Crisis de educadores

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Fernando Martín
Herráez
La crisis que padecemos y que está en boca de todos, no
es sólo la amenaza de bancarrota para empresas privadas, instituciones
públicas, familias o individuos. Hunde sus más profundas raíces en la falta de
auténticos educadores que orienten a niños y jóvenes al bien, la verdad y la
belleza auténticas.
No es cosa de hoy. El cáncer minaba hace décadas la
entraña moral y social de muchos países. Pero no queríamos verlo. Cincuenta
años después, la dictadura del relativismo ha corrompido sensibilidades y
obnubilado inteligencias. Se sigue pensando que el principal problema de nuestro
tiempo es económico. Y no. Es sobre todo un drama moral y espiritual. El papa Francisco,
a los pocos días de iniciar su pontificado, denunció dos cosas: la visión por
la que el hombre se reduce a aquello que produce y a aquello que consume, y la
dictadura del relativismo que hace a cada uno medida de sí mismo y pone en
peligro la convivencia porque no puede haber verdadera paz sin verdad.
Tomás Morales lo advirtió también con claridad. Algunos
le consideraban un exagerado pero, en realidad, él y unos pocos más – a este
lado de la trinchera, permítaseme la expresión- supieron ver a lo lejos las
consecuencias de la mediocridad, del mero interés crematístico y la
superficialidad con que la educación y la profesión docente se habían ido
desnaturalizando. Al “otro lado”, sin embargo, personas y grupos procuraban hacerse
con cátedras y puestos de enseñanza, seguros de apoderarse de las riendas de la
sociedad, con un afán predominante: erosionar la conciencia moral y espiritual
-cristiana en muchos casos- de numerosos países.
El padre Morales buscaba en la historia ejemplos que
ilustraran su convicción. Recordaba el “error de Constancio”, emperador romano
(337-361) en el que han incurrido tantos gobernantes que permitieron que las
cátedras cayeran en manos de profesores de ideología anticristiana. Pensaba
Constancio que bastaba con clausurar los templos paganos, prohibir sacrificios
idolátricos, decretar la pena de muerte para los que practicasen el paganismo, dejando,
en cambio, a cargo de sofistas paganos y filósofos neoplatónicos la dirección
de los estudios superiores y la educación de los dirigentes. Y advertía también
el P. Morales acerca de las ideologías totalitarias o pseudoliberales que desde
los días de la Ilustración o de Napoleón tratan de monopolizar la escuela
esclavizándola a la política.
Benedicto XVI lanzó un grito de alarma ante la
“emergencia educativa”, y Pablo VI afirmaba ya en los años 60 que la educación de
la juventud era el problema fundamental de la acción pastoral, concluyendo que
hacían falta educadores de caracteres fuertes, constantes y activos, capaces de
asumir la profesión docente como un auténtico y decisivo apostolado. Con ello
también lanzaba una advertencia a las familias cristianas.
La salida de la crisis actual, crisis antropológica,
moral y de sentido, si ha de ser eficaz y duradera, ha de centrarse en la educación
integral de la juventud. Hacen falta maestros bien formados, con ideas claras
acerca del bien y del mal, conscientes del gran valor de su vocación docente. He
aquí a los auténticos misioneros que necesita nuestro tiempo: la nueva
evangelización pasa por suscitar auténticos maestros y educadores, profesores,
padres y madres de familia. Hay una misión más estable y menos ruidosa, más
fecunda y duradera, más radical y trascendente. Es la que ejerce el maestro
-docente o padre- cristiano y consecuente.

Evangelizar el mundo de la enseñanza es tarea apasionante
para un cristiano; suscitar y animar vocaciones a la educación entre los
jóvenes mejor preparados, una urgencia ineludible.