Apuntes a propósito de mi conversión

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Cartuja de Jerez (Cádiz)
Cartuja de Jerez (Cádiz)

Por Javier García Aparicio
Monasterio de la Cartuja de Jerez
Junio, 2021.

Mi conversión no fue «tumbativa», como la del apóstol, ni tampoco se produjo por la aparición de una imagen de Jesucristo, como le sucedió a García Morente… pero, mira tú, sí vino precedida de un milagro. Que yo tuviera ya 48 años lo hacía todo más difícil, si cabe, porque mi deseo de creer —que ahora os cuento— se había convertido por entonces en puro desencanto, simple nostalgia de un paraíso perdido, muy perdido.

Y es que desde que fui —como veinte años antes— a visitar a mi hermana Luz María al monasterio de Sigena, en su toma de hábito, empezó a despertarse en mí un deseo profundo de regreso, de «volver a la casa del Padre», todavía inconcreto pero creciente como una marea. Mi ateísmo se fue trocando en agnosticismo desde el momento en que conocí a aquellas Hermanas de Belén, entre aquellas ruinas que era entonces aquel antiguo monasterio en los Monegros.

Yo venía de Salamanca —había estado antes cuatro años en Sevilla en la Escuela de Arquitectura— donde compaginaba, como podía, mis estudios de Filosofía y una vida como la de san Agustín en Cartago; trabajaba en un pub los fines de semana y los veranos, largos, de cuatro meses, en Mallorca, también en bares y discotecas. Y cuento esto para que podáis haceros una idea del impacto profundo que me causó ese mundo tan radicalmente opuesto que encontré allí: esas vidas sencillas y recogidas en la «soledad y el silencio» y el brillo extraordinario que provocaba en los ojos de aquellas mujeres. Me parecía como una silenciosa manifestación de un tesoro que hubieran descubierto. Allí, y así lo pensé ya entonces, había algo verdadero, algo que era además bello y bueno. Sin que pudiera saber qué.

Pero voy al comienzo: Siendo yo muy jovencito, después de unos ejercicios espirituales con el padre Sevilla y acompañado por un seminarista, poco mayor que yo (que luego llegó a obispo, qué digo, a arzobispo), D. Francisco Cerro, descubrí las primeras mieles de la espiritualidad (el sosiego de la oración, aquellas misas matutinas antes de ir a clase, el Jesús amigo, el evangelio lleno de misterios y sugerencias). Sin duda, aquellos años quedaron en mí una huella emocional que sería luego fundamento para mi conversión. El cristianismo de aquellos años —en los que todavía se desperezaba el Vaticano II— tal como yo lo recuerdo, estaba, sin embargo, lleno de miedos y renuncias, era un cristianismo muy «estoico», como diría Chistopher West (Christoher West: Llena estos corazones. Sindéresis… Sobre la Teología del cuerpo de san Juan Pablo II). En todo caso, cumplidos los 16, después de unos días de fiebre, se me reveló «la verdad» que me acompañaría, de algún modo, durante 32 años: Dios no existe. Y pronto esta intuición adolescente se consolidó con fuertes argumentos que luego supe que ya eran de Feuerbach o de Nietzsche. Dios había muerto. Yo tenía 16 años. Todo estaba permitido.

Once años más tarde, se produjo mi encuentro con las hermanitas; parece claro que aquella experiencia, en aquel viejo monasterio, me espetó una verdad inconfesa: padecía una profunda y pertinaz insatisfacción y ahora, al toparme con ese mundo absolutamente opuesto a aquel del que yo venía, con esas mujeres iluminadas desde dentro, se me revelaba sin escrúpulo.

El hecho es que, desde aquella primera vez, volví a Sigena de forma recurrente (y eran muchos kilómetros en aquellos trenes) a hacer retiros —¡algunos de un mes!— durante los siguientes 10 o 12 años. Horas de estudio de los Padres de la Iglesia, de lectura de las Sagradas Escrituras, largos ratos de recogimiento al acecho de señales, horas de súplica… Pero el silencio se obstinaba en seguir deshabitado.

Hay que decir, «para excusar a Dios», que yo era un hombre «a la altura de los tiempos» (que diría Ortega), de ambientes socialistas cuando menos, ateo, licenciado en Filosofía. Esta me había arrojado a los pies de los caballos del cientificismo materialista, soberbio y ramplón, que se horneó en los principios del siglo XX, y que había situado a Dios en «la fase mítica de la humanidad», ya superada por la filosófica y luego por la científica… ¡Qué lejos estaba! ¡Qué difícil ese camino de regreso!

Tanto que, como empecé diciendo, andaba yo —cuando mi conversión, a mis 48 años y ya desde hacía tiempo—, en la desilusión y la desesperanza: Dios no había aparecido por ninguna parte. Así que, resignado, renuncié a mi empeño. Mi conversión no iba a depender —esto quedaba claro—, de mi esfuerzo sino, definitivamente, de la generosidad de Dios.

Sin embargo, parece que antes de que sucediera, tenía todavía que «gustar muerte» («Yo me esforzaba en llegar a ti, pero era rechazado por ti para que gustase muerte, porque tú resistes a los soberbios». San Agustín: Confesiones. L. IV). Eso sí, una muerte para disponer un milagro.

En el otoño en que cumplí los 48 años, meses después de una operación de columna que me mantenía postrado, empecé reconocerme síntomas claros de esa enfermedad que nos quita el deseo (el eros esencial que somos): la depresión. Hacía tres días que no conectaba el teléfono. La sombra de una implacable «desgana» iba «tomando la casa». Consciente de lo grave que me ocurría, le dije a mi madre —me cuidaba en mi casa de El Puerto de Santa María— que necesitaba ir a ver a Chiqui [Luz María] a Sigena. Que no estaba bien. Mi madre ya lo sabía, claro que lo sabía. Así que en estas llamé al inspector médico que me dijo tajante: No puedes viajar, antes de argumentar lo palmario: tenía una prótesis sujetando mi médula. Uf, imagino a mi madre llorando a Dios… ¡no podía perecer «el hijo de tantas lágrimas»!

Y entonces sucedió. Dos o tres días después de esta llamada frustrante, recibimos una carta. Una carta… ¡Es de Chiqui! Pero tiene un remite muy largo, dijo mi madre inocentemente. Se la quité de las manos, la abrí precipitadamente y leí algo así como: Querido hermano, llevo un mes aquí en la Cartuja de Jerez —¡a 12 km de mi casa!—, ven a verme cuando quieras. Sin compromiso —recuerdo que decía, porque me hizo sonreír mi sorpresa—. Después de veinte años en Sigena le habían propuesto venir a Cádiz y había dicho sí. Justo ahora. No podía creerlo. Había gritado, y el Cielo se apiadó de mí.

Vengo por mi hermano, le había dicho ella a la priora cuando llegó la Cartuja.

Y os cuento ya el desenlace lo más breve que puedo:

Mira por donde, en los últimos años, mis razonamientos me abrieron el camino: la filosofía (a través de Nietzsche, Ortega, Rorty, Gadamer…) me había llevado a un escepticismo fértil. La historia de la ciencia y del pensamiento arrojaban un saldo claro: la necesidad de aceptar humildemente que nuestra comprensión del mundo es metáfora, interpretación (hermenéutica)… Condenso lo que quiero decir, a partir de aquí, con esta cita sesgada que descubrí en Unamuno (El sentimiento trágico de la Vida):

[…] Porque nada digno de probarse puede ser probado ni refutado, [] sé prudente, agárrate siempre a la parte más soleada de la duda y trepa a la Fe… (Alfred Tennyson)

Comprendí lo que debía ser obvio: que la aceptación de la existencia de Dios tenía que fundamentarse en un acto de voluntad, de fe, (en un «fiarse»). En ese salto mortale al que se refería Kierkegaard…

Así se me reveló en los retiros —que siguieron a aquel acontecimiento extraordinario— en el vientre primordial del silencio, (ese camino a Dios que debo también a las hermanas de Belén) [“Dios habla en el silencio, y solo el silencio parece poder expresar a Dios” (Cardenal Sarah)]. Y, un día, le dije a la priora: «Tengo dudas, hermana, pero me gustaría comulgar… ¡Dudas tenemos todos! —dijo ella—¡Hala, y confiésate!» El jueves de la Ascensión, después de muchas lágrimas, tomé mi segunda primera comunión… Y ellas, claro, me hicieron una fiesta. Ah, cristianismo de «Banquete» (que diría C. West), de gozo, de deseos cumplidos: «El Señor ha preparado una fiesta para mí: me ha dado un vino generoso para que me sacie».

El camino por delante era —sigue siendo— largo, pero la vida dejaba de ser el relato sin significado de un idiota lleno de ruido y furia… De pronto, todo parecía nuevo. «Tú eres mi hijo, yo te he engendrado hoy».

Pocos años después moriría mi hermana Luz María. El valor y la confianza con que lo hizo fue un espaldarazo a mi fe, y testimonió que, verdaderamente, Jesucristo había venido a librarnos de la muerte… Pero eso es otra historia.

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