Conversos: un grito de certeza y de esperanza

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Foto: Nico Smit
Foto: Nico Smit

Por Miguel Lolek

El término conversio se refiere a un cambio moral y espiritual profundo, inherente al seguimiento o al retorno a Dios y a la religión verdadera; significa cambiar de vida, tomar un rumbo diferente para seguir a Cristo según la fe de la Iglesia por él fundada, creyendo en lo que ella es y enseña, entrando a formar parte activa de ella. Todo ello crea una orientación nueva y radical de la vida y una percepción original de la realidad.

En este cambio, tanto si es súbito como si tiene lugar a lo largo de un proceso dilatado, lo esencial es la fe que acepta a Jesucristo como salvador personal y como Dios. La comprobación radical de haber encontrado a Cristo confiere así valor y sentido a la vida, al sufrimiento e incluso a la muerte.

Obviamente, en la conversión de una persona se pone de manifiesto que la dimensión religiosa se considera fundamento de todas las demás dimensiones de la vida. Sin embargo, la mentalidad laicista dominante hace que la idea de conversión sea prácticamente incomprensible. El dominio de esta mentalidad es tan firme que impregna imperceptiblemente en muchos casos el contenido y valor de nuestra fe y nuestra conciencia misma de creyentes. Para el ámbito académico y para los núcleos creadores de opinión —de esa mentalidad que solemos llamar «pensamiento único» o «políticamente correcto», dominada por el positivismo y el relativismo— la práctica de la fe pertenece a un mundo extraño. Y al no entender la fe, se hace prácticamente imposible entender la conversión.

Y sin embargo… el testimonio de los conversos es como un grito de esperanza y de reafirmación de que la fe en Dios y la pertenencia a la Iglesia de Cristo son la respuesta a la necesidad de cualquier hombre y mujer, vengan de donde vengan, hayan vivido lo que hayan vivido. Es un clamor elocuente de que la búsqueda y el hallazgo de la Verdad, vividos con honestidad, firmeza y humildad, son una energía que puede llenar una vida de gozo, de fecundidad y de sentido, y de que constituyen un fermento social capaz de originar un mundo más humano y justo, más lleno de sensatez y de paz.

Los caminos que conducen a Roma

La conversión es, ante todo, un acontecimiento de gracia y de perdón por parte de Dios. El testimonio de personas convertidas es una inyección de esperanza y de certeza para los creyentes que, a menudo, rutinizamos nuestra vida de fe, relativizamos la verdad y el orden moral y cedemos a las seducciones de tantos ídolos: el bienestar, el éxito, el dinero, el poder político, el placer…

La de Pablo en el camino a Damasco pasa por ser la conversión más paradigmática dadas sus características singulares y su trascendencia. Pero todas las historias de conversión son diferentes, como los copos de nieve o las huellas dactilares. Tanto si son repentinas como si son fruto de un largo proceso, todas son dramáticas de algún modo por la transformación tan profunda que implican. No son pocos los que, tanto ayer como hoy, tienen que sufrir renuncias muy serias, incomprensiones y persecución por el cambio de orientación en sus vidas. Pero en todas ellas se da el gozo del hallazgo y la posesión de algo grande y presentido, aquella «Belleza tan antigua y tan nueva» de la que hablaba san Agustín recordando su propia conversión.

Ahora el camino es en dirección a Roma. Evocando la parábola de los obreros de la viña (Mt 20,1–16) puede decirse que el Señor llama a todos a la conversión, pero a cada cual a su hora, diferente de la de los demás.

A veces se distingue entre conversos que nunca fueron católicos y ahora lo son y reversos, que nacieron como católicos, abandonaron la Iglesia, dejaron enfriar su fe y al cabo del tiempo han regresado a ella. Pero unos y otros suelen tener en común el celo, la pasión, el gozo agradecido de haber hallado el tesoro escondido de sus vidas y el deseo de que otros muchos lo encuentren.

Otra característica muy común a los conversos a la Iglesia es haber aprendido a amarla a pesar de los pecados de muchos de sus miembros. Se trata así pues de una fe «depurada», que se dirige a lo esencial: la persona misma de Cristo, la plena confianza en él, a pesar de las deficiencias de tantos de sus seguidores.

Es típico también el fervor por la pureza doctrinal. Se trata de buscadores de la Verdad con mayúsculas, que la han encontrado en la Iglesia fundada por Cristo. En muchos casos peregrinan laboriosamente hasta llegar a su destino, como le ocurrió a san Agustín. En todo caso están convencidos de que Cristo dijo: «Construiré mi Iglesia» y, como afirma Scott Hahn: «No es tu Iglesia ni es la mía; es de Cristo».

A veces los hay que «se pasan de frenada» en su celo, como Tertuliano allá por el siglo III o contemporáneos como Evelyn Waugh y Magdi Allam. Toda conversión es una gracia, eso es lo fundamental, pero también es un proceso en el que se cuenta con nuestra libre colaboración y con la posibilidad de recaer en el error. Así, el filósofo Fabrice Hadjadj, procedente del ateísmo nihilista, es hoy un hombre de fe, pero afirma: «La conversión no ha sido un punto de llegada sino de partida. Un punto de partida muy arriesgado y peligroso […] ¿Y si esas paredes fueran menos las de un refugio que las de una palestra? ¿Y si hacerse cristiano abriera la posibilidad de lo peor? […] Haber ganado el premio gordo no dice nada acerca del uso que yo pueda hacer de todo ese dinero».

Conversos de ayer y de hoy

Pero volvamos a la historia y la actualidad de las conversiones. Si hiciéramos caso de los medios que dominan el escenario cultural podría parecer que se trata de hechos del pasado, de un pasado lejano incluso: María Magdalena, el buen ladrón, Pablo, Justino, Agustín, Francisco de Asís, Ignacio de Loyola, Juan de Dios…

Sin embargo, las conversiones a la fe católica siguen siendo una constante en la historia, una línea de sucesos que hunde sus raíces en el surgimiento del cristianismo y que se prolonga hasta el presente.

Pocas veces se oye hablar de que en la actualidad se producen conversiones asombrosas y en gran número, lo mismo entre la gente sencilla que entre personalidades de notable relieve social y cultural. Pertenecen a dicha lista de contemporáneos conversos nombres tan destacados como los de los filósofos Manuel García Morente, Jacques y Raissa Maritain, Edith Stein, Dietrich von Hildebrand, Ludwig Wittgenstein, Alasdair MacIntyre, Marshall McLuhan, Julián Marías, Fabrice Hadjadj (por no citar al mismísimo Voltaire, en el siglo XVIII, o al fundador del Partido comunista italiano Antonio Gramsci); actores famosos como John Wayne, Gary Cooper, Alec Guinnes, Gary Sinise, Mark Wahlberg, Martin Sheen, Eduardo Verástegui; artistas como el tenor Andrea Bocelli, los pintores William Congdon y Kiko Argüello, directores de cine como Alfred Hitchcock, Frank Capra y Juan Manuel Cotelo, el guitarrista Narciso Yepes, el arquitecto Antonio Gaudí y el escultor Etsuro Sotoo; escritores, periodistas y poetas como Oscar Wilde, Max Jacob, Ramiro de Maeztu, Gilbert K. Chesterton, Joseph Pearce, Ernestina de Champourcin, Paul Claudel, Charles Peguy, Thomas Merton, Giovanni Papini, Graham Greene, Sigrid Undset, André Frossard, Vittorio Messori, Irène Némirovsky, Malcolm Muggeridge, Juan Manuel de Prada, Peter Seewald o José María Zavala; exploradores como Charles de Foucauld; religiosos anglicanos o luteranos como J. H. Newman, H. E. Manning, R. H. Benson, Ronald Knox, el hermano Roger de Taizé, Scott y Kimberly Hahn; judíos como Alfonso de Ratisbona, Eugenio Zolli y el cardenal Jean María Lustiger; islámicos como Jospeh Fadelle y Mario Joseph; científicos, humanistas y médicos como Edmund T. Whittaker, Pierre Lecomte du Noüy, Ramón Menéndez Pidal, Daniel Rops, Alexis Carrel y Bernard Nathanson; políticos como Donoso Cortés, Juan José Domechina, Mercedes Aroz, Tony Blair y Jane Haaland Matlary…

Los lectores disculparán esta larga sucesión de nombres, aunque sin duda la selección de los mismos —y la consiguiente exclusión de otros muchos dignos de mención, gente sencilla y poco conocida en su inmensa mayoría— es muy parcial e incompleta. El propósito es ofrecer una certeza: Dios sigue llamando y tocando los corazones; la gracia de Dios sigue fluyendo a lo largo de la historia, Dios es la meta final de muchos hombres y mujeres que buscan honestamente la verdad, la felicidad y el sentido de la vida… Hombres y mujeres de todos los lugares y de todos los tiempos.

Y si él iluminó el corazón de estos hombres y mujeres, puede hacerlo —y lo hace— con otros muchos, nosotros mismos en primer lugar. El poder misterioso de la gracia divina puede transformar hoy y siempre los corazones más rebeldes, invitando a una confianza sin límites: «¡Seáis Vos bendito, mi Dios, por siempre jamás, que en un momento deshacéis un alma y la tornáis a hacer» (Sta. Teresa, Fundaciones, 22,7).

Todos necesitamos conversión

No olvidemos tampoco que el retorno del pecador a la vida de la gracia y de la virtud, aun sin abandono de la fe, es también una auténtica «conversión». Y en este sentido todos estamos necesitados de ella de manera permanente, pues la identificación de pensamientos, sentimientos y voluntad con Cristo es una tarea siempre inacabable, una lucha de toda la vida: trabajar por despojarnos del hombre viejo y revestirnos del hombre nuevo (Ef 4,22–24).

La Iglesia católica es en realidad una comunidad de pecadores convertidos que viven de la gracia del perdón y a su vez la intentan transmitir a otros. «Conversión es la palabra permanente del Evangelio» (T. Morales). No ha de entenderse solo como un momentáneo acto interior sino como una disposición estable. Como dijo S. Juan Pablo II, «La conversión en esta tierra nunca es una meta plenamente alcanzada: en el camino que el discípulo está llamado a recorrer siguiendo a Jesús, la conversión es un empeño que abarca toda la vida».

La clave de la conversión de un alma es poner la confianza en Cristo: centrar pensamiento, voluntad, compromisos y deseos en él (cfr. Flp 2,5); pero también desánimos, incoherencias y miedos. Jesús recuerda que el reino de Dios está ya dentro de cada persona y que solo hace falta volver a mirar con ojos de fe y con humildad en nuestro interior y acoger la llamada a una nueva vida. Es sin duda tarea nada fácil pero apasionante.

Apasionados buscadores de la verdad

La «dictadura del relativismo» bajo la cual vivimos en nuestros días nos lleva a pensar que no hay verdades concluyentes y universales, que cada uno si es sincero tiene «su» verdad, y, por consiguiente, carecen de sentido entre otras cosas el anuncio misionero de Cristo, la conversión a la fe católica o la necesidad del bautismo, puesto que todas las confesiones religiosas serían equivalentes.

Pero los convertidos nos recuerdan desde su profunda experiencia que la Iglesia fundada por Cristo es necesaria para la salvación, que es el camino establecido por Dios donde se hallan la plenitud de la fe, de la verdad, del bien y de la gracia. Dios nos conoce en profundidad y aprecia la «buena voluntad» del hombre, el deseo sincero de buscar el bien y la verdad. Y así, «quienes, sin culpa suya, no conocen el Evangelio de Cristo y su Iglesia, pero buscan a Dios con sincero corazón e intentan en su vida, con la ayuda de la gracia, hacer la voluntad de Dios, conocida a través de lo que les dice su conciencia, pueden conseguir la salvación eterna» (Lumen gentium, 16). Sin embargo, no es posible la salvación si existe un rechazo consciente del camino establecido por Dios para ella.

John H. Newman, eminente converso y hoy ya canonizado, expresó de forma inequívoca sus ideas a este respecto en la alocución que pronunció al recibir el nombramiento de cardenal: «Durante treinta, cuarenta o cincuenta años me he resistido con todas mis fuerzas al espíritu del Liberalismo en religión […] El Liberalismo en religión es la doctrina que no acepta la existencia de la verdad absoluta en el ámbito religioso, sino que afirma que un credo es tan bueno como cualquier otro […] y que la religión revelada no es una verdad, sino un sentimiento y una experiencia; no obedece a un hecho objetivo o milagroso, y a cada persona le asiste el derecho a interpretarla a su gusto». Es preciso, entonces, entender el verdadero ecumenismo, que consiste en que todos los cristianos alcancen la plena comunión en Cristo a través de su única Iglesia.

Ellos nos muestran el camino

El testimonio de los conversos es para los creyentes un don admirable que hemos de agradecer y al que debemos corresponder con una fe más honda, mejor formada y vivida con más ardor.

En su magnífico libro Roma, dulce hogar, en el que narran su conversión, Scott y Kimberly Hahn escriben: «A nuestros hermanos y hermanas católicos queremos animarlos y motivarlos a conocer mejor la fe católica, que ha sido confiada a nosotros como un patrimonio sagrado. Por vuestro propio bien y el de los demás estudiadla, para saber qué creéis y por qué lo creéis. Leed la Sagrada Escritura diariamente. Es la inspirada e infalible palabra de Dios escrita para vosotros, como la Iglesia católica ha enseñado sistemáticamente a lo largo de este siglo, especialmente en el Concilio Vaticano II. Sumergíos en ella para que podáis vivirla más plenamente, y compartirla con más gozo. Ese es el camino para hacer la fe contagiosa. ¡Necesitamos más católicos contagiosos!».

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