Conversos de ayer a hoy. Cristo sigue llamando

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Foto: Keem Ibarra
Foto: Keem Ibarra

Llamamos converso a alguien que vivía sin fe, pero un día encuentra la fe y ya no puede vivir sin ella. Hay algo de misterio en esa transformación, que, normalmente, no sucede de la noche a la mañana sino de manera lenta y natural, aunque también hay caídas del caballo a lo san Pablo.

Son conversos desde san Pablo a María del Himalaya, pasando por Ignacio de Loyola, León Bloy, G. K. Chesterton, Paul Claudel, C. S. Lewis, Giovanni Papini, Charles Péguy, Aleksandr Solzhenitsyn, André Frossard, Gary Cooper, Vittorio Messori, Juan Manuel Cotelo, María Vallejo–Nágera, Eduardo Verástegui y un larguísimo etcétera. Algo pasó en sus vidas, algo que los llevó de la incredulidad a la fe, del ignorar a Dios a no poder vivir sin él.

Podríamos decir que un converso es alguien que no tenía a la religión como una de las prioridades de su vida y, de pronto, la religión se convierte en la principal razón de su existencia. Ellos se definen así: «Ayer no estaba enamorado, pero hoy sí». Y esa conversión, ese enamoramiento, surge en las situaciones más dispares e incomprensibles. También de la forma más natural. Dios tiene mano izquierda y derecha y usa las dos para enamorar y convertir: en la niñez y en la senectud, en el triunfo y en el fracaso, en la salud y en la enfermedad, en la paz y en la guerra, en los campos de exterminio y en la paz adormecedora, en la excelencia del conocimiento universitario y en la sencillez de la más humilde fábrica manual.

El proceso de conversión, más que efervescencia emocional, es como un horno para hacer pan: calienta lentamente para hacer fermentar. Es algo que puede definirse como milagroso. Y el certificado de veracidad de este milagro está en que sucede con naturalidad. Es un proceso normalmente largo, lleno de humildes y modestos sentimientos de consuelo y seguridad. Agustín, cuando inicia su proceso de conversión, es consciente de que a diario es un poco más feliz, y eso le hace todavía más feliz y lo acerca a Dios.

Aunque, insistimos, también hay conversiones fulminantes.

Ellos —los conversos— han optado, como nosotros, por seguir a Cristo en algún momento de sus vidas. Y, así, Cristo marca un antes y un después en todas nuestras trayectorias vitales que siguen manteniendo las formas humanas, pero sublimadas por el amor, algo así como la familia de Nazaret: la familia más divina bajo la apariencia más humana.

La Iglesia, a pesar de las apariencias, está muy viva; Cristo sigue llamando y, por eso, hubo, hay y habrá conversos de ayer a hoy.

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