Basida: solidaridad práctica

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Basida
Basida

Por Jesús García

Basida cambió nuestras vidas

Basida es la casa de la solidaridad hecha palabra, hecha obra, hecha carne. Por ello, para ponernos en contexto y llegar a comprender las maravillas que engloban los testimonios que presentamos a continuación, es necesario conocer un poco su historia tal y como ellos —los fundadores— la describen:

Todo empezó con un grupo de jóvenes de una parroquia de Aranjuez que decidimos dejar nuestras familias, nuestro trabajo, y dar un paso movidos por un intento, un deseo de ser coherentes con el Evangelio. La idea era crear casas de acogida para atender a todas esas personas que, por la enfermedad del SIDA, por el problema de la droga, estaban viviendo una situación en la que iban a morir en condiciones de abandono, de soledad en hospitales sin el apoyo de la familia, por todo el miedo que suponía en aquel momento la enfermedad. Estamos hablando de hace 25 años.

El sueño comenzó en la niñez con la idea de dedicarme a los demás y de compartir mi vida con otra gente. Es cierto que cuando les contaba a mis amigos de entonces esta historia, me decían que eran castillos en el aire, algo utópico e imposible; pero yo hoy puedo decir que esa utopía es realidad.

Nosotros queríamos dedicar nuestra vida a los demás.

Objetivamente, esto es Basida. Y lo que viene a continuación es lo que Basida ha obrado en cada una de nuestras vidas (Grupo JPII):

Basida 1
Basida 1

Bienaventurados los misericordiosos

Hace unos seis años que fui por primera vez a Basida. Fue en unas convivencias del grupo Juan Pablo II, en las que yo aterrizaba por primera vez. Siempre había hecho voluntariado, pero lo que vi en la casa de BASIDA, no lo había visto nunca.

De lo que más me acuerdo es de ver a gente sonreír. Gente que había dejado todo lo que tenía, y se había ido a dar su vida por los demás. Yo veía que eran felices. Tenían una vida que consistía en estar atentos al prójimo para hacer todo lo posible por cada uno de los residentes. Sin descansos, sin tiempos muertos, sin perezas, sin quejas…

También me acuerdo de los residentes, la otra parte de la casa, que tanto habían sufrido durante su vida por diferentes problemas de salud, de adicciones, de excesos… No tenían nada. Lo habían perdido todo, y estaban en una situación que sería calificada como miserable. Y también eran felices. Después de esa semana de voluntariado, me fui a casa con algo que me removía el corazón.

Tres años después, volví a la misma casa durante algo más de un mes. Pude ver la vida de esa casa durante mucho más tiempo. Y seguían igual: felices, entregados, incondicionales a ese amor que les unía a todos. Durante ese mes, pude digerir totalmente el verdadero sentido del altruismo, el verdadero significado del prójimo y la realidad de lo que es el amor.

Me acuerdo de todos los residentes, a los que ibas a ayudar, y ellos eran capaces de ayudarte a ti, dándote las gracias por estar ahí en cada momento, regalándote una sonrisa cada vez que les ayudabas a algo. Esas sonrisas de ser felices de verdad. Esas sonrisas de haber encontrado la verdad. Como dice el versículo de la biblia: Encontraréis la verdad, y la verdad os hará libres (Jn 8,32). Así, personas que habían sido prisioneras de las drogas, del sexo, de las malas influencias durante toda su vida, ahora son libres.

Me acuerdo también de los que están en esa casa dándose a los demás. Siendo el cambio que este mundo necesita. Dejando de lado toda su vida, para entregarla por aquellos que más lo necesitan. BASIDA es la casa de los fieles al Deja todo lo que tienes y sígueme, de los que visten al que está desnudo, de los misericordiosos que alcanzarán misericordia.

Nicolás B.

Basida 3
Basida 3

Acoger, aportar, compartir

En febrero de 2017, llegué a la casa de Basida de Navahondilla. Durante los siguientes meses acudía casi semanalmente para echar una mano hasta que acabó el curso.

Se dice que la caridad es «la médula de toda fe cristiana». La fe cristiana de la comunidad, de Paloma, Rafa y Elena, es la médula y el motor del trabajo de cada día en la casa. Así, la solidaridad se expande en tres direcciones: acoge, aporta y comparte. Y así es Basida.

Acoge a enfermos como Isa, María, Rai o Juanito, que necesitan ayuda con la ducha, para moverse, e incluso algunos para comer. En la casa también viven niños como Sami, Samuel, Juan o Fali, que necesitan ayuda para hacer los deberes. Todos los días hay que ayudar en el gimnasio, en la cocina, en la limpieza… Trabajo no falta. Y eso es un poco lo que hice yo cuando estuve. Acogen también a un montón de voluntarios; da igual la edad que tengas, el país del que vengas o en qué situación vayas, que serás bienvenido.

Basida aporta una forma distinta de ver las limitaciones y los problemas. Si en vez de mirarnos el ombligo, de ahogarnos en un vaso de agua con nuestros problemas, echamos una mano en la casa (en la vida) y ayudamos a los demás, parece que estos se hacen más pequeños. Así, en la casa cada uno aporta lo que puede, dentro de sus posibilidades.

Por último, en Basida se comparte, no sólo lo material sino también los ratos de las comidas, de piscina en verano, o de bingo. Recuerdo con especial cariño el taller de baile de los lunes.

Para mí fue una gran experiencia que me marcó, me enseñó, me aportó y que quiero compartir. Es muy fácil hablar de las injusticias o de la falta de solidaridad. Lo difícil es pasar a la acción. Esta casa pone su granito de arena para, entre todos y poco a poco, construir un mundo más solidario.

María V.


Cachito de cielo

Cachito de cielo es la expresión que utilizo cada vez que se habla de Basida a mi alrededor. Es, junto con el mes de misiones en Perú, la experiencia de entrega que más ha tocado y cambiado mi vida. Por eso, siempre que se habla de la casa de Basida, trato de explicar las maravillas que esta casa ha hecho en mí.

Y, cachito de cielo, porque esta casa representa el cielo en la Tierra. Allí se vive paz, aun con todo el sufrimiento que la casa tiene en su interior; y en un ambiente de entrega, pues todos (incluidos los peques o residentes de la casa) están en disposición de ayudar a su compañero de «piso».

Un día le preguntaba a Rafa (responsable de la casa de Navahondilla): ¿cómo es posible que personas que sufren tanto levanten la mirada y se pongan a ayudar a personas que están igual o peor que ellos? Humanamente, no tiene sentido y es inverosímil. Cuando sufrimos, el ser humano tiende a encerrarse en sí mismo y olvidarse de lo que hay a su alrededor. Sus problemas son lo más importante y el sufrimiento del resto siempre será menor en términos graduales.

Su contestación era que no lo sabía, pero me dio dos motivos que quizás sí responden a esta realidad: era algo natural que la casa había ido desarrollando y que las que las personas que se van incorporando adquieren con cierta naturalidad. Es decir, un ambiente preparado para el servicio y el olvido constante de los problemas personales. Y en segundo lugar, porque Dios estaba y guiaba esa casa todos los días. Él es así y por tanto, va haciendo su obra tal y como él es.

Y yo me pregunto, ¿quién no quiere vivir así toda su vida? Esta fue la gran pregunta y por su puesto su respuesta (un sí rotundo) que me llevo de esta casa y que trato que guíe toda mi vida en cada cosa que hago. Esta es, siguiendo el ejemplo de Basida, la forma de vivir del cristiano y a la que todos estamos llamados.

Este verano el grupo universitario de la Milicia vuelve a la casa. Ojalá lleguen a descubrir la grandeza de esta casa y marque toda su vida, como impactó en la del grupo de jóvenes que hace años fuimos por primera vez y que seguimos considerando como una parte fundamental de nuestra vida.

Jesús G.


Dejarse sorprender por Dios

El verano pasado fue la primera vez que visité Basida. Iba porque me tocaba; de hecho no quería ir. Participaba en un campamento en el cual hacíamos misiones y elegí Rescatar (en abortorios) e ir a hospitales y pedí, por favor, que no me tocara Basida…, pero Dios sabe lo que hace, así que me tocó un día en cada sitio.

Fui a Basida enfurruñada sin ganas de nada, solo quería que estuvieran los niños de la casa de los que me habían hablado otros compañeros y así, poder bañarme en la piscina con ellos (era la misión más fácil)… Pero llegué y los niños se habían ido de campamento, así que me tocó otro «déjate sorprender».

Una vez allí me fui con Antonio a limpiar un gallinero y convertirlo en su actual taller de pintura. Sin duda, que ese día cambió mi forma de ver la casa. Al final de la mañana (llena de lodo, estiércol, sudor, rasguños, agujetas) estaba feliz con una sonrisa de oreja a oreja. No me dolía nada y además, sabía que no quería salir de aquel lugar.

A las dos semanas de estar en Basida, el Señor me dio otra oportunidad para volver y allí que fui de cabeza, está vez abierta a lo que viniera. Me tocó hacer de todo, desde cosas que yo no hubiera imaginado hacer jamás, hasta estar con los niños.

Para mí fue una motivación y un ejemplo ver cómo los residentes de la casa, a pesar de todas sus debilidades y su falta de capacidades, se ayudaban entre sí. Abuelitas que te ofrecen su propia ayuda; acompañar a una mujer de 86 años cuando se levanta y se arregla poniéndose sus pendientes y collares (y que te hace volver a por ellos si se le ha olvidado), mientras te cuenta su historia y cómo lucha por seguir adelante; estar con personas que con solo mirarte te lo dicen todo; el simple hecho de escuchar batallitas de la guerra civil…

Estar en Basida fue —y es— un regalo muy grande. Uno descubre que no hace falta irse a otro continente para poder ayudar. Puedes hacerlo aquí y, además, sentir que te ayudan a ti también. Y todo esto, a tan solo dos horas de tu casa.

Basida es un lugar, del que puede que jamás hayas oído hablar antes; pero al que, sin ninguna duda, merece la pena ir y vivir en primera línea.

Nerea de L.