Catecismo de la vida espiritual

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Al introducir su Camino de perfección, santa Teresa se justifica culpando cariñosamente a sus hijas, las primeras que le siguieron al monasterio de San José de Ávila, por la insistencia con la que amorosamente le importunaron para poner por escrito consejos que les guiaran en el camino de la vida de oración.

«Confío en sus oraciones, que podrá ser por ellas el Señor se sirva acierte a decir algo de lo que al modo y manera de vivir que se lleva en esta casa conviene…». A pesar de sus disculpas, como si lo que en sus avisos se contiene pudiera no ser valioso ni conforme al sentir de la Iglesia, en sus páginas nos ha dejado un tesoro de sabiduría, de experiencia y de íntimo y verdadero amor a Dios, un camino seguro de vida interior: «No hay que menester alas para ir a buscar a Dios, sino ponerse en soledad y mirarle dentro de sí. Lo importante no es pensar mucho sino amar mucho; y hacer lo que mejor te incite a amar. El amor no es un gran deleite, sino el deseo de complacer en todo a Dios. Y sin amor todo es nada».

En un tiempo de convulsión, Teresa y sus hijas contribuyeron a regenerar la vida de la Iglesia partiendo de la reforma personal.

Esta misma impresión produce la lectura del Catecismo de la vida espiritual, recientemente publicado por el cardenal Robert Sarah. A pesar de que el título haga pensar en una exposición didáctica de la doctrina cristiana, es mucho más que eso.

Un catecismo es ciertamente una enseñanza de verdades esenciales con una finalidad práctica: fundamentar la relación del hombre con Dios según la fe de la Iglesia. Aquí, además, hallamos un itinerario de vida interior —como el de Teresa— para ahondar en el seguimiento de Cristo a la luz de los sacramentos.

La vida de fe es un viaje de vuelta a casa, un nuevo éxodo interior, la vuelta a los orígenes, al evangelio y los sacramentos, pilares de la vida espiritual. Es este un camino en el que no estamos solos. El autor nos guía con claridad desde el nihilismo posmoderno que respiramos, «un camino en medio del desierto» que Dios quiere recorrer junto a nosotros.

Este libro surge de la preocupación por la crisis de fe que atraviesan la humanidad y la propia Iglesia. Nos encontramos ante la urgencia de centrar nuestros criterios y nuestra vida en la Palabra de Dios y en el Magisterio. «Está en juego la unidad de la Iglesia, porque fuera de la verdad no hay unidad», afirma el autor en la introducción. De la fe recibimos la seguridad de que la gracia actúa, «precisamente cuando las apariencias permiten suponer que nuestro mundo se dirige hacia su perdición… También en nuestro siglo los hombres tienen derecho a esperar de los cristianos un testimonio valiente, nítido, perseverante y firme en la fe».



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