Asociación Bocatas

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Asociación Bocatas
Asociación Bocatas

Por Míchel Toraño

Los militantes de Enseñanzas Medias de Madrid nos aventuramos el pasado 17 de febrero con la Asociación Bocatas para repartir comida a personas que se encuentran en la droga.

La actividad comenzó con la celebración de la Eucaristía en la parroquia Santo Tomás Apóstol, vinculada a Bocatas, asociación que lleva 27 años yendo todos los viernes con numerosos voluntarios a realizar esta obra de caridad.

Gracias a todos por vuestro tiempo, dedicación, cariño y entrega.

Comparto algunas experiencias…


Había escuchado a muchos amigos hablar sobre Bocatas y en alguna ocasión a «Chules», un ángel en la tierra, la historia de esta preciosa iniciativa.

Al ir con jóvenes, tenía una sensación extraña de temor por todo lo que se ve y se oye sobre la Cañada Real. No es precisamente de un lugar idílico, se dice que es el lugar más peligroso de Madrid, y si es difícil entrar, más difícil es salir.

Al llegar, me sorprendió sobre todo cómo a 10 minutos del centro de Madrid puede existir un lugar así. Un lugar lleno de chabolas en el que viven multitud de familias con niños.

Llegamos al lugar más interno y, al aparcar, me dije: «sal del coche, no te va a ocurrir nada, confía».

Poco rato después —y como en toda la Cañada se había ya corrido la voz de que los chicos de Bocatas habían llegado— empezaron a llegar muchos niños y, poco después, personas de todo tipo. Decidí, quizás por temor, meterme dentro de la furgo para ir sacando cosas. Seguramente lo hice para estar más «seguro».

Empecé poco a poco a ver cómo se relacionaban unos con otros y a observar, en cada uno de los que me acompañaban, el rostro del mismo Cristo. En poco tiempo, ya tenía mi corazón totalmente entregado y todo temor desapareció y pude ver cómo este grupo, compuesto por personas de todas las edades, dejaba todo un viernes para dedicarse a los que más lo necesitan. Sobre todo, veía respeto y cariño en cómo hacían las cosas.

Conocí muchas personas que tenían un testimonio parecido, y el hilo conductor era una mala decisión o una serie de malas decisiones, que los habían llevado a allí.

Vi mucha ruina, desesperación, fracaso, rencor, tristeza y sobre todo dolor en sus ojos. Para los chicos y para mis hijos, fue una lección de vida impresionante y una enseñanza que les dejó una huella imborrable.

«Chules» y todos los demás, con su cariño, no solo les traen un poco de comida, les hacen sentirse cómodos, acompañados y por encima de todo, amados.

Porque el Señor estuvo en todo lo que se hizo. Se terminó con una acción de gracias y una oración que fue impresionante y que, una vez más, me recuerda que todos somos hermanos e iguales ante los ojos de nuestro padre Dios.

Juanma González


Los militantes tuvimos la gran suerte de poder participar en la operación Bocatas, que se promueve con el objetivo de repartir comida y acompañar a las personas que viven en la Cañada Real en unas condiciones que, para nosotros, son de otro mundo. Y este es el punto del que quiero hablar de «otro mundo».

Cuando estábamos yendo en coche, la primera sensación que tuve al entrar al recinto fue pensar que estaba en otro mundo: ver barriles ardiendo, niños corriendo sin control a oscuras, niños menores de 10 años fumando, encontrarme chabolas hechas de ladrillos y restos de madera, casetas en las que se vendía droga, etc. Una sensación de haber viajado a otro país, olvidando por completo que todavía nos encontrábamos en la capital de España. Una cosa que me sorprendió era la buena integración y aceptación de la gente, su buena actitud con nosotros y el buen recibimiento que nos dieron. Estar alrededor de una fogata hecha con basura y unos palés de madera se convirtió en el momento esencial del día. Allí estábamos todos, voluntarios, militantes y los de la Cañada, hablando y conviviendo.

Allí tuve la suerte de conocer a Antonio, padre de familia de 30 años. Llevaba desde los 14 años viviendo en la Cañada, sus padres eran vendedores de droga y él no tuvo otra opción que dedicarse también a ello, se casó y tuvo dos hijos.

Yo, que vivo en un estilo de vida completamente diferente y necesito a Dios en mi día a día, le pregunté sobre su fe y me respondió que su mujer era evangélica y que le llevó a la oración que ellos tenían y en la iglesia, escuchó la palabra de Dios, sintió su presencia y creyó. Le estuve contando un poco sobre quiénes éramos y cómo yo vivía mi fe siendo tan joven. En la conversación salió la palabra misericordia, y me contó que nunca supo exactamente lo que quería decir, tal que le puse el ejemplo de la parábola del hijo pródigo. Ante mi asombro me dijo que jamás la había escuchado, por lo que se la conté y le dije que aun con su pasado Dios jamás abandona a su hijo, que siempre le espera con los brazos abiertos para su encuentro. La experiencia que tuve aquel viernes no la olvidaré, no olvidaré aquella conversación con Antonio, ni tampoco todo lo que vi aquel día.

Me marché con dolor y pena sabiendo que yo seguiría con mi vida normal y que ellos volverían a una monotonía sin sentido, sin ninguna salida profesional, sin ninguna educación para los niños y dejando pasar el tiempo hasta que alguno pueda ganarse la vida con algo, aunque sin muchas esperanzas de poder salir de allí. Me parece algo totalmente inhumano.

Gracias Milicia de Santa María por haberme dado la oportunidad de haber vivido esto.

Javier Ratia


A mí, en la actividad del viernes de los bocatas, me impresionó el hecho de ver tantísima gente puesta al servicio de una comunidad de personas que están tan alejadas de lo que es lo que vemos a diario.

Víctor González


Al llegar a la Cañada, ver que estaba apartado del mundo, me produjo una sensación de expectación, tenía curiosidad por ver qué había ahí. Me impresioné bastante cuando vi los barriles quemarse y, más aún, cuando me dijeron que eso era para indicar los puntos donde se vende droga, aunque haya niños en esas casas. También me sorprendió el comportamiento de muchos jóvenes, como el de un niño de 10 años fumando, el de uno de 7 diciéndole a los adultos que si le dan un cigarrillo, y un chaval de 18/19 años que aparentaba 25. Finalmente, las anécdotas que nos contó un chico de 10 años de la prostitución infantil y de los secuestros que había allí.

Juan Pablo Isidoro

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