Buscar la excelencia en un mundo mediocre

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Buscar la excelencia en un mundo mediocre
Buscar la excelencia en un mundo mediocre. Foto: Ridofranz

En España, vivimos años de degradación educativa porque los distintos gobiernos, en lugar de buscar el bien común con un gran pacto de estado, se han dedicado a politizar la enseñanza y, así, llevamos en los últimos años un montón de leyes y planes de estudios que van minando la búsqueda de la excelencia educativa al sustituirla por la ley del mínimo esfuerzo:

Si partimos de 1985 con la LODE, en 1990 tenemos la LOGSE, en 1995 la LOPEGCE, en 2002 la LOCE, en 2006 la LOE, en 2013 la LOMCE y en 2020 la LOMLOE. ¿Se puede buscar calidad y excelencia ante tanta inestabilidad? Difícil.

Cuando se busca el bien común, fomentar la excelencia educativa debe ser prioritario. Una excelencia que no busque solo conocimientos, sino que potencie el trabajo en equipo y enseñe a vivir de manera actualizada, profunda, integral y realista.

No se construye una sociedad justa con ciudadanos mediocres, ni es la mediocridad el mejor camino para lograr una vida plena. Confundir «democracia» con «mediocridad» es asegurar el rotundo fracaso de cualquier sociedad que se pretenda plural y libre. Una educación integradora no debe multiplicar el número de mediocres, sino universalizar la excelencia.

Es evidente que las mejores sociedades no dudan en subir los estándares, derribar barreras limitantes, potenciar la excelencia y no «igualar por abajo». Son sociedades que juegan a ganar y no a no perder.

En nuestro mundo actual —tan disruptivo y exigente— intentar mejorar la educación es un reto para afrontar con valentía y sin demora. Nos jugamos nuestro presente y el porvenir de nuestras siguientes generaciones.

Educar no es quitar obstáculos, sino dar recursos; por eso cuando a lo más que se aspira es a lo mínimo, el alumno aprende que todo da más o menos lo mismo; pero como la realidad no es así, se generan ciudadanos desadaptados a los que se pretende «encajar» o «centrar» con sexo, droga e incultura, ingredientes eficaces de personas sensibleras, superficiales y manipulables.

Es decir, no se utiliza la educación para formar ciudadanos libres, maduros y responsables, sino que se hace un uso partidista de ella para tratar de convertirla en una fábrica de votos.

Atención, pues, que en la gran aventura de la vida no es —ni mucho menos— un episodio menor la gesta de educar, y educar para la excelencia; si, además, buscamos la excelencia en un mundo mediocre, la aventura se torna apasionante.

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