Belleza Trinidad

Vidrieras en Zamora (I)

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Altar mayor Hogar de Zamora
Altar mayor Hogar de Zamora

Por Rogelio Cabado

Nuestras capillas, allí donde se encuentran los Cruzados de Santa María y el Movimiento de Santa María —habitualmente en medio de la ciudad—, son un remanso de paz. Lugares de oración y encuentro, donde el Santísimo y la imagen de María son centro y sosiego para el caminante, espacio de cielo que cuidamos con especial esmero, sencillez, buen gusto, y estética.

En el Hogar de Zamora, plaza de San Esteban, se encuentra uno de estos oratorios, lleno de luz y armonía. El retablo con fondo en piedra de granito zamorano, lo preside un bello Cristo en madera, Cristo vivo clamando al Padre de los cielos. La imagen de la Virgen Reina, bella obra en alabastro, abraza al niño, al que enseña a leer. El precioso sagrario, un cofre de madera, con el tetramorfos en sobre relieve que rodea al cordero Pascual. La imagen sencilla de san José joven, toma al niño Jesús con su mano. Con la otra, sujeta un serrucho cuya hoja es la misma que utilizaron muchos de mis alumnos para cortar placas electrónicas de circuito impreso, a lo largo de años. El facistol y lampadario, obra de Miguel Fernández, artesano en forja, nos introducen de lleno en el misterio.

Un lugar cargado de historia y vivencias de cientos de jóvenes que se han arrodillado ante estas imágenes. Para llegar a este precioso espacio recorremos cuatro bellas vidrieras en hormigón, que lucen sobre los ventanales, dando luz multicolor a la capilla y que tuve el gozo de diseñar en la construcción del edificio. Vidrieras trinitarias. El Padre creador, el Hijo redentor y el Espíritu Santo consolador. Ellas tres dibujan una línea común que les da unidad y complementariedad, un camino, el camino de la perfección en el amor. Este camino se inicia en la obra creadora en forma de arco iris y se prolonga en la vida de Cristo redentor. Ahí se purifica cobrando fuerza y dinamismo, pasando por el fuego del Espíritu Santo en Pentecostés, con María y los apóstoles en el cenáculo. Forman todos ellos una unidad que estalla en una fuente de luz radiante, la vida consagrada, maravilla y reflejo de entrega de Dios al mundo —pero sin ser del mundo—: laicos santificando las estructuras temporales desde dentro, los institutos seculares. Es la cuarta y única vidriera vertical, como queriendo elevar hacia Dios trinidad a toda la humanidad en una ofrenda sublime.

El hormigón del que están formadas es un material basto para el diseño artístico donde difícilmente se pueden perfilar detalles. Aun así, tiene la gran ventaja de expresar la globalidad y generalidad de las cosas. Ello nos introduce en la esencia de lo que quiere expresar. El grosor de la vidriera, sustenta las «dallas» de vidrio que, en diversos colores, ofrecen al conjunto una luminosidad tonal excepcional, máxime cuando se juega con el relieve del propio vidrio traslúcido de veinte milímetros de espesor, con la posibilidad de romperse, a gusto del artista.

Durante el día, la luz de la capilla es una fuente de alegría y esperanza, llena de color, como la naturaleza misma. La luz del sol llega desde el exterior, como el amor de Dios, y a través de las vidrieras, en una sinfonía cromática, recrea el espacio armónico donde lo más sagrado, el altar barroco y el sagrario, invitan a la oración. Durante la noche con la luz interior, solo se perciben desde dentro las siluetas del misterio que se intuye en contraste entre el blanco hormigón y el oscuro vidrio. Desde el exterior, el patio interior de la casa, en la luminosidad del día, con las luces de la capilla encendidas, se vislumbra la belleza del espacio sagrado y la cercanía atractiva de la luz en la noche, como una fuente iluminada de esperanza que atrae hacia lo sagrado.

Los colores que desvela la luz son toda una expresión de sentimientos y trascendencia.

El papa Benedicto XVI, muy sensible a la belleza del arte religioso, nos recuerda que:

«El glorioso arte de las vidrieras […] concentran la luz usándola de manera que toda la historia de Dios en relación con el hombre, desde la creación hasta la “Segunda Venida”, brilla a través de ellas. Las paredes de la iglesia, en interacción con el sol, se convierten en imagen por derecho propio, el iconostasio de Occidente, prestando al lugar un sentido de lo sagrado que puede tocar todos los corazones, incluso los agnósticos».

A lo largo de los próximos números de la revista iremos desgranando el rico sentido de cada una de estas vidrieras.

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