sino que tenemos que formarnos y
prepararnos para ir hacia donde nos necesitan, hacia donde está la gente, hacia
quienes no van a acercarse por sí solos.” (Papa Francisco)
Tenemos que aprender a vivir como cristianos en un
ambiente descreído, aquejado de un paganismo militante, y estar presentes en él
como la levadura y el fermento en la masa.
Desde que en 1983 Juan Pablo II lanzara a la Iglesia a
evangelizar “con nuevo ardor, nuevos métodos y nuevas expresiones”, algo empezó
a cambiar.
De entre los jóvenes empezaron a surgir vocaciones a la
vida consagrada y al sacerdocio, brotaron nuevos carismas y se renovaron otros
ya existentes. Muchos católicos empezaron a salir de su pesimismo.
Benedicto XVI hizo suyo también este modo de entender a
la Iglesia, en clave de misión, como se mostró singularmente en la V
Conferencia General del episcopado latinoamericano en Aparecida, Brasil, en
mayo de 2007. Por cierto, algo tuvo que ver en ese momento el por entonces
arzobispo de Buenos Aires, cardenal Bergoglio.
Hoy, la plástica imagen referida por el Papa Francisco:
“prefiero una iglesia accidentada por salir, que enferma por encerrarse”,
dirigida a los movimientos laicales en la Vigilia de Pentecostés, nos dispone a
mirar hacia la periferia para
comunicar al mundo la vitalidad de nuestra fe en Cristo, el Señor.
Sólo en este salir de nosotros mismos para evangelizar
encontraremos que nuestra fe se vigoriza. Especialmente, los laicos hemos de ponernos
en marcha, para llevar nuestra experiencia de Dios a nuestros ambientes, a la
gente que convive a nuestro lado. A través de la amistad, del afecto, del
trabajo bien hecho. Dando la cara para mostrar que la fe no es un atraso ni un
obstáculo para la realización humana, sino todo lo contrario.
No tengamos miedo a vivir coherentemente nuestra fe,
especialmente, en los escenarios de la vida pública, porque “una fe que no se
hace cultura es una fe no plenamente acogida, no totalmente pensada, no
fielmente vivida” (Juan Pablo II, 1982), es una fe insuficiente.

Navegando por este Año de la fe, no tengamos miedo a
salir a contar y a contagiar nuestra experiencia de encuentro con Cristo. No lo
olvidemos: Todos en la Iglesia somos necesarios, cada uno en su estado y en su
vocación. Pero la reevangelización de un occidente secularizado tiene unos
protagonistas evidentes: es la hora de
los laicos
.