Acompañamiento espiritual: comunicación entre humanidad y espiritualidad

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Acompañamiento espiritual
Acompañamiento espiritual

Por Jesús Carlos Sastre

Acompañamiento de la persona en su totalidad

El acompañamiento espiritual (guía y/o dirección espiritual) es una mediación que trata de ayudar a la persona a descubrir y cumplir la Voluntad de Dios en su vida. Y para cumplir este fin, es necesario no dejar nada fuera, toda la persona entra en juego, en todas sus facetas y dimensiones.

La madre Teresa de Calcuta en una carta del 25 de marzo de 1993, escribió desde Varanasi (India) a sus hermanas comunicándoles una gran inquietud que llevaba en su corazón desde hacía tiempo: Me preocupa que alguno de vosotros todavía no se haya encontrado realmente con Jesús —cara a cara— tú y Jesús a solas. Y más adelante dirá: Estad alerta de todo lo que pueda bloquear ese contacto personal con Jesús vivo.

¿Y si el problema en la vida espiritual no fuera tanto la falta de generosidad o la falta de fe, sino la falta de diálogo entre espiritualidad y humanidad?

Algunos se tienen por contemplativos porque lloran delante del Santísimo. Pero son como ese niño que llora ante una película como Pinocho, porque el protagonista sufre. ¿Y fuera de la capilla? ¿Es capaz de llorar o reír frente a sus propios sentimientos? [1]

¿Es compatible crecer espiritualmente si esa espiritualidad no dialoga con la propia humanidad? ¿Cómo se da la maduración personal del bautizado? ¿Es una cuestión, principalmente, de recibir charlas y hacerse exigentes compromisos espiritualistas? Parece imprescindible conocer el propio corazón para entrar en contacto con el Corazón de Cristo, no hay otro camino.

El paso del ídolo al icono

Tratar de vivir algún tipo de ideal (sea evangélico o no), produce una tensión en la persona (precisamente por ser ideal, va más allá de ella misma).

¿Cómo salvar la distancia entre lo que soy y lo que deseo ser? Aparentemente sólo hay dos posibilidades: bajar el listón de la belleza y la exigencia del ideal, o prescindir de la propia humanidad viviendo en postizo. ¿Habrá un tercer camino? ¡Lo hay! Y ahí es donde entra el acompañamiento espiritual como instrumento fundamental.

El ideal cristiano lo conocemos perfectamente, lo hemos aprendido bien. Evangelio, santidad, apostolado, conversión…, todo aquello que sabemos de cabeza y utilizamos tan bien en asambleas y círculos, puede llegar a ser un ídolo, la forma más noble de ahorrarse el mal trago de aceptar la propia humanidad. Todo ídolo exige su tributo. El ídolo del Evangelio nos exige el tributo de nuestra humanidad (silenciándola, prescindiendo de ella…). El icono del Evangelio nos abre al diálogo humilde de nuestra vida con lo que está llamada a ser… Dejamos de hacer apostolado a golpe de voluntarismo, y comenzamos a ser Encarnación.

Por tanto se vuelve muy importante ayudar a la persona a conocer los propios puntos de fuerza, pero también las debilidades y heridas, para hacerse cargo de ellas en una perspectiva de fe, y para volverse más auténticamente consciente de la profunda necesidad de la gracia de Dios. El acompañamiento no es formativo ni espiritual si no logra tocar estos espacios profundos de nuestro ser [2].

Ayudar a dialogar a espiritualidad y humanidad para evitar construir la una sin la otra (gigante con pies de barro) o viceversa (voluntarismo, perfeccionismo…). El camino es siempre el mismo: buscar la unidad de la persona, haciendo verdad en su vida. Y la regla de oro: respetar lo que se es, para llegar a ser lo que se desea ser.

Ser acompañado para poder acompañar

Parece entonces que, para ayudar a hacer este recorrido a otras personas, es imprescindible haberse dejado ayudar uno mismo por otras, y haberlo recorrido en primera persona. Si no, ofrecer acompañamiento a otros será buscarse a uno mismo, o hacer turismo espiritual junto a otro.

Cuando uno toma conciencia de la propia fragilidad, del misterio que representamos para nosotros mismos, comienza a aprender a custodiar el misterio que representa también la otra persona. Sin invadir, sin suplantar, ayudar a la persona a mirarse con nuevos ojos, con más conciencia de sí misma, con un deseo de una mayor libertad, con una implicación de su propia libertad cada vez más auténtica.

Repercusiones de un acompañamiento veraz

Cuando Dios entra en nuestra vida, todo se ilumina. Ser dócil a Dios, fiándose de las mediaciones, en concreto del acompañamiento espiritual, facilita:

  • Relaciones más libres y más auténticas. Reconocerse amado incondicionalmente por Dios por lo que somos (no por lo que aparentamos ante los demás o nosotros mismos), posibilita vivir las demás relaciones desde una confianza de base mayor, con más autenticidad.
  • Los acontecimientos concretos de la vida se vuelven ventanas al misterio. La vida deja de ser anodina y gris y comienza a hablar a gritos. La vida cotidiana, potencialmente, tiene una gran riqueza formativa.
  • Crecer en autenticidad. ¡Y en autoestima! Puentearse a sí mismo tiene su costo. Humildad es andar en verdad. Santa Teresa sabía que en una verdadera conversión se da la aceptación, tanto del propio límite, como de los talentos recibidos.
  • Y hacer verdad en la propia vida, a la luz del Amor incondicional de Dios, es la puerta para descubrirse como bendición para los demás. Normalmente la perla de la espiritualidad de un santo nace de su herida: Francisco de Asís, desposado con la dama pobreza, en sus inicios hijo de mercader rico; Ignacio de Loyola, hombre entregado a la Mayor Gloria de Dios, antes buscador incansable del reconocimiento mundano; Teresa de Jesús, amiga fuerte de Dios, veinte años hambreando sucedáneos de amor en el locutorio…
  • Profundizar en la propia identidad, a la luz del Amor incondicional de Dios, es la puerta para descubrirse llamado a la misión. Nuestra vida es misión. La persona sólo se encuentra plenamente a través del don sincero de sí misma. Pero sólo se da lo que se tiene, lo que se es.

Notas:

1 MERTON Thomas, Semillas de contemplación, capítulos 30-33.

2 Cfr. RIGON Samuela, «Credere a Dio o alla psicologia?», en Tredimensioni 1(2004), 92-98.