Cuando el tesoro de la razón engendra monstruos

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La razón engendra monstruos. Ilustración: José Miguel de la Peña.
La razón engendra monstruos. Ilustración: José Miguel de la Peña.

Imaginen un paisaje maravilloso, recreen un acontecimiento agradable, recuerden el rostro o los gestos de un ser querido…, todo ello es posible sin gastar dinero, sin desplazarse de su sillón, incluso sin la presencia física de lo representado. Todo gracias a nuestra mente. En términos actuales es como tener una tablet en nuestro interior que nos permite pensar, calcular, imaginar, recordar, abstraer o contemplar. A través de ella podemos entrar en nuestro interior y encontrarnos con nuestro núcleo más íntimo. Pero, como todo lo importante que tenemos, a menudo no le damos importancia, y solo cuando lo perdemos o no funciona bien, lo valoramos. Deberíamos maravillarnos y dar gracias por este tesoro que tenemos con más frecuencia.

Ocurre a veces que esa mente, en lugar de captar la realidad externa, crea su propia realidad y la considera como la única válida y verdadera. Así ocurre con las alucinaciones, o con algunos trastornos mentales. En esas situaciones no captamos la realidad, sino que la elaboramos, damos primacía a nuestras elaboraciones mentales sobre la realidad. Es lo que le pasaba a D. Quijote, quien estaba enamorado de Dulcinea del Toboso, mujer dulce y hermosa, pero que en poco se parecía a Aldonza Lorenzo la mujer de carne y hueso en la que se inspiraba su amor.

La fascinación del poder de la mente y la necesidad que tenemos de entender el mundo es tal que muchas veces surge la tentación de elaborar una explicación, partir de algunos datos o deseos, sin tener en cuenta la realidad en su totalidad. Se dice que cuando Hegel, padre del idealismo, expuso su sistema filosófico, alguien le objetó que eso no coincidía con los hechos, a lo que él respondió con total seguridad: «Peor para los hechos».

En cierto sentido, sea o no verdadera la anécdota anterior, desde entonces el mundo fue regido por las ideologías, grandes construcciones mentales para entender y transformar la realidad, unidas a un deseo de manipulación de las mentes y del propio mundo.

El problema es que esas ideologías no coincidían con los hechos y, en efecto, el resultado fue «peor para los hechos». La historia de los dos últimos siglos ha sido la consecuencia fáctica de unas ideas locas que pretendieron acomodar la realidad a sus postulados, en lugar de ajustar sus esquemas a la realidad. Así ha ocurrido con los totalitarismos, populismos o nacionalismos, por citar algunos casos de ideologías políticas. Pero la naturaleza, o la realidad, es tozuda y al final se impone: negar la libertad, el derecho a la propiedad privada, ignorar la dignidad humana y sacrificarla a los planes del Estado acaba fracasando, aunque no evitó millones de víctimas.

Pero la tentación de las ideologías no afecta solo a la política, sino también al ámbito de las ciencias, especialmente las humanas, y a la cultura. Así ocurrió, por ejemplo, con el psicoanálisis freudiano, con la llamada «nueva pedagogía» o la actual «ideología de género». No olvidemos que la falsedad y la mentira siempre convencen por la parte de verdad que llevan consigo, todas estas ideologías tienen una parte de verdad, pero ello no puede confundirse con su veracidad en la medida en que no se ajustan a la realidad; dicho de otro modo, son falsas. El problema es que se imponen de modo despótico y se descalifica a cualquiera que pretenda oponerse a ellas con descalificaciones o incluso «muertes civiles» como demuestra el movimiento woke.

Tal vez algún lector paciente que haya llegado hasta estas líneas piense que todo esto sea una cuestión abstracta o demasiado «filosófica», pero no es así. Las ideologías están en el aire que respiramos, en las películas que vemos, en la educación que reciben nuestros hijos y en nuestra propia convivencia y conversaciones.

Cuando hablamos de la educación actual, o de la enseñanza oficial y decimos que hay serios motivos para preocuparnos, a pesar de que nunca hubo tantos medios, no debemos pensar que es debido al cambio de leyes, como habitualmente se piensa, sino al triunfo de unas ideologías, de las cuales la que más nos importa aquí es la pedagógica. Aunque parezca otra cosa, todas las leyes educativas, metodologías y materiales utilizados, así como el ambiente educativo es fruto de una ideología que, en síntesis, consiste en anteponer la idea que tiene del ser humano y de la educación a la realidad misma. Dedicaremos otro artículo a explicarla, pero sirva como adelanto que esta ideología tiene sus raíces en Rousseau, si bien su implantación en Europa se realiza a partir de la segunda mitad del siglo XX.

El antídoto contra la ideología es siempre tener presente la realidad, intentar captarla y respetarla, aunque no sea fácil. Algunos lo llaman sentido común, pero hoy día es el menos común de los sentidos. Algunos aún tenemos la suficiente sensatez y realismo para saber que, sin esfuerzo, sin responsabilidad, sin entusiasmo, sin vocación, sin autoridad, etc., no puede haber educación.

Por otro lado, aunque los tiempos han cambiado, lo que permanece inmutable es la condición humana, con su grandeza y sus debilidades, con la necesidad de esfuerzo y goce, de libertad y respeto, de cariño y exigencia, y, sobre todo, con la necesidad de encontrar la verdad, la belleza y el bien.

Opiniones las puede tener cualquiera, lo que merece la pena es buscar la verdad y eso exige aceptar la realidad, no convertirnos en creadores de verdades. Ya lo dijo Machado: «¿Tu verdad? No, la verdad, y ven conmigo a buscarla, la tuya guárdatela».

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