Dante Zegarra, bienhechor a punta de tecla

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Dante Zegarra
Dante Zegarra

El título —un tanto rebuscado— me lo ha dado el libro de su vida sobre la beata de Arequipa: Bienhechora de almas. Sor Ana de los Ángeles Monteagudo. Una vida de virtudes heroicas (Corporación Kaptiva SAC, Arequipa, 2021). Lo dedica al papa Francisco, a su esposa Lourdes Mariel, su hijo Christian y su nuera Natalia; en memoria de sus padres Luis Adán y Raquel Marcela en gratitud al bienhechor de la edición, Paulo César Pantigoso. Y como muestra de que es bien nacido, agradece «Gracias, infinitas gracias: En primer lugar, doy gracias a Dios por darme el conocimiento y el camino, por ser guía y luz en mi vida» (p.233).

Lo conocí como director del diario Arequipa al día en el que me invitó a colaborar allá por 1995 y desde entonces he sido testigo de encontrarme con un periodista católico a carta cabal. Les comparto la entrevista en Radio María y unos apuntes a solicitud de nuestra revista. Sincero siempre, nos confiesa que es una forma de compensar su dificultad en la expresión oral que arrastra por su tartamudez de cuando niño. Él tiene claro que se expresa mejor con los dedos, es decir, con el uso del teclado, con el ordenador.

«Hay que salir del montón del anonimato» frase escrita en un cuadro existente en el colegio de La Salle, donde pasó nueve años, marcó su vida. Su paso por el glorioso colegio nacional de la Independencia Americana para concluir la secundaria, le abrió una nueva perspectiva de la vida y su necesidad de afianzar su fe. Así lo hizo creando el club de periodismo escolar «La cruz es mi bandera» que llevó la representación de su plantel al primer Congreso nacional de periodismo escolar. Siendo el hijo mayor, desde muy temprano —12 años— acompañó a su padre en sus labores periodísticas, buscando noticias y datos («datero»), luego como reportero y redactor a cargo de las páginas de deporte internacional y sindical (15-18 años), en el diario católico El Deber y luego en el ya centenario El Pueblo, donde fue jefe de la página deportiva durante 30 años. Esos años —con el ejemplo de su padre— fueron de aprendizaje y formación en valores como el amor por la verdad y la comprobación de los hechos.

Los años universitarios los compartió como profesor de Educación Física y trabajando en la corresponsalía del diario La Prensa de Lima, en compañía de figuras señeras del periodismo. Ser corresponsal de la United Press International con su padre y bajo la gerencia de Carlos Villar Borda, ajustó su redacción por solo la presentación de los «facts», de los hechos, sin opinión y a la redacción llana que él resume en «idea punto», es decir, que cada oración debe expresar una sola idea. Conocer los temas a escribir para comunicarlos adecuadamente, lo llevó a estudiar muy diversos tópicos como geodesia, dactiloscopia, criptografía, demografía, voladura, sindicalismo, administración pública y un muy largo etcétera. Media docena de diplomas de Honor de la Ciudad expresan el reconocimiento por su labor periodística de sus primeros 20 años profesionales.

Desde ese tiempo inició con paciente labor de investigación y revisión, la recolección de efemérides, biografías y pensamientos de los arequipeños de todas las épocas. Años después sus cuadernos de apuntes dieron origen a libros como Arequipa en blanco y negro, a programas televisivos como Arequipa tras sus huellas y a gacetillas en la web como El Pensamiento de los arequipeños. Editor de revistas, director de departamentos de prensa radial y televisiva, productor y director de programas de opinión en TV además de su paso por las redacciones y corresponsalías de la prensa escrita, dieron paso al periodismo institucional tanto privado como público.

Si su trayectoria profesional fue gradual y continua, nos confiesa que su vida espiritual se fue forjando a trompicones. De niño entre misas dominicales en latín, procesiones de Semana Santa, la enseñanza del catecismo. De joven, tratando de encontrar una orientación espiritual, con grandes desiertos. Su madurez viene al formar su familia con su esposa Lourdes Mariel y su hijo Cristhian Igor. Al celebrar los 45 años de matrimonio tiene muy claro que sin oración, Cristo y María habrían fracasado. Y como momento clave en este peregrinar están un Cursillo de Cristiandad —el 115 del MCC Lima— por invitación del padre Jorge Carlos Beneito S.J. y de monseñor Felipe María Zalva Elizalde O.P. Allí se comprometió a reanudar la vida del MCC en Arequipa. Después de 40 años agradece al Señor por ayudar a mantener vivo el Movimiento, como integrante del equipo de servicio y oración, como rollista y coordinador de equipos, también como integrante permanente del denominado grupo de miércoles, que se reunía semanalmente para compartir su vida cristiana y asumir compromisos de una fe adulta y razonada. Ser coherente en la vida no es fácil. Vivir y predicar con tu propia vida exige y, más, si tu esposa y tu hijo son cursillistas.

Compartiendo su vida profesional con la investigación histórica, desarrolló diversas actividades en la vida eclesial sea colaborando con la visita pastoral de la Virgen de Chapi, como miembro de la Comisión Arquidiocesana de Laicos o como secretario ejecutivo de la visita del papa Juan Pablo II.

Durante mucho tiempo fue incapaz de negarse a cualquier requerimiento. Pero un día se cansó y comenzó a decir no a todo. Respuesta que muchas veces desequilibra a sus interlocutores. Riéndose, explica que lo hace para tener tiempo para meditar y luego decidir, ratificándose o rectificando. Muy propio de los que define el papa Francisco «santos de la puerta de al lado» y glosando el título de su obra de historia escrita como periodista «bienhechor de almas; una vida de virtudes heroicas».

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