Una familia abierta a la vida

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Una familia abierta a la vida
Una familia abierta a la vida

Por Plácido y Belén

Somos Plácido y Belén, un matrimonio muy normalito, la verdad, pero con mucha sed de Dios, y con un deseo muy grande en el corazón de hacer aquello que le agrada.

Desde que nos conocimos intentamos poner a Dios en nuestra vida. Buscamos momentos de oración, hacemos retiros, vivimos la Pascua en comunidad, hacemos experiencias misioneras…, y siempre esa pregunta: «¿Qué quieres de nosotros?». Nos viene a la memoria y al corazón ese salmo que dice: «¿Cómo te podré pagar, Señor, tanto bien como me has hecho?». Y ahora lo siento así, es una respuesta de amor, hacia aquel que nos miró con ternura y nos robó el corazón.

Yo, Belén, profesionalmente ejerzo de enfermera. Sentí una llamada muy fuerte a trabajar por aquellos que en la vida no lo han tenido tan fácil y preparé la oposición para trabajar en prisiones. Después de muchos años puedo asegurar que soy feliz trabajando por ellos, y no lo cambiaría por nada. Jesús está allí, sufre el dolor de cada hombre y no los abandona. Hay momentos complicados, no puedo negarlo, pero después de tantos años puedo decir que —si los miras a los ojos y les reconoces en su dignidad, aquella que perdieron por el camino— reaccionan y sale de ellos lo mejor: la esencia de Dios que todos llevamos en vasijas de barro. Para mí es todo un privilegio cuidar a ese Jesús destrozado, que se hace carne, en los descartados de la vida.

Desde los comienzos de nuestro matrimonio Dios nos hizo ver que nuestro amor se debía compartir con los demás. Empezó a nacer el deseo en nosotros de construir una familia abierta a acoger niños con dificultades. La providencia de Dios quiso que no tuviéramos hijos biológicos, pero en su lugar nos regaló cuatro hijos adoptados, porque los hijos, sean biológicos o no, son un regalo y un préstamo de Dios. A partir de ese momento comenzamos una etapa de mucha confianza y abandono.

La primera adopción fue en Honduras y trajimos a Carolina, después viajamos a Etiopía y trajimos a Kuma, el siguiente viaje fue a Mali y trajimos a Toumani. Y finalmente, la pequeña, Ana, que fue adopción nacional. La idea era continuar con las adopciones, pero el plan de Dios era otro. La experiencia de traer a nuestros hijos de diferentes países, de culturas tan distintas, con realidades tan diversas es sin duda el mayor regalo que Dios nos ha hecho.

Cada proceso lleva su tiempo. Además de los controles médicos de cada uno, hay que conocerse y crear vínculo. Cada uno tiene una historia anterior, unos padres biológicos, y aunque todos llegaron muy pequeños no podemos olvidar su realidad. Antes de dar el sí, para que la adopción siguiera su curso, hay un tiempo de reflexión. En cada una de las adopciones siempre hubo un tiempo de duda, de miedo a tomar la decisión correcta. Dios fue actuando.

En uno de los procesos se nos mostraba una fotografía que nos provocaba muchas dudas por las posibles secuelas físicas del bebé, y fue en nuestro oratorio abriendo el evangelio con un amigo sacerdote, y pidiendo a Dios respuesta, donde salió la siguiente frase: «Me acogisteis enfermo como estaba y no me rechazasteis, porque visteis en mi a Cristo», y fue así como dimos un salto al vacío abandonados a la voluntad de Dios. Y se obró el milagro.

Las circunstancias de los países de procedencia eran complicadas y los bebés, tan vulnerables, eran sus grandes víctimas: desnutrición, enfermedades infecciosas, falta de estimulación… Nos quedaba un abandono confiado y un «sí» por respuesta. A día de hoy resulta un milagro ver sus vidas, sus logros deportivos y su desarrollo humano.

Ahora que se hacen mayores vemos necesario que descubran la oportunidad que Dios les ofreció, cómo los eligió entre tantos otros que no pudieron venir. Es un proceso delicado, pero es nuestra responsabilidad mostrar que tenemos que ser agradecidos dando un poquito de tanto como se nos ha dado.

Quisiera contaros la experiencia con nuestra hija mayor Carolina, que es sin duda la persona que más nos ha enseñado y nos sigue enseñando cada día. La conocimos cuando tenía seis meses. Un viaje relámpago para conocerla y descubrir que algo no iba bien. Por aquel entonces nos habíamos planteado adoptar niños con alguna patología infecciosa tipo VIH. Entonces Dios nos envió lo que consideró más oportuno.

Recuerdo ese primer encuentro con una gran tristeza, se veía claramente un retraso madurativo o de tipo neurológico. Conseguimos que la vieran distintos especialistas en Honduras. El temor al retraso mental estaba ahí y no estábamos preparados, pero por otro lado había sido elegida para nosotros y descartarla nos parecía, de modo simbólico, practicar un aborto después de ver la ecografía. Parece fuerte, pero así lo vivimos. Decidimos seguir. Ya en España comenzó con estimulación temprana, natación, logopedia, apoyos escolares…, a la pobre la teníamos hiperestimulada. Comenzó el peregrinaje por colegios (hasta un total de 8) y el gran cambio que se da en nosotros, cuando dejamos de negar la evidencia y aceptamos que nuestra hija tiene retraso y no puede seguir el ritmo de los demás. Es en esa liberación donde nos aferramos aún más a las manos de Dios y sentimos cómo esa cruz triste y pesada la lleva con nosotros.

Un momento clave es descubrir que lo que ella necesita ya no se lo podemos dar, que la amamos muchísimo, pero no puede seguir viviendo con nosotros. Actualmente está en un centro donde la cuidan con mucha dignidad y siempre que está estable viene a pasar el fin se semana a casa o vamos a verla. Cada día hablamos con ella, es nuestra hija. Sin duda Carolina, en su dolor y con sus crisis, es Jesús. Un Jesús humano de carne y hueso, que vive en ella y no es ajeno a su dolor. Es difícil de explicar todo esto, pero nos ayuda mucho pensar así.

Hemos tenido alguna experiencia de voluntariado. Nuestra misión como padres es sembrar y dejarles un legado de sensibilidad hacia los más débiles, de amor y respeto hacia los demás y, sobre todo, que sientan la presencia de Dios que camina a su lado y los acompañará siempre, pase lo que pase. Ojalá todo esto pueda florecer en el corazón de cada uno, porque será el camino que les dará la felicidad.

Deseo que este escrito os pueda acercar un poquito a Dios, porque de ser así, habrá merecido la pena. Un abrazo para todos y cada uno y que Dios os guarde en su ternura.

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