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Con los Misioneros del Sagrado Corazón del Perú

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Ejercitantes, Misioneros del Sagrado Corazón del Perú
Ejercitantes, Misioneros del Sagrado Corazón del Perú

Julio Chevalier (Francia, 1824-1907) es el fundador de los Misioneros del Sagrado Corazón y de toda una familia de religiosos y laicos extendidos en más de 40 países. Para él todo ser creado es una «palabra de amor de Dios», desde el átomo hasta el Corazón de Jesús. La primera respuesta que surgió de su corazón estaba motivada por la frialdad e indiferencia religiosa que embargaba la región del Berry, y Francia entera. Solo la comprensión, por parte de los hombres, del amor que Dios les tenía podía motivar un cambio en sus corazones. Y esta fue su primera preocupación misionera: dar a conocer el amor misericordioso de Dios a todos. El nuevo título de «Nuestra Señora del Sagrado Corazón», con el que quiso honrar a María, se mostró como vía privilegiada de penetración y siembra misionera.

Acabo de enriquecerme con el don de su carisma al tener que dirigir una tanda de Ejercicios Espirituales a los misioneros del Perú en la encantadora y recoleta Casa de los Carmelitas de Lurín.

Si no creyese firmemente que el director de los ejercicios es el Espíritu Santo, parecería imprudencia que un laico que solo ha dado ejercicios a jóvenes se meta en estos asuntos. Felizmente, la obediencia hace milagros. También me asesoré de amigos sacerdotes.

La verdad que al ver misioneros venerables como monseñor Bernhard Kühnel, obispo emérito de Caravelí, o el P. Gerardo Muller, con más de 90 años a sus espaldas, impone respeto. Sin embargo, fue tal su sencillez y docilidad que me cautivaron por su fervor en la práctica de los ejercicios ignacianos, en silencio y soledad. Lo mismo podría decir de los demás misioneros que fueron para mí ejemplo de oración y superación.

Junto al texto del libro de los Ejercicios y alguno de su espiritualidad les facilité dos textos del papa Francisco, la carta C’est la confiance con motivo de los 150 años del nacimiento de santa Teresita y las catequesis acerca de la pasión por evangelizar.

Gracias por la belleza de la fogata. Fue increíble. Recuerdo de los campamentos, del brasero del hogar de Rollán, vivencias de montañeros de Santa María en Lourdes, Pirineos, Gredos, Valcobero, Quequeña, Cieneguilla… Lleno de gratitud y gozo —en silencio de la noche, solo interrumpido con el crepitar de llamas— me puse a cantar la canción «Es el fuego quien lo anima». Nuestra Iglesia se cubre de cenizas, necesita esta llamarada del Espíritu, que renueve, que reavive las brasas de nuestra esperanza y nuestra caridad. Quema nuestros pecados y lanza llamas de misericordia y de amor. Madre del Sagrado Corazón danos un corazón nuevo, grande, para amar como tú, como tu hijo, como los santos.

Me impresionó el testimonio del P. Gerardo cuando al preguntarle por su recuerdo de Tierra Santa nos dijo que no se acordaba de nada. Esta es la humildad, ser nada, el alzhéimer. Nos creemos dioses, alguien, y sin embargo ¡qué poca cosa! ¡Qué adelantamos con ver, curiosear, almacenar si ni siquiera lo registramos y se nos olvida! Señor, no soy nada, haz de mí lo que quieras, perdóname, quiero ser santo, todo tuyo. Llévame donde quieras. Vamos con tu Madre, ¡totus tuus!

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