Así superé el coronavirus

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Foto: Fusion Medical Animation
Foto: Fusion Medical Animation

Por Juan Carlos Merino, sacerdote

Después de doce días, de no quedar señal del virus, de estar curada la neumonía y no necesitar ya oxígeno, salgo del hospital para seguir curándome en casita. ¡A tope!

Lo hago conmovido por tantas atenciones de todo el personal sanitario. De mi ángel Javier, médico internista de urgencias del hospital. Él me ha traído en su coche, me ha visitado incluso cuando no le tocaba trabajar. La primera vez que vine a urgencias, un compañero suyo me dijo que podía estar tranquilo porque era un santo. La verdad es que su cualificación, su atención, su bondad, y tantos y tantos detalles, han supuesto mucha seguridad para mí y una caricia constante de Dios.

Mi ángel, Luis Miguel, párroco de Santa Teresa y Santa Isabel y secretario de la Vicaría, tan solícito en todo, y que me dio la unción de los enfermos y la comunión. Mis ángeles María José, amiga y diligente médico de familia que me ha estado acompañando desde atención primaria y que ahora permanece como paciente en IFEMA, y María, médico que también ha caído con la enfermedad pero que todos los días me ha estado siguiendo con su delicadeza y atención, compartiendo el virus, ahí es nada. No puedo poner rostro a tantos porque al estar en la planta de infecciosos no he visto una sola cara, solo he oído, hemos hablado, he sido cuidado.

Profesionalidad y profunda humanidad. No he visto ni una salida de tono, siempre una humanidad que, desde luego, no se improvisa. Incluso cuando alguno de los compañeros que peor lo han pasado y cuya desesperación se escuchaba de forma desgarradora, la reacción ha sido siempre de una ternura, firmeza y atención encomiables. Desde las que limpiaban la habitación, traían la comida, cambiaban la cama, hasta las enfermeras y los médicos. Orgullosos de una condición humana por la que no necesitan —aunque agradecen— aplausos, sino que en las dificultades de ajustes (en mi habitación de dos estábamos tres) siguen ofreciendo lo más bello del ser humano. No tengo sus rostros, pero muchos de sus nombres sí, e imborrable recuerdo del trato recibido. Vivo como un privilegiado por haber dado con tan buena gente. El amor vence siempre, también en las situaciones más duras.

La realidad de la fragilidad tal cual, desnuda, sin los ropajes habituales que hacen olvidarme de ello o disfrazar mi condición de criatura, me han ido abriendo, cada vez que pasaban los días, a un itinerario de profundo agradecimiento. La experiencia de un abrazo de Amor que me consuela en lo más profundo, una presencia regalada que me sostiene y me lleva a agarrarme a la cruz, el anhelo profundo del Dios vivo, pedir perdón por mis pecados, querer reparar el gran pecado del mundo que se olvida de Dios y el deseo de contemplar en la vida la verdad del amor.

La liturgia de las horas, la meditación de la palabra de Dios, el rosario, las lecturas, mi amiga de juventud santa Isabel de la Trinidad y, como una inmensa gracia, el mensaje del papa del 27 de marzo sobre la pandemia, me hacen ver que la vuelta a lo cotidiano no es volver a la normalidad. Esto ha pasado para algo. Estamos deseando hacer una vida normal, pero necesito hacer memoria de este paso descomunal de Dios detrás de tanto dolor. No necesito que todo vuelva a lo de antes, necesito ir a lo nuclear de la vida en lo cotidiano.

Agradezco tanto la vida y el ministerio que se me ha dado y las personas que estáis en mi camino, y las ayudas anónimas recibidas cada momento que muestran que Dios sigue custodiándonos. Y la fuerza intercesora de un pueblo que suspira con lágrimas al Dios que llora por la suerte de sus hijos.

Y experimento la llamada a aprender a contemplar orante estos acontecimientos tan dramáticos para ver la verdad que late en profunda conexión: la verdad del Dios amor que se abaja para darnos vida y la fuerza transformadora y resucitadora de ese amor que se ve en el ancla de la cruz de la que habla el papa. Salgo del hospital con la llamada del papa: «El Señor se despierta para despertar y avivar nuestra fe pascual».

El altar de mi cama, tan pequeñito físicamente, me recuerda que mi vida debe ser una constante eucaristía, aunque no haya podido recibir al Señor sacramentado, y abrir mi corazón para querer abrazar tanto dolor, tantas angustias y miedos. Lo oía algunas noches en grito estremecedor, conversaciones, que antes eran sobre cuándo volver a casa, se tornaban deseo de no sufrir y morir. La fuerza del amor no quita ni un momento de intensa dureza. Me decía una celadora que lo peor era la soledad para muchos enfermos. Cada vez que me llamaba nuestro arzobispo, don Carlos Osoro, ponía el móvil en manos libres y nos daba la bendición a los tres enfermos. Incluso cuando había más flojera se ponían de pie para recibir el bálsamo de la bendición del obispo.

Llamada a seguir entregando la vida para que todos tengan vida, conozcan el amor más fuerte que la muerte y la fuerza transformadora real, auténtica, creativa, de ese amor para cambiar el mundo. Lo dice el papa Francisco: «Hoy, en el drama de la pandemia, ante tantas certezas que se desmoronan, permanece el amor».

Ese amor que he visto en vuestro apoyo, vuestra oración, la creatividad al manifestarlo. Familia, sacerdotes, vida consagrada, amigos que el Señor me ha ido regalando y que formáis parte fundamental de mi vida y que, en estos días, se ha mostrado con más belleza en vuestro cariño y atenciones. Y el equipazo de la Vicaria VII, a tope. Sobre todo, con vuestra oración. Es el gusto espiritual de ser pueblo. Vuestra fe es faro para mantener viva la mía. No olvidaré la profunda comunión vivida estos días, real, concreta, manifestada en la oración, en la delicadeza y tanto tipo de atenciones. Gracias desde lo más profundo de mi corazón.

Me han salido demasiadas palabras, un poco deshilachadas y sin matizar demasiado. He dejado hablar al corazón. Me sentía en la obligación de compartir con vosotros algo que hemos vivido en parte juntos. Muy agarradito a la mano de la Madre, que siempre me ha llevado, puedo caminar tranquilo.

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